Viernes, 23 de junio de 2017

Negligencias y otras sombras

                     A la memoria de John Berger, que se me murió hace seis días mientras dibujaba su sueño de justicia en un pañuelo de algodón.

Una de las (deprimentes) primeras noticias del año, da cuenta de unas declaraciones realizadas en Valladolid por el ministro español de Educación, Cultura y Deporte, referidas a un próximo pacto educativo entre las fuerzas políticas. Tanto el contenido como, principalmente el tono y estilo de esas declaraciones revelan una vez más la atávica desatención y el militante desinterés que hacia la educación y la enseñanza ha mostrado siempre el rancio conservadurismo de este país, puestos este principio de año en boca, precisamente, de quien ostenta, y debería ejercer, la dirección de la gestión pública de la enseñanza, y sobre todo de la educación, en España.

Expresiones vagas como “no tenemos ninguna prisa”, “respetar los tiempos”, “plazos prorrogables” y otras de inocultable desidia y abulia por el tema del pacto educativo entre diferentes fuerzas políticas, aderezadas por un raquítico y aliñado de compromiso’ listado’ de intenciones de ese supuesto pacto, que son, literalmente, la “bajada de las tasas del abandono escolar” y generalización tan vacía como “mejorar la calidad del sistema educativo”, dan también indignante noticia del nulo interés y la displicencia mental que el tema provoca en el ministro y, consecuentemente, en el gobierno de que forma parte.

Ofrecido al partido derechista hoy gobernante ese pacto educativo durante años cuando era oposición parlamentaria, la mera posibilidad de abordarlo fue rechazada por ese partido sistemática y despectivamente cuantas veces fue siquiera mencionado. Hoy, un gobierno presidido por quien abominó de la mínima posibilidad de acuerdo educativo, pero necesitado de apoyos numéricos en el parlamento, enarbola como sonajero gigante el monigote vacío del pacto educativo, aunque, como en esas declaraciones de Méndez de Vigo, se le transparente un desinterés rayano en el desprecio y una desgana con marchamo de dar largas que sólo busca titulares que reflejen su (falsa) intención negociadora.

Un país que ostenta año tras año el deshonor de ocupar los últimos puestos en calidad educativa, y los primeros no sólo en abandono escolar sino en los datos de las capacidades de los alumnos de diferentes niveles en varias materias (Lengua, Matemáticas, comprensión, análisis, síntesis...), y cuyas instituciones educativas ocupan también puestos irrelevantes en los listados continentales y globales de competencia, calidad o innovación, no puede seguir permitiéndose una gestión pública de la enseñanza en manos de esta manga de rancios descreídos.

Un país donde se recortan fondos de investigación, que es el hazmerreir occidental en cuanto a innovación y vanguardia educativa y en el que no se lucha en absoluto contra la infección endogámica que pudre las universidades hasta en sus más ocultos rincones, abarata las comisiones de docencia y los tribunales de competencia y ridiculiza las agencias de evaluación del profesorado, y donde los controles al docente, la actualización y reciclaje de sus conocimientos o la evaluación de sus resultados no merecen sino la burda utilización de cuestionarios burocráticos de palmaria inutilidad, no puede aducir plazos prorrogables ni ejercer  lentitud alguna para enfrentar uno de sus mayores problemas: la enseñanza.

Un país donde las clases de Secundaria de los institutos se han convertido en festivales de whatsapps, en muestrarios del desinterés y pasarelas de la moda, en escaparates del machismo juvenil y el racismo excluyente, del acoso y el bulling, de la agresión y la amenaza y también convertidas en cementerios de la vocación de tantos profesores o territorios de la individualidad heroica de contadísimos otros,  sino más bien en ejercicios de sólo cumplir horarios y en un espeluznante vacío de intención o capacidad pedagógica y atención y compromiso a uno y otro lados de la tarima, no puede demorar ni un minuto más la reforma de una realidad que nos está definiendo ya como mamarrachos culturales y nos está mostrando, desde hace demasiado tiempo, un futuro aterrador en cuanto a la educación.

Un país en el que se enseña la brutalidad y se manipula y oculta la Historia en las aulas, se obliga en esas mismas clases a creer en los dioses de quien manda o a rendirles la innoble y obligatoria pleitesía de su estudio, se explica y se enseña como cultura la bazofia de la tauromaquia y la cruel técnica ritual del maltrato animal; un país en el que la educación en la familia no existe ni se la espera, ni se la potencia ni se la aconseja, y donde la paternidad responsable es un fantasma desaparecido y se prima en la convivencia el individualismo excluyente potenciando el gregarismo, el provincianismo y lo más paleto de la ignorancia irracional de lo caduco con disfraz de tradición; un país en el que se alaba la chulería y el desprecio, se condesciende con el machismo y la misoginia violenta, en el que la desatención y el desinterés hacia el consumo de alcohol y otras drogas tanto en la juventud como en la sociedad en general alcanzan cotas escalofriantes, no puede dejar la solución de estos asuntos en manos de inconscientes corbatones beneficiarios de las ventajas políticas de la incultura y el desconocimiento,  ni puede encargar la gestión de la educación pública (muy diferente de la enseñanza pública aunque igualmente capital), ni tampoco dejar al cargo de nuestro futuro a semejantes individuos, ni permitirles velar por el ejercicio cabal de los derechos de una ciudadanía en la que, evidentemente, esa gente no cree.