Lunes, 24 de julio de 2017

Páique entavia es aína…

El próximo martes, 21 de febrero, se celebra el Día Internacional de la Lengua Materna. Y es por ello que quiero dedicar esta columna a todos aquellos que en nuestras queridas tierras salmantinas fueron (y son) ridiculizados o estigmatizados por hablar en el leonés heredado de sus antepasados.

Desgraciadamente, en el noroeste salmantino, muchos hemos oído decir alguna vez, generalmente sobre algún anciano, que “ese no sabe hablar”, “ese habla muy mal” o “ese habla medio portugués”. Sin embargo, los filólogos dejan bien claro en sus estudios que de hablar mal nada, sino que se trata de otro código lingüístico, es decir, otra lengua, la leonesa, o de sus restos aún impregnados en nuestras hablas locales.

Y es que palabras como “alredor”, “entavia”, “aína”, “buraco”, “achiperres”, “andancio”, “amollecer”, “entrizar”, “lamber”, “lisca”, “llares” o “antier” no son palabras mal dichas, sino expresadas aún en leonés. Y otro tanto se puede decir a la hora de conjugar los verbos. Así, cuando en Villarino (que puede considerarse el corazón histórico de la lengua leonesa en Las Arribes) se decía “nos marchemus”, “vos salistis” o “ellus curriorin”, no estaban hablando mal, sino que estaban diciendo en leonés que nosotros nos marchamos, vosotros salisteis y ellos corrieron.

Cuestión aparte es que, unos por desconocimiento, y otros por afán de superioridad, hayan puesto a alguien el sambenito de que hablaba de manera ruda o grosera, buscando en ocasiones a través del lenguaje humillarle. Paradójicamente, los estudios realizados por insignes filólogos como Llorente Maldonado, Borrego Nieto, Menéndez Pidal, Unamuno, Federico de Onís, Morala Rodríguez o Zamora Vicente han puesto en evidencia la necedad de quien acusaba de hablar mal a otra persona.

No obstante, y para desgracia de sus estigmatizados hablantes, los estudios realizados sobre las características del leonés en las diversas comarcas (o en el conjunto) del viejo Reino de León, apenas han tenido repercusión fuera del ámbito académico filológico, por lo que no han ayudado a disminuir el sentimiento de culpa que muchos hablantes de leonés llevan consigo, por el mero hecho de hablar de una determinada manera, creándose cierto sentimiento de inferioridad y vergüenza por ese habla que emplean.

En todo caso, la ridiculización del leonés no es algo exclusivo del siglo XX o XXI, sino que viene de bastante atrás. Así, pese a que fue lengua jurídica en el Reino de León (fruto de lo cual los fueros de Salamanca, Zamora, Ledesma o Alba de Tormes están redactados en leonés), una vez que este reino dejó de convocar Cortes propias (las últimas en 1349), comenzó su travesía en el desierto. De esta manera, como indica el Catedrático de Filología Hispánica José Ramón Morala, el leonés comienza a verse entonces como una lengua tosca y grosera, naciendo “el tópico creado con el teatro desde finales del XV en el que los personajes rústicos, generalmente pastores, aparecen caracterizados en escena por el uso de una jerga teatral con un alto componente de rasgos leoneses”.

Todo esto ha provocado que el fenómeno conocido como ‘diglosia’ haya campado a sus anchas entre los hablantes de leonés. La diglosia es un fenómeno lingüístico que se da en lenguas minoritarias, cuyos hablantes restringen su uso al ámbito familiar y más cercano para evitar ser estigmatizados en un nivel social inferior o sufrir burlas por ello. Es considerado, por ello, como el último paso previo a la desaparición de un habla.

Un buen ejemplo para entender lo que es la diglosia lo describe Dina Rodrígues en ‘Dialecto rionorês. Contributo para o seu estudo’, respecto a la localidad rayana de Rionor, de cuyos habitantes señalaba que sólo hablan leonés “cuando están solos, en su entorno y en un ambiente que les es familiar. Los rionoreses afirman frecuentemente que no les gusta hablar su dialecto delante de extraños, pues algunos los podrían ridiculizar.”

Asimismo, tal y como señalaba en ‘El habla de El Rebollar’ el catedrático Ángel Iglesias Ovejero, “el sentimiento de inferioridad cultural y social, frente a la norma general, vehiculada por los medios de información y la administración, favorece la aceptación del término foráneo general. […] es de suponer la eliminación progresiva del componente dialectal de carácter histórico, arcaizante, leonés, con resultados lexicalizados”.

