Jueves, 30 de marzo de 2017

La enfermedad de las palabras -II-

      Padecemos una xenofobia etimológica muy arraigada de la que no somos conscientes. Para muestra, esta colección de botones:

     La “barbarie” y la “barbaridad”, cuyo sentido primigenio se vinculaba a incultura extrema y salvajada, se consideran propias de los “bárbaros”, es decir, de los extranjeros. Llamamos a alguien “ladino” en el sentido de taimado, cuando ladino es el idioma de los judíos sefardíes. Descalificamos por basto a un tipo “chabacano”, y resulta que el chabacano es un dialecto filipino. Decimos que algo falso es una “farsa”, pero “farsa” significa “en farsi”, el idioma de Persia. Patán, en su sentido de “zafio” y “tosco”, tiene reminiscencias del gentilicio de los patanes o pathanes, moradores de una región de La India que se enfrentaron ferozmente a los colonizadores ingleses. Decimos que algo que nos parece raro "suena a chino". Nos quejamos de la “algarabía”, que significa textualmente “lengua árabe”, por el simple hecho de que para los lugareños era ininteligible la lengua de los árabes que llegaban a la Península durante la Edad Media. Por más que el Diccionario de la Real Academia prefiera otro improbable origen, el término “maula” es la traslación literal del árabe mawlâ, que en aquella lengua significa cliente, acompañante o colaborador, pero que hemos trasladado al castellano en su versión de “parásito”, con las acepciones de inútil, tramposo y mal pagador.

    Como señalaba el investigador del cerebro Steven Pinker, "en nuestro trato con las demás personas, suponemos que ellas son tan complejas como nosotros, y suponemos que ellas suponen que nosotros suponemos que ellas suponen". Quedan muchos aspectos por conocer y muchas aristas que limar en el estudio de la comunicación personal, pero aun en el mejor de los casos, nunca estaremos exentos de errores y malentendidos.