Jueves, 19 de abril de 2018

Últimas páginas del sentidor

Patriota con pedigrí, político honrado, profesor ejemplar y rector diligente, que fue maestro y discípulo. Sabio, rebelde, honrado, generoso, inconformista, sincero, incomprendido y leal a sí mismo, a su familia, a su profesión y a sus amigos, cuya memoria todavía hoy se disputan hunos y hotros

Tal día como hoy, a las cuatro de la tarde del jueves 31 de diciembre de 1936, caía herido de muerte sobre la camilla doméstica de la casona de Bordadores, don Miguel de Unamuno y Jugo, aquejado de “mal de España”, aunque el doctor Adolfo Núñez certificara su muerte por la hemorragia bulbar que se lo llevó, sin previo aviso, al nicho 340 del cementerio salmantino, donde reposan sus restos desde hace ochenta años.

Salamanca fue para Unamuno su razón de ser, su alma y la inspiración de su obra, imposible de lograr lejos de la conventual ciudad charra, donde el tiempo se remansaba bajo el alto soto de torres cantado por el poeta, pidiéndonos a los salmantinos que dijéramos al mundo que había sido.

Y así lo hacemos, recordando que ese día enmudeció una de las mentes más lúcidas y voces más sabias que en la historia han sido. Agitador de conciencias, veraz hasta la inmolación, esposo fiel, padre ejemplar, abuelo singular, socialista sin ataduras partidistas, intelectual solidario, libertador de obreros, redentor de campesinos, republicano decepcionado con los gobiernos republicanos y padre espiritual de sus alumnos.

            Pasado el rubicón del 12 de octubre en la fiesta nacional de la raza, Unamuno bajó los brazos, dejándose noquear por una situación que desbordaba su capacidad de respuesta. Nada tenía ya sentido para él. Ni siquiera su obra: “La experiencia de esta guerra me pone ante dos problemas, el de comprender, repensar, mi propia obra empezando por Paz en la guerra, y luego comprender, repensar España”. Esto escribe en la soledad de la casona de Bordadores con tristeza infinita.

            Recluido en ella, continuó reflexionando sobre la salvaje experiencia que la guerra le había puesto sobre la mesa, escribiendo el borrador de un futuro libro titulado El resentimiento trágico de la vida, comenzado a redactar probablemente en septiembre. Documento de capital importancia para entender su actitud ante la guerra civil, que no vio la luz hasta 1991.

Superado ya todo resquicio de miedo que pudiera quedarle, abandonó su seguridad personal y la de su familia, en manos del destino. Si todo estaba perdido, incluso la libertad, ¿para qué servía una vida que no era vida? Desapareció entonces toda reserva, abriendo sin reparos la provocación a los sublevados en cartas que revisaba la censura, escribiendo el 28 de diciembre su última página del Cancionero, dejando junto a esos premonitorios versos sus postreras reflexiones sobre la guerra civil, como testimonio de inigualable valor al ser, probablemente, el último documento escrito por don Miguel antes de morir.

Recordar el último día de su vida significa viajar ochenta años atrás en el tiempo, hasta encontrarnos con él viéndole separar los témpanos suspendidos en la barandilla del balcón de su vivienda alquilada en el número 4 de la calle Bordadores, aquel triste jueves 31 de diciembre de 1936, mientras contemplaba los negrillos nevados de las Úrsulas, inmóviles sobre la alfombra blanca que cubría la empedrada calle.

A las ocho de la mañana, su hija Felisa le había llevado el desayuno a la cama, permaneciendo el maestro cobijado en ella con sus libros y pensamientos hasta que fue reclamado por su nieto, para entretenerle con lecturas de cuentos junto al hogar de la “cocina económica”, único espacio de la casona donde no se congelaba el aliento en el crudo invierno salmantino.

Llegada la hora de comer, María, Felisa y el pequeño Miguelín se acomodaron junto a Unamuno en torno a la mesa camilla templada por un brasero de cisco, sin pronunciar más palabras que las necesarias, para dar cuenta de la frugal comida que Aurelia llevó a la mesa donde el padre y abuelo moriría poco después.

El silencio apenas roto por las pisadas de la joven Aurora, que iba y venía de la cocina a la pequeña sala iluminada por una ventana que daba al patio interior, era acompañado con gritos patrióticos, canciones falangistas y algún disparo suelto, de quienes pasaban por la calle con aire marcial y estilo provocador, coreando consignas y dando vítores a los líderes de la España nacional sublevada.

Concluido el almuerzo, quedó sólo don Miguel en la camilla sobre el sillón frailero, contemplando la higuera del patio interior a través de los cristales rotos por gotitas resbalantes y releyendo Le Rouge et le Noir, de Stendhal para buscar en él acomodo a sus sentimientos, antes de recuperar los últimos versos, junto a las palabras de Julián Sorel profetizando que su destino sería morir soñando, mientras esperaba la anunciada visita de Bartolomé Aragón.

Así estuvo dos horas, reafirmándose en que si la vida era sueño, esto era lo único que quedaba, señalando la muerte, el sueño y el tiempo su despedida, porque morir soñando equivalía a soñar viviendo y vivir soñando no era más que morir viviendo. El sentido de la vida se reducía así para él en la vida misma y la muerte no era más que la ventana al vacío donde todo sueño se diluía en humo y se difundía en el infinito en manos del eterno invisible.

