Jueves, 27 de abril de 2017

Inventar o ser pacientes

No se ofenda si mañana me encuentra por la calle y he cambiado de opinión (u oféndase, qué sé yo). La imposición de coherencia es una de las esclavitudes más absurdas a las que tenemos que hacer frente en nuestro tiempo. No en vano, como decía José Bergamín, la constancia de la veleta es cambiar. Pues bien, en este punto que voy a abordar, me confieso veleta en jornada de vientos arremolinados: unos días actúo como un nostálgico y otros, desde un realismo que asusta, procuro analizar los hechos con un punto de vista científico, antropológico y sociológico, sin tener ni idea de ambas disciplinas (algo, creo, que comparto con los expertos).

 

Cada vez menos niños practican deporte. Cada vez juegan menos y disponen de menos tiempo libre. Estos son los datos, o eso parece. Sobre las causas, relativo consenso: agendas extraescolares tasadas al segundo, menor disponibilidad de los familiares para atender esta demanda de vigilancia pasiva de sus hijos y nuevas ofertas de diversión que “golpean” en los puntos débiles de niños y adolescentes hasta hacerlos, no solo consumidores, sino también comerciales de estos nuevos productos entre sus compañeros de clase. En cuanto a las consecuencias, puntos en común, pero también fuentes de controversia. Algunas derivadas de este menor tiempo dedicado al juego parecen ser el deterioro general de las habilidades motrices básicas (correr, saltar, desplazarse en todas las direcciones, equilibrio), el incremento en las tasas de obesidad infantil o las mayores dificultades para llevar a cabo un proceso de socialización real (problemas a la hora de empatizar, resolver conflictos, alcanzar acuerdos,…), hechos que, observados con la debida distancia y juicio práctico, no son obstáculo para ser funcionarios, hombres de negocios o políticos sin escrúpulos, esto es, tipos de éxito en este país.

 

Lo que llevo peor, al menos en días como este, son las conversaciones cargadas de nostalgia entre los olvidadizos miembros de mi generación, esos que empezaron a remolonear para no bajar al parque hasta quedarse en casa jugando a los videojuegos, para luego acudir al Cíber y hacer mil tonterías hasta impresionar a la chica que les gustaba. Estos, que si hicieron algo de deporte o inventaron juegos creativos fue por lo angosto de la jaula en la que nos movíamos, echan de menos los columpios, las canicas y hasta los partidos de baloncesto. Con los recursos tecnológicos actuales, con las ofertas de ocio pasivo que tienen al alcance los chavales de hoy, el noventa por ciento de nosotros se hubiera comportado de esta misma manera “perezosa” y “asocial”, serían igual de patosos y tendrían la misma nula capacidad para comprender al otro. A este discurso, que yo mismo enarbolo cuando el viento sopla con otra componente, le sobra contenido moral y le faltan dosis de realismo y proyección. El hombre es un animal moral imperfecto y sus decisiones tienen más de biología de lo que pensamos; juzga más en función de lo que le apetece que de lo que le “conviene”

 

Es decir, si de verdad creemos que los chicos deberían hacer más deporte, generemos una oferta lo suficientemente atractiva para competir con móviles, tabletas, el protoinstinto sexual y la secular pereza. Inventemos algo diferente o asistamos pacientemente –es mejor para la salud– a cómo las existencias virtuales se imponen, a cuando a apostar lo llamen hacer deporte, y a cuando los Real Madrid-Barça no sean otra cosa que partidas entre dos avatares –sociópatas y obesos– que lleven por nombre, por ejemplo, Florentino Pérez o Josep Maria Bartomeu y que, por supuesto, seguirán tratando de evitar a Hacienda por todos los medios posibles.