Domingo, 17 de diciembre de 2017

A su eminencia Sebastián

Desde la descreencia, pero con agradecido afecto personal de quien tiene espejo moral donde mirarse y hermano espiritual cercano a la bondad, amor y generosidad, presentó sus memorias el pasado jueves en el Aula Magna de la Universidad Pontificia, el cardenal Fernando Sebastián, testimonio de fe cristiana y compromiso evangélico, que nos honra a quienes seguimos creyendo en valores eternos compartidos por la religiosidad laica que guía las acciones.

Vaya esta página con lagunas en la memoria olvidando las negras palabras del cardenal hacia los gays y lesbianas, así como sus elogios a Falange Española y Alternativa Española, porque solo quiero recordar al teólogo comprometido con la democracia española en convulsos tiempos transitorios; evocar al dirigente obrero de la JOC y de la HOAC; al crítico con el franquismo y al promotor de la separación de la Iglesia de la Iglesia del Estado, tras un maridaje de cuarenta años.

Opto por recordar la comprometida hermandad que Fernando mantuvo con mi querido Olegario, con Setién, con Alberdi, Belda, Velasco, Patino, Cebrián, Nasarre y tantos otros, a las respetuosas órdenes del cardenal Tarancón, en los inolvidables “consejillos” de las Benedictinas madrileñas.

Prefiero quedarme con el autor de la histórica homilía que pronunció el cardenal Tarancón en la misa de coronación de Juan Carlos en la iglesia de los Jerónimos, por ser pieza oratoria excepcional, merecedora de un espacio privilegiado en la moderna historia de España. Quédome, pues, con su afán por la reconciliación, la justicia y la paz, en una sociedad libre

Solo queda agradecer a Sebastián la humildad con que ostenta su sede, la templanza de sus palabras, la sabiduría del pensamiento, la bondad de sus gestos, la grandeza de su corazón, la transparencia de su verdad, y darle las gracias por su compromiso con la democracia en momentos muy difíciles de nuestra historia donde vesánicos gritos pedían el paredón para su querido Tarancón, mientras el piso de Atocha salpicaba de sangre inocente sus paredes.

Agradecerle al cardenal la generosidad por desnudar su alma en la plaza pública, con humilde descaro caritativo al servicio de quienes sigan creyendo que en la vida hay algo más que vanidades de porcelana, soberbia plastificada, solidaridad de escaparate, amor de media vuelta y prójimos maculados, interpretando patéticamente el penoso oficio de ser titiriteros de la moral.

Solo queda enviarle un abrazo de este amigo, que sin haberle convivido, -como le dijo el cardenal Francisco-Bergoglio-, lo conoce bien por sus escritos.