Martes, 22 de agosto de 2017

Polifemo

Ya es sabido que Polifemo tenía malas intenciones y devoró a varios compañeros, hasta que Ulises logró cegarle saltándole el único ojo que tenía en la frente. Otro amigo de andanzas fue Cíclope, ambos, según la mitología griega eran hijos del Cielo y la Tierra y de los cuales se decía que tenían un solo ojo en el centro de la frente.

Es sabido también que al hombre se le ha calificado de “animal cerebral” y que alguien añadía que: “con esto se quería subrayar que es una criatura adaptada unilateralmente sobre todo en el cerebro; más perfecto espiritualmente que corporal, pues el cuerpo está en muchos sentidos poco capacitado y hasta muchas veces es muy inferior a las capacidades de los animales”…

En especial en lo que se refiere al ojo humano, bastante imperfecto por desgracia. Aunque sigo pensando que era una broma notoria, lo que un célebre anatómico solía decir en su escuela: “Que si un óptico quisiera venderle un instrumento de tal naturaleza, no se lo aceptaría, por ser un trabajo chapucero”… ¡Por Dioooooos… como diría otra vez la inefable Angelines!.

Cuento todo lo anterior aún “dolido”, pues he andado estos días en una operación para “quitarme” una catarata en el ojo derecho. Y soy sabedor “a primera vista” de cómo se siente uno, cuando has ido perdiendo vista paulatinamente y de repente la recuperas en toda claridad… Por ello, que ¡me vengan ahora, con pamplinas (cosa de poca entidad, fundamento e utilidad) de que el ser humano no puede compararse en su vista, ni con los gatos, las lechuzas, ni aves de rapiña. Y menos cuando… yo no soy gato, ni lechuza, ni ave…

Pero, si puedo contaros como: “Aquel día gélido y ventoso de hace ya muchos años, estando de caza en aquella hondonada cercana a Alaejos; saqué el pañuelo del bolsillo trasero del pantalón de caza, comencé a limpiarme la sangre que salía de mi ojo izquierdo y en segundos… ¡cuando volví a ver! Comencé a dar gritos de alegría y casi me desmayo! . Me había penetrado un perdigón por el parpado del ojo… ¡y veía!

Para aclarar este “sucedido”, podría comenzar diciendo: Ya está el invierno que no hay quien lo aguante, agua y viento y viento y agua. Pero siendo más conciso tendría que afirmar: “El día de este suceso desagradable… hacía un frío del carajo… ¡vamos, de cuando el grajo vuela bajo!.

Ese día fue en el que “mi” amigo Gonzalo me dio un tiro en el ojo izquierdo. Aún no habíamos hecho la apertura completa para ponernos en línea e iniciar la “mano” cuando una perdiz levantó el vuelo y Gonzalo disparó y…. ¡Aquello fue terrible! De repente sentí el dolor y la visión del ojo desapareció, sólo se me ocurrió sacar el pañuelo y limpiarme la sangre y… ¡comencé a ver y no hay palabras para describir lo que sentí! Un perdigón suelto entro por el parpado y se alojó en el saco del  ojo, sin tocar ningún punto vital. En  Salamanca me lo “sacó” el renombrado oftalmólogo Arístides Romero, me lo entregó (aun lo guardo) y me dijo: ¡qué suerte chaval!

Podría terminar diciendo”: “No cesa el mal tiempo, siguen los días crudos y van siendo más largos; pero siempre que ha llovido a “escampao”. Pero no lo diré y menos lo escribiré. Hoy  quiero terminar estas---Reflexiones en voz baja…. muy baja---.

                                 A pesar del tiempo trascurrido; aun vienen a mi memoria nítidamente, el MOMENTO en que con el ojo inyectado en sangre, perdí la visión… y el INSTANTE en que ¡volví a ver! Y, ahí lo dejo.

Anselmo SANTOS.