Sábado, 19 de agosto de 2017

Holanda y el miedo de las clases medias europeas

Las últimas elecciones holandesas han sido seguidas con inquietud no solo por los líderes europeos y la burocracia de Bruselas, sino también por muchos ciudadanos europeos que sienten temor ante el evidente ascenso de los grupos políticos de Extrema Derecha en los últimos años.Las elecciones nos han dejado tres lecciones, el endurecimiento del discurso de la derecha tradicional vencedora, sobre todo en el tema de la inmigración y el euroescepticismo para quitar votos a la extrema derecha, el desplome socialdemócrata y la extrema fragmentación política.
A pesar de los titulares de prensa  la llamada Extrema Derecha, una denominación que yo prefiero denominar Derecha Radical,  ha quedado en segundo lugar mientras crece electoralmente en muchos países europeos. No conviene olvidar el crecimiento espectacular que tuvo hace ya bastantes años el Partido Liberal austriaco de G. Haider que no tenía nada de Liberal y que llegó a formar gobierno con los Demócrata cristianos austriacos, tampoco el aumento de los grupos de extrema derecha en el Norte de Europa, Dinamarca y Noruega especialmente, sin olvidar el neofascismo italiano reconvertido.
¿A qué se debe este crecimiento de la derecha radical europea?, ¿cuáles son las razones que impulsan a muchos ciudadanos de diferentes grupos sociales a votar sus candidaturas?.
Lo primero que hay que constatar en el panorama político europeo es la profunda crisis de las formaciones políticas tradicionales, conservadores, liberales, socialdemócratas o comunistas. 
Entre las razones que explican esa crisis se halla la falta de adaptación ideológica a los enormes cambios que ha sufrido el mundo desde la caída del muro de Berlín y la práctica desaparición del comunismo. El mundo ya no es bipolar centrado en dos grandes ejes: Occidente con Estados Unidos de líder y la Unión Soviética y China con sus países protegidos. 
El mundo es hoy día multipolar y global. Cuando hablamos de la globalización estamos hablando no solo de un mercado mundial, un comercio global y una economía interrelacionada, hablamos también de una cultura global y de la pérdida de importancia de los Estados nacionales y de las culturas identitarias.
La globalización ha supuesto la práctica desaparición de la industria europea que se ha trasladado a países asiáticos fundamentalmente para aumentar sus márgenes de beneficio, en una muestra de un capitalismo rapaz que rechaza contribuir con impuestos a los Estados, obvia las legislaciones protectoras laborales y solo busca la maximización del beneficio con el menor coste posible.
Pero la globalización económica y comercial que está arruinando igualmente a los agricultores europeos que no pueden competir con los bajos precios de los productos asiáticos y africanos, es también cultural, las barreras culturales y nacionales se están derrumbando y la información de lo que ocurre en el mundo nos llega al instante. 
La capacidad de decisión de las democracias estatales se está reduciendo al mínimo. Los ciudadanos ya no controlan mediante su voto las decisiones de sus representantes porque muchas decisiones se toman en otros lugares por personas no elegidas por nadie.
¿Qué significan estos cambios para el ciudadano europeo medio?. Desde luego, miedo a la pérdida de puestos de trabajo, miedo a la pérdida de sus condiciones de vida ante la creciente precarización del trabajo, consecuencia clara de la competencia a la baja que mantienen los países en desarrollo, miedo a los cambios sociales y culturales de la globalización con la pérdida de las raices culturales propias y miedo a una de sus peores consecuencias, el enorme flujo migratorio que como consecuencia de guerras insensatas, se dirige hacia Europa. 
Y ¿qué va a ser del Estado de Bienestar europeo si es necesario integrar, dar apoyo económico y trabajo a las millones de personas que vienen al “paraíso europeo”?. 
No es extraño, que muchos ciudadanos de clase media y también de clase trabajadora decidan apoyar a esos partidos de Derecha Radical que prometen proteger a la industria y agricultura nacionales, controlar los flujos migratorios, proteger a los sectores desfavorecidos de la población y rechazar la globalización y la llamada Europa de los mercaderes.
Y ante esta grave crisis, lamentablemente no existen líderes y grupos políticos que articulen los miedos y las demandas de los ciudadanos dando propuestas de esperanza y soluciones para un fituro incierto reforzando la democratización de Europa y rehaciendo el pacto social, matriz del Estado de bienestar.  En época de crisis colectiva, mientras los partidos tradicionales dan vueltas sobre si mismos, las alternativas políticas radicales solo plantean propuestas de comienzos del siglo XX- romper con todo y construir desde cero-, como si el mundo pudiera regenerarse incendiándolo todo. Destruir todo nuestro sistema político-social no nos va a llevar a un nuevo paraíso para Europa, entre otras cosas porque es mucho y positivo lo que los europeos hemos creado en los últimos siglos para enterrarlo en un proyecto de un Nuevo Mundo Feliz.