Martes, 19 de junio de 2018

Zidanes y Pavones

Hace falta escribir un millón de porquerías, alertaba Hemingway refiriéndose a los esfuerzos necesarios para dominar el ejercicio de la prosa. Algo así viene a explicar la teoría de las diez mil horas, según la cual, este es el tiempo que es necesario invertir para dominar una disciplina para el caso de un talento mediano y en circunstancias normales. No hace falta ser muy avispado para comprender que, detrás de todo ejercicio de virtuosismo contemplado con deleite desde la platea, se esconden duras jornadas de esfuerzo y combate contra los principales enemigos del hombre: la pereza y la autocomplacencia.

 

He trabajado catorce horas diarias durante treinta y siente años… ¡Y ahora me llaman genio! –comentaba echando mano del sarcasmo Pablo Sarasate, reputado violinista, tras la lectura de una crítica. No es el reconocimiento el principal incentivo de esta búsqueda, sino la sensación de dominio de un instrumento, de un escenario, de un esférico,... El gozo de quien levita al margen de la gravedad y los miedos, de quien ha ensayado, no para que el fuego pueda surgir una vez, sino para que nunca pueda fallar la combustión.

 

Hilo todo lo anterior con el oficio de entrenador, sea cual sea su especialidad deportiva. Pienso en los jóvenes que, desprovistos de un talento particular para la práctica del juego, o dotados de una visión más global del mismo, comienzan a hacer sus pinitos en los equipos de su colegio y a formarse gracias a las nuevas oportunidades que ofrece la red. Pienso en los esfuerzos que hacen para completar su formación federativa compaginándola con otra más formal, que es la que debe asegurarles el futuro. Admiro su vocación por enseñar, muy superior a la que, como promedio, demuestran los egresados del Máster de Profesorado, seres claramente desvinculados del mundo adolescente y con escasa sensibilidad didáctica, esa de la que el entrenador se proveyó separando a dos chicos en el patio o hablando con ellos camino del pabellón el sábado por la mañana.

 

Pienso en la mirada inquisidora del padre que no hace otra cosa que desearle un futuro estable y económicamente viable. Y en la de la madre, con esa sonrisa de “bueno, haz lo que quieras, pero escucha también a tu padre”. Y, nuevamente, en las diez mil horas que son necesarias para dominar un oficio mientras se estudia o trabaja, mientras se atienden mil requisitos burocráticos y, de vez en cuando, se sale con los amigos. Todo para que luego los banquillos de primera división, de NBA o ACB, estén plagados de ex jugadores que, claro, conocen mucho mejor que esos chicos los códigos internos de un vestuario, las sensaciones que se experimentan en un terreno de juego e, incluso, los propios fundamentos técnicos y colectivos del deporte en cuestión.

 

Y me acuerdo finalmente de aquella frase de Florentino Pérez con la que vino a simbolizar un futuro marcado por la inversión en estrellas y en cantera. Zidanes y Pavones, vino a decir, aunque luego la frase se limitara a dar juego en los mentideros por su vaga conexión con la realidad. Zidanes, Simeones, Luis Enriques, por supuesto que sí, en la élite, gobernando vestuarios repletos de ególatras vanidosos. Pero también Pavones, que se han sacado diez mil horas de la manga (de las vacaciones, de sus parejas,…) para formar a los futuros jugadores y a los que no lo serán. Pavones, digo, que se merecen algo más que una condición amateur y precaria.