Sábado, 25 de marzo de 2017

Cigüeñas en Salamanca

Por Manuel Lamas (fotógrafo) y Asunción Escribano, catedrática de Lengua y Literatura y decana de la facultad de Comunicación de la Universidad Pontificia

Arrastran la primavera con sus alas, y en ellas va también anudada la esperanza. A pesar del frío agazapado del invierno, ellas empiezan a extender ya sus alas.

Por San Blas, la cigüeña verás, y si no la vieres, año de nieves”, dice el refranero popular. Pero este año se han anticipado a San Blas y algunas llevan asentadas en nuestras torres varias semanas. Su llegada clarea intensamente la luz del cielo claro de esta ciudad. De ellas se ha escrito casi todo, y siempre hermosamente. Antonio Cabrera las asocia al contraste entre silencio y ritmo. En el inicio del amanecer las campanas las anuncian y acompañan en sus planeos: “Nadie en la calle./ Llanura amanecida/ Campana y vuelo”. Alberti convierte también su crotorar en melodía y nana: “Que no me digan a mí/ que el canto de la cigüeña/ no es bueno para dormir.// Si la cigüeña canta/ arriba en el campanario,/ que no me digan a mí/ que no es del cielo su canto”. Machado anuda en ellas el desplegarse de la tibieza tras el frío, la pujante primavera que empieza a dejarse ver en la incipiente yema de la luz: “Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario./ Girando en torno a la torre y al caserón solitario,/ ya las golondrinas chillan. Pasaron del blanco invierno,/ de nevascas y ventiscas los crudos soplos de infierno./ Es una tibia mañana./ El sol calienta un poquito la pobre tierra soriana". Del mismo modo el saber popular las ha incluido en refranes, adivinanzas y canciones. “Cigüeña, cigüeña, la casa se te quema, los hijos se te van, a volar a otra ciudad”, recitábamos de niños, en una coplilla que miraba preocupadamente al deterioro del nido, al que vuelven fieles año tras año, y sus consecuencias. Del mismo modo, las adivinanzas que las incluían como protagonistas merecidas dibujaban su afilada silueta con la precisión de un lienzo japonés: “Es blanca como la nieve, es negra como el carbón, las patas como una vela, el cuello como una hoz”, “Mis patas largas, mi pico largo, y hago mi casa en el campanario”.  La simbología histórica ha hecho merecedora, con razón, a esta ave de las mejores asociaciones. Símbolo de la sabiduría, de la buena suerte y de la longevidad, por su larga vida, los egipcios las veneraban por cuidar y alimentar de sus padres cuando estos ya eran ancianos. Perfecto ejemplo del más profundo amor y de la piedad filial. También la mitología clásica la rescató para formar parte de las ficciones de su Olimpo. Así relata Ovidio cómo Antígona, castigada con la transformación de su cabello en serpientes, por considerarse igual a Hera, fue metamorfoseada en cigüeña tras pedir ayuda a los dioses, por lo que todas las cualidades de Antígona pasaron a formar parte de los atributos permanentes de esta ave: el amor conyugal, el filial, la bondad y la templanza… Por no hablar de la rica y sugerente identificación cristiana entre esta ave y Cristo. Me gusta ver el cielo alto y dichoso de nuestra ciudad repleto de sus magníficas alas blancas. Me genera una enorme felicidad y un profundo placer estético. Me gusta verlas acompañar en la atalaya carmelita la intensa fragilidad del San Juan de la Cruz de Fernando Mayoral, y perfilar con sus movimientos la torre de San Martín en nuestra Plaza grande. Me gusta interpretar mi vida en su vuelo. Las cigüeñas han llegado, me digo, ya queda menos para la primavera.

Asunción Escribano

 Escritora. Catedrática de Lengua y Literatura de la Universidad Pontificia

Decana de la Facultad de Comunicación

Fotografías: Manuel Lamas

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