Domingo, 24 de septiembre de 2017
Bracamonte al día

Así fue el discurso íntegro del sacerdote Fernando García 

PEÑARANDA | En su intervención reflexionó sobre el significado de la Semana Santa
El parroco de Peñaranda Fernando García presentaba el cartel de la Semana Santa 2017
“Sr. Presidente de la Hermandad de Cofradías (Querido Moisés), querido hermano y compañero Lauren, hermanos presbíteros don Antonio y don Francisco, Alcaldesa (Carmen) y representantes del ayuntamiento,  hermanos mayores y miembros de las distintas cofradías, hermanos y amigos de peñaranda, a todos en general y a cada uno en particular de los que por un motivo u otro estáis esta tarde aquí, para todos mi saludo y agradecimiento. 
 
Es un honor para mi estar hoy aquí presentando el cartel de la semana santa del año 2017 … como creyente y como sacerdote que os acompaña a caminar por esta tierra.
 
Quiero traer aquí unas palabras que escribí en el primer saludo que me pidió la Hermandad para el cuaderno de semana santa 2013. Año de la fe. Allí recordaba con gratitud mis primeros pasos en la fe, y mi crecimiento y maduración de ella; como  tuvo que ver mucho  la forma intensa en que vivía la liturgia y  piedad popular durante estos días de Semana Santa, en mi pequeña parroquia rural de Mancera, donde viví junto a mi familia; allí aprendí a ser cristiano en lo fundamental. Nadie me habló de la íntima relación entre liturgia y piedad popular (procesiones), pero nunca las pude vivir separadas sino unidas y complementarias, teniendo muy claro que lo importante estaba en el centro “Jesucristo”, conocerle, amarle, y después su “sacarlo fuera” para que todos lo contemplaran, unos desde la fe, otros quizás simplemente desde la curiosidad o la admiración estética…
 
Mediante aquella líneas me atreví  a sugerir: que ya que en nuestra comunidad cristiana de Peñaranda de Bracamonte existen, como dimensión vital de la realidad católica, expresiones particulares (Las cofradías y sus procesiones) de búsqueda de Dios, cargadas de fervor y de pureza de intenciones a veces conmovedoras, que bien cabe llamar «piedad o religiosidad popular». Y que «reflejan una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer. Expresiones que son  capaces de proporcionar tanta generosidad y sacrificio hasta llegar al heroísmo. Que comportan un hondo sentido de los atributos profundos de Dios: paternidad, providencia, presencia amorosa y constante. Y engendra actitudes interiores que raramente pueden observarse en quienes no poseen esa religiosidad: paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana, desapego, aceptación de los demás…». Es, por tanto,  una realidad rica y a la vez muy expuesta a deformaciones, en la que la fe, que es su fundamento, necesita purificación y robustecimiento. Es por eso que sugerí, un acompañamiento que, fuera capaz de percibir sus dimensiones interiores y sus valores innegables….. «Bien orientada, la religiosidad popular puede ser cada vez más, un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo». Tal acompañamiento se caracteriza claramente por una formación seria y profunda en su dimensión trinitaria, cristológica, eclesial, mariológica, bíblica, litúrgica, ecuménico y antropológica. 
 
Las cofradías,  son un bello legado, como afirmación de los laicos en la Iglesia y como búsqueda de expresiones actualizadas para la fe; por ello os animaba a prepararos para esa Iglesia nueva que surge (llamada muy viva que se ve reflejada en la Asamblea Diocesana que acabamos de celebrar en nuestra querida diócesis de Salamanca): fraterna y participativa, libre y entregada a su misión, adoradora de Dios y servidora de los hombres. Iglesia de todos los que la formamos.
 
Nuestras cofradías de semana Santa, cuyo papel es tan relevante, en Peñaranda, deberán ser los nuevos semilleros, donde surjan vocaciones cristianas (tanto para la vida matrimonial, como para la vida religiosa o la vida sacerdotal),  entregadas gozosamente y a fondo perdido, a anunciar el nombre de Dios, a predicar el Evangelio y a servir a sus hermanos en especial a los más pobres. (Identidad más profunda de cada cofradía)
 
Hace unos días comenzábamos la  preparación intensa para la Pascua, la cuaresma con el rito de la Ceniza que nos recuerda nuestra fragilidad…. hoy comenzamos la segunda semana de cuaresma, y lo hacemos  presentando el cartel  anunciador de la semana más grande del año litúrgico, la Semana Santa, en la que celebramos el misterio central de nuestra fe, la pasión, muerte y resurrección de Cristo.
 
