Lunes, 11 de diciembre de 2017

La enfermedad de las palabras -I-

    Lo que algunas religiones prometían como inverosímil utopía y la ciencia va conquistando lentamente con esfuerzos hercúleos, creen haberlo conseguido ciertos políticos en unas pocas décadas a base tan sólo de trastocar las palabras. Ya no existen los cojos, ni los ciegos, ni los tullidos. A nuestro alrededor no podemos encontrar minusválidos, locos ni siquiera simples tontos. Y no han desaparecido de nuestro lenguaje únicamente ciertas enfermedades, también las desgracias y contrariedades de la vida. Ninguna mujer se mete ya a puta, ningún hombre se hace viejo, ninguna noticia aparece en los medios de que alguien haya fallecido expresamente de cáncer.

    ¿A qué debemos semejante milagro? A la coyunda entre la censura y el eufemismo, la manipulación del lenguaje para transformar lo desagradable en aparentemente inocuo y adaptar la realidad a una determinada forma de ver la vida o a una tendencia ideológica concreta. Semejante operación de ingeniería mental se justifica pretextando agravios comparativos y tratando de extirpar diferencias por la vía contradictoria de uniformar las singularidades. Unamuno no era partidario de templar gaitas cuando se trataba de defender el castellano como lengua oficial de España: "yo creo que hay que herir sentimientos y resentimientos para despenar sentido, porque toca en lo vivo. Se ha creído que hay regiones más vivas que otras y esto no suele ser verdad". Y mucho más recientemente, Salman Rushdie (perseguido a muerte por el fundamentalismo yihadista) decía algo tan elemental como que existe el derecho a no creer en Dios, pero no existe el derecho a "no sentirse ofendido", pues si existiera, nadie podría decir ni escribir una palabra. En un irónico manual sobre las reglas del periodismo moderno, Michael Rosenberg, de Detroit Free Press, recomienda a los colegas periodistas tener a mano los teléfonos de los portavoces de los colectivos de afroamericanos, asiáticos, latinos, indoamericanos, homosexuales, transexuales, obesos, flacos, personas sin atributos físicos particulares y fetichistas de los pies. Buena parte de los comunicadores, y de los pedagogos, por desgracia, se avienen a seguir la corriente del redentorismo de minorías sin caer en la cuenta de que en ocasiones es peor el remedio que la enfermedad. Los censores compulsivos son además muy tontos; Rushdie los dejaba en evidencia: "se defiende la censura en nombre del respeto a las minorías, se quiere prohibir lo que pueda ser considerado ofensivo para los negros o para las mujeres, aunque, por fortuna, la mayor parte de las feministas no opina así. Pero si las minorías defienden la censura, cuando ésta se fortalezca será aplicada justo contra ellas, porque son más vulnerables. La plena libertad de expresión es la mejor defensa que tienen los débiles, los minoritarios”.

   Porque lo que comienza siendo una moda impuesta por unos pocos por cobardía, respetos humanos o interés político, termina asentándose en el uso popular hasta convertirse en expresiones comunes, en mensajes que de forma subliminal llevan en su raíz un sentido deforme, injusto y originalmente malintencionado, por más que los manifestemos casi siempre sin mala intención. La verdadera libertad de expresión, en definitiva, se ve amenazada cada vez más por la lacra de lo políticamente correcto.