Jueves, 23 de marzo de 2017

Oración, abstinencia, solidaridad

No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita

Llevamos apenas una semana de cuarentena cristiana, la llamada cuaresma, que nos conduce discretamente hacia la gran fiesta de la Pascua. El recientemente celebrado Miércoles de Ceniza nos ponía en la pista del camino o del recorrido que, día tras día, nos va conduciendo hacia la meta. Los tres rieles de la vía a seguir son la oración, la abstinencia y la solidaridad.

La oración evoca el recogimiento, el silencio del desierto, la intimidad con el Dios en el que cada uno cree y al que adora, la actitud de profunda espiritualidad que todos necesitamos cultivar. Vivimos tiempos en los que nos aturde el ruido de cada día, la sucesión de noticias e imágenes, que no nos permite profundizar en el pensamiento y el sentimiento más propios de la vida del hombre. Por eso, tenemos que dar gracias de que se nos permita un año más ejercitarnos en esa práctica del silencio y la oración; como se dice en el evangelio, entrando en el rincón más recóndito de la casa, o quizá discretamente en el silencio de una iglesia. Bien haríamos en recuperar este espíritu de oración, si es que lo hemos perdido.

La segunda práctica de la cuaresma nos pone en el camino de la abstinencia, o del ayuno. Y hay tantas cosas de que abstenerse… Nos vendría tan bien ejercitarnos en las prácticas del ayuno… No son más ricos aquéllos que más tienen, sino aquéllos que menos necesitan. “¡Cuántas cosas no necesito!”, decía el sabio Sócrates al entrar en un mercado. Nos sobran descansos, vacaciones, coches más solemnes, televisiones despampanantes, pisos supergrandes y superamueblados, teléfonos último modelo, ipads de última generación, etc. etc. etc. La abstinencia cuaresmal, y posiblemente el ayuno más o menos riguroso, nos ayudará a descubrir cómo se puede vivir feliz sin tantos aditamentos. Y hasta mantener el cuerpo más vigoroso y el espíritu más alerta.

Y esos dos primeros pasos nos dispondrán al último y más definitivo: la práctica de la solidaridad. Así, la cuaresma no sólo es útil y provechosa para cada individuo practicante, sino para la misma sociedad de la que formamos parte. En la relación con Dios o en el ejercicio de la espiritualidad, encontraremos el motivo, o mejor, el motor de nuestras relaciones solidarias. Se nos despierta el espíritu de solidaridad con los próximos, los prójimos, especialmente los que más lo necesitan.

Pero la solidaridad podrá ser más abundante y efectiva en la medida en que hayamos dilapidado menos nuestros bienes innecesarios, o incluso renunciemos generosamente a los que no precisamos estrictamente, y que nos darán la posibilidad de ser más espléndidos en el compartir. Tendríamos que pensar, especialmente en estos días en que recordamos la jornada mundial de la mujer, en el desequilibrio en cuanto a las responsabilidades del trabajo o de la empresa, o en la escandalosa diferencia en la percepción de los salarios debidos, que son bastante más abundantes para los hombres que para las mujeres.

Y no digamos en lo que se refiere a la brecha entre pobres y ricos, como se nos ha hecho conocer en los pasados días, incluso en lo referente a nuestro mismo país. El hambre acaba con multitud de niños en todo el mundo, y muchos se ven privados de salud, escuela y elementos básicos, como es la vivienda o el vestido. Se ha sabido los últimos días que España es el país de la OCDE con más desigualdades, hasta 14 veces más incluso que la misma Grecia. Los tres más ricos de España tienen tanto dinero como el 30 por ciento de los más pobres. Y uno de cada tres niños vive en España por debajo del umbral de la pobreza.

No nos falta campo donde poder ejercitar nuestra solidaridad en la presente cuaresma. Ojalá acertemos en este año con el camino que conduce derechamente al triunfo de la Pascua sobre las desigualdades e injusticias, colocándonos en la vereda de una vida redimida y en una situación de perfeccionamiento personal y de progreso humano equilibrado de nuestra sociedad.