Este año, la Hermandad de cofradías, ha llevado a cabo la primera edición del concurso de instantáneas, cuyo tema propuesto era la imagen de la Soledad procesionando… siendo elegida la fotografía que lleva por título “Tu mi pasión de soledad” del peñarandino Víctor Javier Pérez. (desde aquí mi enhorabuena y mi gratitud por acercarnos con su imagen un poquito más a nuestra Sra de la Soledad).
 
De todos es sabido que tanto en los pueblos pequeños como en las ciudades en Semana Santa al menos  desfilan por su calles en estos días,  un santo sepulcro o un crucificado y la Virgen de la Soledad, y en Peñaranda la imagen de la Soledad, tiene mucho arraigo, por ello vamos a hacer  un pequeño recorrido, sobre la Imagen y su historia.
 
El Cabildo de Nuestra Sra. de la Soledad data del siglo XVI siendo uno de los  más antiguos en Peñaranda de Bracamonte, como se verifica en los libros que se encuentran en el archivo Diocesano, en uno de estos libros se puede comprobar que la capilla que desapareció en el incendio de 1971 junto con la imagen de la Virgen, fue construida a principios del siglo XVII y  costeada con el dinero que se obtuvo de la venta de las joyas y pertenencias de la Nuestra Sra. de la Soledad, cinco años después se realizó el retablo donde se veneraba la Virgen, siendo esta la imagen titular de la capilla.
 
En esta misma capilla durante la noche del Jueves Santo se veneraba  y se custodiaba al Santísimo Sacramento, en un magnífico monumento que se realizaba sobre este mismo altar principal de la Virgen de la Soledad.
El cabildo cada año durante siglos  siguió manteniendo la tradición de la mayordomía de año con dos varas, hasta el incendio ocurrido en  la parroquia en el año 1971.
 
 En 1986 se funda la Cofradía de Nuestra Sra. de la Soledad, desfilando  por primera vez seis cofrades siendo Hermana Mayor fundadora Dña. Chony M. del Castillo, en la actualidad esta cofradía cuenta con 60 cofrades, con hábito, capirote, capa, calzado, guantes y cíngulo negro, medalla con cordón morado y como velón un cirio; desfilando con una imagen de Nuestra Sra. de la Soledad venerada en la Ermita del Humilladero.
 
 En 1989 es adquirida por suscripción popular la nueva y actual imagen de Nuestra Sra. de la Soledad, obra del imaginero madrileño D. Víctor Sanz, retomando desde ese momento el cabildo,  la tradición de la mayordomía de años anteriores, siendo su presidente hasta nuestros días D. Moisés Pérez Sanchez, celebrando la fiesta de mayordomía y Cofradía el Cuarto Domingo de Cuaresma con un triduo de preparación y besamanos.
 
En la actualidad esta Cofradía desfila en la procesión del  Santo Entierro del Viernes Santo, en su propia procesión del silencio en la  media noche del Viernes Santo y el Domingo de Resurrección en la procesión del Encuentro.
La noche del Viernes Santo a partir de las 12 cuando se lleva a cabo su procesión…. Todo se queda en silencio… el cansancio del día lleva fácilmente a meditar, a orar… Jesucristo ha muerto. María Santísima está sola. La han acompañado un rato. La han mirado con lástima. Todo ha terminado y estalla en su corazón de Madre la soledad. La soledad y sus recuerdos. María debía aprender, en la dura escuela del dolor, que los caminos de Dios transitan la oscura senda del misterio. 
 
“¡Mis caminos no son vuestros caminos; mis planes no son los vuestros!” (Is 55,8).
 
Jesús se fue de su lado, un día, por las huellas polvorientas de Judea. María lo sabía desde el principio. Por eso la despedida fue breve, y sus ojos supieron sostener la mirada... Pero el corazón sangró por mucho tiempo. Y llegaban las noticias: que su Hijo enseñaba; que su Hijo curaba... Y, un día, un peregrino agitado que le dio la nueva temida y esperada. Una noche de angustia. El camino apresurado a Jerusalén. En los primeros pasos vacilantes de la vía dolorosa de su Hijo… cuna horrenda del madero... Ahora todo ha terminado. Y el recuerdo de esas horas ( que bien refleja el trascurrir del tiempo nuestro cartel con hora marcada en el reloj de la torre, pequeño detalle que no debería pasársenos desapercibido) terribles hace más pesado el silencio. María está sola. En sus oídos de madre aún resuena el grito angustioso de su Hijo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Sus labios de madre repiten mudos: “¿por qué me has abandonado?”
 
