Domingo, 24 de septiembre de 2017

Leer

De la lectura (valga la perversa redundancia) del reciente informe La lectura en España 2017, realizado por la Federación de Gremios de Editores, se extraen algunas conclusiones que, no por repetidas durante años, dejan de reflejar el desolador y deprimente panorama cultural en que este país, y sus instituciones educativas, se ha acomodado con notable molicie, también con respecto a la lectura. Las cifras que reflejan los porcentajes de españoles que en el último año no se han ocupado, ya no en leer ni un solo libro, sino ni hojearlo o siquiera ponerle la vista encima, son abrumadoras (nada menos que un 40% de los celtibéricos mayores de edad opinan –es un decir- que los libros no existen). Además, las cifras de quienes sí iniciaron la lectura de un solo libro, y nada más, sumadas a las de quienes, incluso, la finalizaron y ahí terminó su periplo bibliófilo del año, añadidas a las de quienes picotearon un párrafo por moda o curiosidad, y las de los que leyeron la solapa para dárselas, o se aproximaron a la reseña digital para como siempre hacer ni caso y otros especímenes no incluidos en el porcentaje mencionado, suman un penoso 80% de compatriotas a los que el acto de leer  les suena tan lejano como ponerse a coger margaritas en la luna.

No debería engañarnos, sin embargo, ni tampoco conformarnos ese 20% de conciudadanos que, a la vista de las cifras del informe, parece profesar amor por la lectura y que diríase podrían maquillar en parte el enorme bochorno de esas cifras. En absoluto. En ese porcentaje se incluyen los lectores-devoradores de la llamada literatura-basura, los de detestables libros de autoayuda y coaching, los de novelones intrascendentes sobre culebrones televisivos y otras falacias del recuerdo, las memorias del famoseo populachero y los catálogos de recetas de cocina y chefs y baby chefs y fogones y fogones; las sagas vampíricas y los reinos de monstruos y castillos y tronos y jóvenes magos y hadas madrinas; los panfletos encuadernados en tapa dura, las bazofias de juveniles amoríos más falsas que monedas de siete, las evocaciones mal escritas con y sin costuras y más y más volúmenes que ocupan y copan las mesas de novedades y a cuyos compradores los interesados gremios de editores interesadamente designan como lectores en lugar de compradores de las hojas de papel encuadernadas que ellos venden y que es, al fin y al cabo, su principal interés.

La mitificación del verbo leer y su asociación con la cultura es hoy una falacia de enormes dimensiones. La actividad editorial se ocupa primordialmente de sacar al mercado en forma de libro toda una gama de productos que en absoluto tienen relación con el crecimiento intelectual, la formación y la información, el aumento de las capacidades de criterio, análisis y relación o el mejor conocimiento del mundo y la realidad del mundo, además del disfrute estético y sensorial que se supone son elementos constitutivos de la cultura y que las buenas lecturas debieran procurar y potenciar en quienes con sentido la practican. El ridículo snobismo que ha suplantado los actos de regalar, comprar, aconsejar, tener, coleccionar, almacenar o citar libros como objeto por el mero hecho de serlo, se agrava en las pueriles sociedades consumistas con la falsa valoración del acto de leer como mérito en sí mismo, sin atender al contenido de lo que se lee. Los planes de fomento de la lectura repetidamente anunciados, y nunca puestos en práctica, por todos y cada uno de los gobiernos del país desde hace décadas, se orientarían, en caso de hacerse efectivos, al apoyo de la industria editorial en cuanto a sus cifras de venta en lugar de a la indispensable labor de educación, difusión y orientación de los significados de la lectura en cuanto a sus contenidos respecto a autores, obras, etc.

Una sociedad que no lee y, además, desprecia a tal nivel la lectura y, por consiguiente, su propia cultura y su propio desarrollo intelectual, es una sociedad enferma. Y la nuestra lo está. Gravemente. Por eso es preciso recurrir también a a lectura como acto de curación y también de autorespeto, acto moral de afirmación de la propia inquietud por el saber y el conocimiento, de aprecio y amor por los demás en cuanto al esfuerzo por ser mejor también para ellos y por ellos. Y por el propio espejo. Leer como disfrute y alegría, buscando la imagen perdida o el pensamiento inédito, la luz entrevista, el rostro escondido, el boceto perfecto, la voz silenciada, el eco de uno mismo... Leer.