Martes, 26 de septiembre de 2017

Un siglo de asombros

Defiende Clara que el siglo XXI ha traído a Salamanca, y a España, una legión de asombros. Sostiene su teoría argumentando que al mismo tiempo que vino volando la Capitalidad Cultural para estas tierras, abandonamos en los inodoros de una gasolinera a la vieja y rechoncha peseta ¡tan de la familia! obligándonos a meter en casa a un joven pretencioso y engreído llamado euro, que le faltó tiempo para decir que valía ciento sesenta y seis veces y pico más que nuestra “querida rubia”.

Y mira por donde la economía -que como todo el mundo sabe es una señora rara, voraz, caprichosa e insaciable-, se vino arriba, y por arte de birlibirloque vimos que no se nos acababa ni tirándolo… y nos empachamos. Tras siglos de miseria y emigración no hicimos la agachadiza, al contrario, quitamos las cuerdas que tapaban los cencerros y nos fuimos por el mundo de nuevos ricos como si no hubiera un mañana. Ya no era suficiente ir a Baleares, o a la costa Brava, o a la costa del Sol, o a la costa de la Luz, o a Canarias a tomar el sol como hacían el resto de europeos, nosotros cruzábamos los mares para ir a México, a Brasil o a las islas Seychelles.

  -Si esto no es un milagro que venga Dios y lo vea –predicaron los creyentes.

Mas a la tumbaollas se le fue la boca y se puso a tragar pisos, coches de importación, yates, aeropuertos, autopistas, viajes, locales, chalets, solares, dehesas… todo le venía bien para intentar saciar su gula. Cuentan que aquellos años los tuercebotas hacían relojes a mano, los aprendices de albañilería se metieron maestros de obras y constructores, y los clientes de barra de bar se doctoraron como catedráticos.

Y no era para menos; en el país se compraban tantos coches alemanes como en el resto de Europa, y en nuestra ciudad aseguran que hubo más de cien grúas trabajando al mismo tiempo para satisfacer la demanda de pisos y chalets, porque se vendían como pan caliente; los que tenían uno, querían dos, los de dos soñaban con tener cuatro y los de cuatro pedían créditos para ser poseedores de ocho.

Los más sensatos se preguntaban si esperábamos la llegada de alienígenas para ocupar tanto ladrillo vacío, pero los bancos, ajenos a la realidad, seguían financiando el derroche e incluso se hacían la competencia entre ellos para ver quién prestaba más regalando a los deudores juegos de sábanas, o de cuchillos, o cuberterías, o mantas maragatas, o baterías de cocina inoxidable… Nunca fue tan apropiado el “más madera” de los hermanos Max. ¡Qué tiempos! Todos volábamos felices como perdices hacia el  infinito y más allá, que a fin de cuentas ¡éramos la envidia de Europa!

No tardó en correr por el mundo la noticia como un reguero de pólvora: “En España atan los perros con longanizas” –se oía por África, Asia, América y Oceanía. Y aunque prácticamente todos desconocían dónde situar geográficamente ese nuevo Dorado, sabían muy bien de su hambre y miseria, con lo que cogieron cayucos, pateras, aviones… y lo que hiciera falta, y comenzaron a llegar a nuestras fronteras a cientos de miles para participar de aquel don de Dios.