¡Quién pudiera sondear el misterio del alma de María! Podríamos imaginar su dolor de madre ante la muerte espantosa del hijo. Cuántas madres habrá que lloran la ausencia de un hijo; la separación de la distancia o de la muerte; o la ingratitud; el dolor del hijo enfermo; o del hijo en malos pasos; del hijo con problemas…
 
 Pero, nadie puede imaginar el dolor de la Madre de un hombre que también es Dios. Nadie puede imaginar el dolor de una madre que, porque es Madre de Dios, es más madre de cada uno de nosotros, que es nuestra propia madre. El alma de María fue preparada por la gracia para que fuera capaz de llevar en sí todos los dolores de todas las madres.
Que no nos engañe la humildad y pequeñez de la figura de María. Porque aquello que realmente importa en la vida de los hombres es la densidad de sus espíritus, la profundidad de su mirada interior, el sentido de la vida, la conciencia de Dios, la ternura del corazón. Detrás de su figura desapercibida, detrás de su silencio y del trabajo humilde de mujer de casa, María llevaba en sí la más admirable de las obras del Todopoderoso: su alma plena de Gracia. 
 
Y, en la ternura infinita de su corazón, palpitaron -una a una- todas nuestras lágrimas... Por ello, la soledad de María tiene algo de brutal y de tremendo. Porque en sus carnes, más sensibles que las nuestras -¡ella es sin pecado!-, en su pecho más tierno, en su alma traslúcida, trabajada por Dios desde la eternidad como su obra más perfecta, se vaciaron todas las soledades; se expandieron todos los abandonos; se volcaron todos los desamparos…
 
María no ve: cree. Con una fe similar a la nuestra. Con el mismo estrujar de las entrañas que hace gemir a cualquier madre ante la muerte de sus hijos. Tiene fe. La fe más sólida. La fe más pura. La fe más fuerte. Pero, porque es la fe más pura, está vacía de luz y de consuelo. Es la fe de la noche del espíritu, de la que hablan los místicos: la fe fría, sin sentimientos; la fe del que, en el terrible silencio de la soledad más absoluta, afirma una Presencia; afirma, sin sentir, que cree en el Padre.
 
Pero, ¿qué le importa al mundo la soledad de María?, ¿qué le importa del Dios Jesús, que yace en el sepulcro? ¿qué me importa a mí?, ¿qué me interesa?.. Olvidémonos... huyamos de la cruz y de la soledad... Pero, cuando la huida se hace más vertiginosa, cuando parece que hemos dejado el calvario para siempre, cuando todo son risas y frotarse las manos... la cruz aparece más negra y espantosa que nunca, desnuda, sin Cristo, sin María, sin fe…
 
Cristianos: la Iglesia no quiere engañarnos. No puede predicar otra cosa que la cruz. La Iglesia nació en una Cruz. Y todo cristiano debe llevar la suya. Y, si en la tristeza de los atardeceres sin luz, su peso se nos hace insoportable,... pensemos en María. María la llevó mil veces. Y María estaba sola. Pero, su soledad resuena con su “Hagase”. Y su fe la sostiene en la crueldad del desamparo. No es soledad desesperada. Es la soledad fuerte de la que supo permanecer de pie, junto a la Cruz.
 
Cuando te asalte la soledad; cuando pienses que nadie te quiere; cuando a tu sufrir parezcan ridículas las palabras de consuelo; cuando el apretón de manos no te diga nada; cuando el dolor te golpee con su absurdo; cuando no entiendas nada y corras el riesgo de enloquecer y desesperar; cuando creas que Dios te ha abandonado y sientas la tentación de la blasfemia y de la rebeldía... piensa en María, tu Madre, Nuestra Señora de la Soledad.
 
Que un acto como este nos ayude a querer más a la Virgen María. Ya sabemos que ella no es el Centro, el centro es Dios… pero María es un camino, es la que nos dijo  de su hijo Jesús “haced lo que os diga”. La Virgen María  en nuestra fe ocupa  un lugar importante, lo sabemos bien, …
 
Que este acto que inaugura los actos que la Hermandad de cofradías organiza en torno a la Semana Santa,  nos ayude a querer, respetar y amar más a la Madre, todos necesitamos a la Madre, queremos a la Madre, todos invocamos a la Madre, por eso terminemos esta presentación invocándola así: 
 
Dignísima Madre de Dios
que estando en pie junto a la Cruz de Jesús,
vuestro 
Unigénito Hijo, le visteis penar, agonizar y morir,
quedando sola y desamparada,
sin más alivio que amarguras,
y sin más compañía que tormentos.
 
Participar quiero, oh dolorida Virgen,
en vuestras penas y aflicciones,
para que os acompañe toda mi vida en el justo sentimiento
de la muerte de vuestro querido Hijo.
 
Permitidme, que os asista
continuamente en tan amarga Soledad,
sintiendo lo que sentís, y llorando lo que lloráis.
Infundid en mi pecho, oh Madre del verdadero amor,
una encendida caridad para amar a vuestro Divino Hijo,
que por mi amor murió crucificado;
y concededme el favor de amar a mi prójimo.
Amén.