Jueves, 23 de marzo de 2017

Qué hijos vamos a dejar a nuestro mundo

 Lo oigo a veces  y no sé cómo analizar la frase ni qué intención o razones hay detrás de ella. Suelen decirla los mayores, tirando a abuelos y pensando ya en los nietos. Pero cada vez más se formula de otra manera y a edad más joven y entonces deja ver lo que se busca; es cuando se dice “Yo no quiero traer hijos a un mundo como éste”. La razón parece honesta y muy pensada pero en realidad, a la luz de los datos y de la historia, es falsa o, más bien, se basa en falsas deducciones, como si el mundo de hoy tuviera maldades especiales que nunca antes tuvo

No voy a decir que vivimos en el mejor de los mundos en una nueva edición de aquel optimismo de Leibnitz que hace dos siglos y medio defendía a este mundo como el mejor de los posibles. Y eso que era un hombre observador y riguroso, inventor del cálculo infinitesimal y del sistema binario, de tan grandes y largas consecuencias hasta hoy. Optimismo tan infundado que se mereció el Cándido de Voltaire como respuesta ácida e inmisericorde.

Sin embargo creo que, con permiso de los dos, del alemán y del francés, se debe matizar, porque este mundo no es el mejor de los posibles, ni mucho menos y basta repasar cualquier boletín de noticias para comprobarlo, pero se puede afirmar a la vez que este mundo, ése que tan malparado sale en el periódico de cada mañana, es el mejor que ha existido hasta hoy. La historia es implacable y no deja lugar ni a prejuicios ni a arrebatos.

Porque nuestro mundo, el de hoy, mes de marzo de 2017, es mejor que el mundo del siglo pasado en casi todo, desde la emigración mundial hasta el enorme problema del hambre. Hoy los hambrientos son cientos de millones, pero son la mitad que hace cuarenta años y cada vez más concentrados en espacios concretos del planeta, por la fuerza de la lucha de cada día y, hay que reconocerlo, por el esfuerzo de tantos en atajar las causas del hambre y del reparto injusto de oportunidades. Los problemas del hambre y sus causas y sus consecuencias son dramáticos y sobrecogedores (¡llevo yo humildemente más de 50 años en una ONG de desarrollo en el Sur!) pero por el esfuerzo de muchos de allá y no pocos de acá el avance es casi espectacular. Por eso seguimos trabajando…

Y lo mismo ha pasado con la emigración; ejemplos de estas migraciones forzosas millonarias en el siglo pasado son las de judios, palestinos, chinos, vietnamitas, birmanos, chechenos, kosovares, cubanos, zaireños, ruandeses, angoleños, kurdos, etc., etc., etc… Entre 1972 y 1977 fueron expulsados y deportados cuatro millones y medio de inmigrantes mexicanos ilegales, sin contar desplazamientos forzosos más dramáticos y numerosos a raíz de las dos guerras mundiales y sin olvidar el medio millón de españoles que malsalieron de España durante y después de la guerra civil. Y son aún más numerosas las grandes migraciones por motivos económicos y laborales  que mueven en este siglo a muchos millones de personas, incluidos millones de españoles que tienen que recurrir a la emigración, desde Argentina hasta Alemania. Desde hace 500 años ha habido siempre fuera de España entre dos y cuatro millones de españoles buscándose la vida como sea. Quizás nos falta la memoria, aunque nos falten todavía estadísticas fiables.

Por esto y por muchas razones más que no caben aquí el mundo que van a recibir nuestros hijos y nuestros nietos va a ser mejor que el que recibimos nosotros hace 50 ó 70 años, aunque estas comparaciones tan absolutas no tienen mucho sentido y en occidente hemos vivido 15 ó 20 años con el engaño “del ladrillo” y del sistema bancario mundial. Y creo que el problema real es otro y en cierto modo el contrario: qué hijos vamos a dejar a nuestro mundo.

Y esto, lo de los hijos o nietos, en su gran parte es cosa nuestra. Crecen a nuestra imagen, se educan en nuestra familia, espabilan entre nuestros amigos, se pierden en nuestras redes, se deslumbran con nuestras frivolidades, se aburren con nuestros principios, se adornan con nuestras virtudes y se deterioran con nuestros vicios; están también el colegio y la sociedad y hasta la parroquia o el grupo de senderismo o la clase de flauta travesera, pero en cuanto a lo de crecer o encogerse, en lo de hacerse o deshacerse, son “nuestros”, es decir responsabilidad nuestra. Si no hay milagros ellos acabarán trabajando o ninguneando como nosotros, creyendo o descreyendo como nosotros, abrazándose o desabrazándose como nosotros. El porcentaje más alto de lo que serán lo somos hoy nosotros. Había un viejo adagio medio aristotélico y medio medieval, Natura non facit saltus, de fácil traducción y que avala la apuesta.

 

Pensando el futuro, ésta es la cuestión: qué hijos vamos a dejar a nuestro mundo.