Domingo, 19 de noviembre de 2017

Las misas de la tele no son misas

El diputado P. Iglesias ha propuesto que la televisión pública no ofrezca la misa, pues se trata de un servicio religioso privado, propio de algunos ciudadanos, que no pueden "imponer" su afirmación religiosa sobre el conjunto de la población.

Esa propuesta me parece equivocada y falsa en una línea de democracia social, pero válida en sentido religioso cristiano.

1. Como ciudadano de un país que dice ser libre defiendo la misa en la televisión pública, siempre que haya un número significativo de ciudadanos que la quieran. Ciertamente, el Estado es a-confesional (no ha de inclinarse por ninguna confesión religiosa), pero debe respetar la voluntad de los ciudadanos, y si un grupo significativo quiera misa se la debe ofrecer.

Personalmente, puede que no me gusten los toros, ni un tipo de fútbol, ni ciertos programas con intimidades ambiguas… Pero si otros las quieren debo conformarse. Así también la misa puede y debe emitirse en la televisión, si hay bastantes ciudadanos que la quieren. Ése un principio fundamental de la democracia. Unos pueden querer misa, otros una ceremonia musulmana, otros música de cámara, como ciudadanos libres.


2. Como cristiano, en cambio, me siento molesto con la misa por televisión, no por “culpa” del Estado o de la sociedad, sino como miembro de la misma Iglesia. Ciertamente, se pueden y se deben emitir programas de tipo religioso, sean de tipo católico, islámico o budista (si una parte de la sociedad lo quiere, y si ellos no van en contra de los principios fundamentales de la sociedad).

Pero creo que la misa en cuanto tal no es un “tema” de televisión, no es para verse desde fuera, en una pantalla, sino una celebración activa de una comunidad creyente, donde los que “van a misa” deben celebrarla, estando juntos, compartiendo la palabra, incluso “tocándose” (dándose la paz unos a otros) y, sobre todo, comunicándose el pan y el vino de Jesús, en gesto de comunión personal humana.

Por eso he dicho que la misa por televisión no es misa y, a mi juicio (al menos en general, en cuanto misa-misa), no debería retransmitirse por televisión. Puede y quizá debe haber otros programas de tipo religiosos y/o cristiano de televisión (sermones, debates, narraciones, incluso oraciones…), pero la misa de televisión no es tal, pues le falta la presencia comunitaria, la conversación y comunión, el pan y el vino… Puede hacerse quizá en televisión una “liturgia de la palabra” (como en una video-conferencia), pero no una misa estrictamente dicha.

Se me podrá decir ¿qué pasa entonces con los enfermos o ancianos que no pueden participar en la misa comunitaria? Hay dos respuestas o soluciones:

(a) Se lleva a los enfermos o ancianos la comunión a casa o al hospital, a modo de prolongación de la liturgia eucarística, como se hacía en tiempos antiguos, retomando en casa la proclamación de la Palabra y la celebración comunitaria.

(b) O se celebra una auténtica misa, aunque quizá más breve y simple, en la misma habitación del anciano o enfermo, una eucaristía doméstica, presidida y animada por alguno de sus familiares o vecinos, con presencia personal y comunión (sin necesidad de que sea una misa oficial de la parroquia, celebrada por el párroco u obispo ministerial).

En este contexto quiero añadir algunas reflexiones complementarias.

La eucaristía se celebra en directo y en común, no se mira ni se ve en televisión

Un tipo de mundo vincula a los hombres y mujeres a través de un tipo de espectáculos externos, de tipo impersonal. Por el contrario, la iglesia les vincula por la eucaristía, que es Palabra y Pan compartido, que no puede convertirse nunca en un puro espectáculo.

La eucaristía retoma el motivo de las comidas de Jesús a campo abierto (multiplicaciones: Mc 6-8 par) y a su Cena de entrega y despedida (Mc 14 par), de manear que ella debe entenderse como activo, en el que participan todas y todas. La misa no es una ceremonia que pueda convertirse en un simple espectáculo para ver en una pantalla, sino un gesto común y concreto de comunicación humana, fundada en el recuerdo de Jesús y en su presencia, expresada en la palabra y el pan (vino) compartido.

Parece que tenemos miedo a la eucaristía concebida de esa forma, y por eso tendemos a convertirla en un ritual de sacralidad escindida de la vida concreta, de tal forma que a veces parece un ejercicio sacral, repetido como espectáculo, en las grandes reuniones de los fieles, que siguen estando solos, sin comunicarse entre ellos, como clientes pasivos de un misterio exterior, que podría 'celebrarse' (mal-celebrarse) incluso por televisión, como he puesto de relieve Fiesta del Pan, fiesta del Vino. Mesa común y Eucaristía, EVD, Estella 2000.

En contra de eso he de afirmar que no es bueno que la eucaristía se vuelva espectáculo: algo que se puede exponer y ostentar, como un rito entre otros rituales deportivos o circenses de nuestra cultura dominada por los medios. No se ha de ir a la misa como se va a ver un partido de televisión o a escuchar una música de cámara. La misa es música donde todos cantan, drama en que todos actúan, conversación donde todos hablan y mesa en la que todos comen.