Mientras pensaba en esto madurando nuevos poemas, María pasó a ver a su amiga Paquita, hija de la vecina Pilar Llorente, que se encontraba aquejada de un fuerte catarro desde hacía varios días, y Felisa arregló a su sobrino para ir con él a visitar belenes por las iglesias más próximas.

A las tres y media de la tarde llegó el profesor Aragón con un ejemplar de “La Provincia”, de Falange Española, para saber la opinión de Unamuno, temiendo éste que el falangista le propusiera colaborar como ideólogo de la facción que representaba, algo que Unamuno nunca aceptaría. Se acomodaron ambos, Unamuno y Aragón, en una pequeña sala junto a la ventana que dejaba ver la higuera del patio interior, más cómoda y con brasero en la camilla, porque la lucerna del despacho no dejaba pasar luz las tardes de invierno, tan cortas de vida y esperanza.

Tras negarse don Miguel a comentar el folleto, la conversación derivó a la situación por la que estaba pasando el país, evidenciándose una discrepancia en los puntos de vista de ambos, que se endureció hasta el punto de excitar los ánimos de Unamuno cuando Aragón aludió a que Dios parecía haber vuelto la espalda a España disponiendo de sus mejores hijos, negando esto don Miguel enérgicamente dando un golpe de sobre la camilla. Esas fueron sus últimas palabras y el manotazo sobre la mesa el último gesto del maestro, tras la discusión con el falangista.

El silencio se hizo espeso en la sala donde ambos se encontraban, al tiempo que la barbilla de Unamuno declinaba lentamente sobre su pecho. Aragón observó la escena confundido sin decir palabra, manteniéndose unos segundos a la espera que don Miguel continuara su discurso, pensando que se trataba de un transitorio mareo por tufo del brasero. Fue entonces cuando percibió un olor a goma quemada en el brasero, y al levantar las faldillas para ver qué ocurría, Unamuno cayó de bruces sobre la camilla dándose un golpe seco, preludio de la más negra noticia.

Al pretender incorporarle, Aragón se  dio cuenta que algo grave le había sucedido. Reclamó la presencia de Aurelia y entre los dos le recostaron en el diván que estaba sobre la pared, antes de avisar a María que llegó acompañada de Pilar Llorente, con tiempo para apoyar la cabeza de don Miguel sobre sus piernas, comprobando que aún estaba caliente, pero sin responder a estímulo alguno.

Aragón fue a la farmacia Urbina de la Plaza a buscar la medicina recomendada por el médico, que pudo ser Villalobos o Adolfo Núñez, compañero de tertulia de don Miguel, que vivía en un chaflán de la calle Doctor Riesco, frente al teatro Liceo, sin tiempo para hacer algo por él, salvo certificar su defunción a las cuatro de la tarde, debido a una hemorragia bulbar.

Todos los hijos se reunieron esa noche en torno a su padre junto a los amigos más próximos, al tiempo que Franco preparaba en la segunda planta del Palacio episcopal el mensaje de fin de año con Giménez Caballero. En Madrid, una emisora republicana difundía la noticia de su muerte por envenenamiento, y otra afirmaba que había sido fusilado.

La paz en el rostro de don Miguel fue captada por el pintor José Herrero, mientras algunos de los que entraban en la habitación donde yacía su cuerpo, se postraban de rodillas. Cuerpo ya deshabitado, pues su alma había huido hacia un destino siempre buscado por él, alojándose finalmente en el misterioso hogar del Padre Eterno, donde ochenta años después permanece. Todo era confusión, dolor y desconcierto porque nadie esperaba aquel desenlace, cumpliéndose el deseo de don Miguel de morir sin agonía ni sufrimiento físico.

Excepcional personaje, que supo conciliar la bondad doméstica con la firmeza paterna; la lealtad política y la noble censura; la benevolencia en la cátedra y la exigencia de trabajo; la formación de espíritus rebeldes y la disciplina escolástica; el rigor académico y la tolerancia de errores.

Patriota con pedigrí, político honrado, profesor ejemplar y rector diligente, que fue maestro y discípulo. Sabio, rebelde, honrado, generoso, inconformista, sincero, incomprendido y leal a sí mismo, a su familia, a su profesión y a sus amigos, cuya memoria todavía hoy se disputan hunos y hotros.

Catedrático de nuestra Universidad; rector vitalicio de la misma; diputado nacional; concejal electo; alcalde honorario perpetuo; presidente del Consejo de Instrucción; Ciudadano de Honor de la República; Doctor Honoris Causa por las Universidades de Oxford y Grenoble; presidente de la Liga de Derechos del Hombre; presidente de la Junta de Defensa de los Derechos Humanos; candidato a Premio Nobel; presidente de los Ateneos madrileño y salmantino; presidente del Casino; presidente de la Federación Obrera; novelista, poeta, dramaturgo, ensayista, filósofo, articulista, crítico literario, prologuista y dibujante, evocamos hoy al cumplirse el ochenta aniversario de su muerte.

Este luchador incomprendido, en pugna con todo, contra todos y contra él mismo, fue víctima mortal de la barbarie y protagonista sin pretenderlo de la tragedia griega que le tocó vivir entre dos cruentas guerras civiles, antes de abandonarnos para irse a descansar al nicho donde reposa su cuerpo harto de tanto bregar, mientras su alma deambula por los corredores de un misterioso hogar, sin encontrar respuesta a los interrogantes que atormentaron su vida.