En este mismo sentido, aunque refiriéndose a la comarca de Aliste, el filólogo y profesor de Lengua Española de la Universidad de Burgos, Antonio Álvarez Tejedor, afirmaba que en dicha comarca zamorana “toda la comunidad científica sabe que en el habla de Aliste elementos leoneses y más arcaizantes libran una desigual batalla con el castellano”, situación perfectamente extrapolable a Las Arribes salmantinas.

Esto no evita que haya palabras propias del leonés que aún gocen de buena salud en el vocabulario de nuestra zona. Así, es usual oír “pardal” para referirse al pájaro denominado gorrión en castellano, “pega” para llamar a la urraca, “teso” para cerro, “alpaca” para referirse a una paca, o “añusgarse” para atragantarse. Y otro tanto se puede decir de expresiones como “por cima” (por encima) o “pahí” (por ahí).

Asimismo, en la conjugación de los verbos aún quedan rasgos que, aunque en declive, aún se perciben en el hablar de nuestras comarcas, permaneciendo aún la conjugación leonesa en “-emos” en vez de la “-amos” castellana (“antier en la tarde marchemos pal teso” –antes de ayer por la tarde marchamos para el cerro-).

Por otro lado, al no existir verbos compuestos en leonés, al introducirse vía lengua oficial, tuvo lugar una implantación defectuosa en el habla coloquial de las áreas tradicionalmente leonéshablantes. Así, el empleo de “heis” (en vez de “habéis”) o “habemos” (en vez de “hemos”), se ha convertido en la solución más habitual empleada en las hablas leonesas a la hora de introducir verbos compuestos.

Finalmente, saliendo del habla en sí, y yéndonos a la parte legal, cabe señalar que en la reforma del Estatuto de 2007, el leonés fue recogido en su articulado como una lengua que la Junta debe proteger y fomentar en sus áreas de uso tradicional. Sin embargo, hasta hoy, una década después de dicha reforma, aún no se ha hecho nada por el leonés desde el ejecutivo autonómico.

Asimismo, desde el Estado tampoco se ha hecho nada para proteger el leonés y, de hecho, para justificar su inacción han escurrido el bulto diciendo que eso es competencia de la autonomía. Debe ser que el artículo 3.3 de la Constitución está para ser incumplido por unos y otros.

No obstante, también hay otras instituciones más cercanas que podían hacer algo por dignificar el habla tradicional de Las Arribes y que, hasta ahora, no han hecho sino mirar hacia otro lado. La Diputación de Salamanca es una de ellas, pero también lo son los ayuntamientos de las localidades donde el leonés aún se deja oír en los más ancianos.

A principios del siglo XX en el ‘Cancionero Salmantino’, Dámaso Ledesma recogía dos canciones de Las Arribes que eran cantadas en leonés, “El Toru” de Aldeadávila, y “El Burru” de Villarino. Cabe preguntarse qué se ha hecho desde entonces desde Aldeadávila y Villarino para proteger su habla tradicional y, sobre todo, para dignificarla. En Villarino el ayuntamiento hace unos años colocó una estatua en homenaje al burro del Tío Silguero (por cierto, “silgueru” es jilguero en leonés), protagonista de dicha canción, pero en la placa que recoge su letra junto al monumento la misma aparece castellanizada, como si diese vergüenza ponerla como fue recogida originalmente.

Por otro lado, debido a la existencia de múltiples miradores y la propia existencia del Parque Natural de Arribes, dichos municipios (y otros tantos de la zona) se encuentran plagados de carteles explicativos, en los que es habitual leer las descripciones en castellano y en portugués, pero ni rastro del leonés comarcal. Ante esto una pregunta surge en mi cabeza: ¿Por qué ese desprecio al habla tradicional de Las Arribes y, por extensión, a todos aquellos que la emplean o emplearon en su día a día?

Quizá todo ello se deba a que nadie en dichos consistorios ha reparado en dar un paso al frente para dignificar el leonés de la zona, pero también es cierto que, como dice el refranero, “más vale tarde que nunca”, y que el Estatuto bien puede ser cumplido por los ayuntamientos en lo que a protección y promoción del leonés se refiere (dentro de sus competencias), independientemente de si otras instituciones deciden mirar hacia otro lado o no.

Y es que, como afirmaba el Doctor en Filología Hispánica Juan Carlos González Ferrero, “si algún futuro hay para el leonés, éste depende únicamente de la voluntad, de la buena voluntad de sus hablantes, de la voluntad, de la buena voluntad, de las instituciones que apoyen a los hablantes, y de la voluntad, de la buena voluntad, de los estudiosos que auxilien en su tarea a unos y a otras. […] Para el leonés ha llegado, pues, la hora de la lealtad, la hora de la solidaridad”. Sea pues, nunca es tarde si la dicha es buena.