Entendida así, la eucaristía es una forma intensa de asumir la creación, el pan y vino del trabajo, el alimento personal (¡quiero vivir!), la participación comunitaria (¡comemos juntos!), tal como se expresa en la encarnación pascual del Cristo, en la que compartimos uno a uno y todos juntos el recuerdo y la presencia de Jesús (=de la vida de Dios) en la Palabra y el Pan.

La eucaristía es la Vida que se abre y encarna en la comunidad y en cada uno de sus participantes, de tal forma que nadie puede celebrarla por nadie, realizando funciones superiores o de representación, pues cada uno ha de 'comer' por sí, compartiendo la palabra que se centra en Cristo y comiendo todos juntos.

Es bueno que las celebraciones se hayan valorado y dignificado, desarrollando rituales de lugares (edificios) y formas artísticas (música, pintura) pero no se puede suplantar u oscurecer lo central: la Palabra y Pan compartido, la comunicación real de los creyentes. La cena de Jesús se per-vierte si las formas se hacen centro, si los signos rituales se separan de la vida, convirtiéndose en espectáculo para ver, sin comunión concreta de creyentes y sin es comida real.

La liturgia oficial ha tendido a olvidar a veces esta experiencia de comunicación, desligando la alabanza de Dios de la comida real y la solidaridad de los creyentes de los creyentes, reunidos en torno a la palabra y el pan compartido. En esa línea, pienso y digo que la iglesia necesita recuperar la realidad física (social, alimenticia… ) de su eucaristía, vinculada al recuerdo de la entrega de Jesús (última Cena) y a sus comidas concretas (multiplicaciones). Por eso, una misa que sólo “se ve” (como espectáculo externo de televisión no es eucaristía).

La eucaristía es celebración compartida de la vida de los hombres, partiendo de la Vida de Jesús

Los cristianos hemos discutido a veces de forma cosista, hasta enfermiza, el momento en que Jesús se trans-sustancia en el pan consagrado, olvidando algo previo: lo más importante es que haya pan ofrecido y compartido, mesa común, palabra y camino de encuentro, por encima de un mundo de pura imagen donde todo se ve, de un mundo de mercado donde todo se compra-vende.

Este es el punto de partida: que los cristianos se junten y celebran su experiencia común, la palabra de Jesús, proclamada y comentada entre todos, el pan y el vino de la vida… Este es el pan nuestro, que nosotros, cristianos, deberíamos ofrecer, como mesa abierta a todos los humanos. Este es, al mismo tempo, el pan de los otros, de aquellos que nos invitan a la mesa de su cultura y vida. Sólo así, en la encarnación concreta de la palabra y el pan, de ellos y nuestro, va gestándose y creciendo la concordia humana de Jesús, que los cristianos llamamos eucaristía.

Otros signos y presencias pasan, pero queda para siempre para los cristianos la palabra de la vida de Jesús, con la comida compartida, en la que descubrimos y celebramos el Signo y Presencia de Dios que es Jesucristo. No podemos imponer esa eucaristía a musulmanes y judíos (o agnósticos y fieles de otras religiones), pero debemos ofrecerla, volviéndonos expertos en Palabra y Mesa fraterna.

Sin esta palabra y pan compartido en con concreto, en comunidad humana, no se puede hablar de eucaristía. Por eso, una misa para ver en la televisión no es “sacramento” de Jesús, no es misa cristiana. Un judío famoso, llamado F. Rosenzweig (La estrella de la Redención, Salamanca 1997, 374-389, 427-428), nos llamaba la atención diciendo que la pascua-comida judía es comida real que vincula de hecho a los comensales, mientras la eucaristía sólo reúne a los cristianos en espíritu, dejando que sigan en lo externo separados.

Una celebración pascual judía por televisión no es pascua, ni celebración. En una línea semejante, una misa cristiana por televisión puede ser buena en sentido intimista como devoción o en sentido artístico como celebración ritual de cantos… pero no es misa cristiana, no es recuerdo y presencia concreta de Jesús.

Sólo en esa línea podemos hablar en verdad de la eucaristía cristiana. Los cristianos no tenemos más autoridad y riqueza que la presencia de Dios en cada uno de los hombres y mujeres de la tierra, por medio de Jesús que ha puesto su vida al servicio del Reino, esto es, de la humanidad entera expresada y concretada en cada una de las comunidades que celebran su memoria, en concreto, dándose la mano, el beso de la paz, y compartiendo la palabra y el pan de Jesús.

Ciertamente, la misa por televisión puede ayudar en un sentido a ciertos cristianos… Pero esa misa no es la misa de verdad. Por eso, el tema no es que haya o no haya misa “televisada” en los canales públicos del Estado (¡cosa a la que tienen derecho los cristianos como ciudadanos!), sino el que haya de verdad eucaristía en todas las comunidades cristianas, incluso en las habitaciones privadas de enfermos o ancianos.