Viernes, 23 de junio de 2017

Vademécum para la lucha

La nueva ministra española de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad (que ya es abarcar), después de condenar de firme y radical modo la llamada “violencia de género” (como respuesta a las exigencias de la oposición), afirma que, siendo la cuestión un asunto de Estado, sería conveniente -dice con un candor no exento de inopia-, que debe haber llegado ya el momento de abordar seriamente el tema por parte de las fuerzas parlamentarias. Sorprende que la representante de la fuerza política que durante años ha reducido hasta casi el ridículo las partidas presupuestarias destinadas a la lucha contra el machismo, se plantee ahora este llamamiento a la unidad de todos para una cruzada contra los ataques, dice, “a la vida, la dignidad y la libertad de las mujeres”.

No será desde estas líneas desde donde se critique o cuestione en modo alguno cualquier medida destinada a reducir, evitar o paliar de alguna forma la indignante sangría de las mujeres muertas por causa del machismo, pero las experiencias anteriores sobre las decisiones políticas adoptadas durante lustros respecto al tema, hacen sospechar una nueva vuelta de tuerca a la incompetencia, la parafernalia electoralista, la desgana, la desatención, la ignorancia profunda sobre la naturaleza del problema y la absoluta falta de criterio con que hasta ahora se ha abordado en España la lucha contra la mayor y más lacerante realidad que nos abarata como sociedad, nos desautoriza éticamente y nos hunde en la miseria de la indignidad y la vergüenza.

La flagrante insuficiencia –ahí están las cifras- de las (escasas) medidas tomadas hasta el momento para evitar la mal llamada violencia de género, basadas principalmente en los intentos de protección a las víctimas una vez ya víctimas, en juicios absolutamente equivocados de los orígenes, causas y condicionamientos del problema, en el desconocimiento de medidas efectivas de prevención y en una utilización abstrusa de la estadística para explicar una cuestión de inmoralidad social, desigualdad, incivilidad y pura brutalidad, es decir, en un bochornoso desconocimiento de la naturaleza de la violencia contra las mujeres, hace que el anuncio de la ínclita ministra llamando al fraterno abrazo de todos en la lucha final (esto de “remar todos en la misma dirección” ha sido, generalmente, muletilla del llamado a la sumisión), suene, una vez más, a faena de aliño para salvarle la cara a un par de direcciones generales y justificar el tercer cometido del nombre de su ministerio.

Es de imaginar que, de plantearse seriamente la lucha contra el machismo criminal de esta sociedad española de hoy, se investigue, estudie, dilucide y trate de corregirse, con medidas de todo tipo que son posibles si la convicción de afrontarlas lo fuera,  la situación de miles, millones de mujeres, principalmente en el ámbito rural pero no sólo, que sufren cotidianamente un maltrato, incluso sin agresión física, que no termina en su muerte violenta, sino en muchas ocasiones en suicidio, siempre en angustia e infelicidad permanentes que las arroja a las garras de la depresión o el autodesprecio,  a una resignación obligatoria de por vida, que basurea existencias ya esclavas y esclavizadas, en las que la presión de la costumbre, la amenaza implícita o explícita, la espuria valoración egoísta de rituales religiosos, la molicie, el ninguneo, el prejuicio y los desprecios, les impiden salir, expresarse o, simplemente, vivir.

Además, cualquier pacto, acuerdo o medida que pretenda luchar contra la violencia hacia las mujeres, tendrá que terminar con la desatención institucional (y del mismo ministerio este de la ministra esta) al brutal alcoholismo social en que este país ha caído, que genera una bestialidad y una violencia cotidiana nada combatida por nadie en ningún lugar. Cualquier medida que quiera ser efectiva tendrá que atacar frontalmente la comprensión indisimulada para los comportamientos de brutalidad machista y desprecio a la mujer en rituales, celebraciones, festejos, homenajes o publicidad; tendrá que acabar con la indiferencia educativa de padres a hijos y la repetición acrítica de roles machistas en la vida familiar, creadora de generaciones de jóvenes machistas, agresores, maltratadores y devotos –véanse las encuestas escolares- de la repetición de los peores roles de la desigualdad; tendrá que explicar el porqué (y no el porque sí) del desinterés político, cuando no el ataque frontal, hacia asignaturas y enseñanzas de valores de igualdad, ciudadanía y respeto; habrá de tomar medidas contra el estúpido arrastre de enseñanzas llamadas tradicionales de padres (y madres) que ante el maltrato recomiendan machismo a hijas en forma de silencio o resignación, lo que a su vez es transmitido a la siguiente generación en un camino de repetición de lo peor de la dominación masculina; habrá de cuestionar las razones de la preponderancia (subvencionada por todos) de instituciones religiosas de acendrado machismo, y poner en cuestión y educar contra la sumisión y cumplimiento de sus rituales por masas no sólo compuestas por (poquísimos) creyentes, sino principalmente por medrosos del qué dirán y devotos de la fachada y el “como toda la vida”, indocumentados o simples vagos mentales. Todos esos condicionantes, y algunos más que merecerían comentario aparte, será preciso tenerlos en cuenta si lo que se quiere es luchar frontalmente contra la llamada violencia de género (masculino).