Viernes, 24 de noviembre de 2017

El show de la crueldad

Con un escándalo de la pueril medida de los escándalos de este tiempo, la noticia, y sobre todo la imagen, de que una pareja de rusos, patinadores sobre hielo, han utilizado en su espectáculo la vestimenta propia de los prisioneros de los campos de exterminio nazis, ha venido a recordarnos la microscópica levedad de los principios éticos en que el mundo viene apoyándose cada día.

La diseñada e indolora historia del horror, la banalidad del mal de los asesinos de entonces contagiada hoy a la banalidad de la memoria del mal, la conversión de lo infame y lo abyecto en objeto festivo, la indiferencia por el sufrimiento ajeno, la incapacidad de empatía con la angustia, la insolidaridad, cuando no el desprecio con el pasado o la babeante ignorancia hedonista de un alboroto mental colectivo que todo lo trivializa, están llevando a que hechos como el de los patinadores rusos sólo conciten protestas en sus más directos aludidos, pero ninguna reacción ni rechazo ni crítica ni protesta entre una masa social  adocenada moralmente hasta tal punto, que ha sido capaz de digerir astracanadas éticas del cine de consumo masivo, comercialmente muy rentables, tales como La vida es bella o El niño con el pijama de rayas.

La incapacidad para reconocer en su justa medida y juzgar moralmente lo que significó el llamado Holocausto y otros hechos de la inhumanidad, más o menos cercanos en el tiempo, tanto o más graves en cuanto a la incomprensible sevicia que encierran como la Shoah, ha dado lugar, probablemente dictada por una sistemática y grosera ineducación en valores, a una trivialización del sufrimiento humano, de su memoria y de su consideración ética, que además de extender socialmente un irreparable desaire moral colectivo, convierte el crecimiento de la sociedad en una suerte de avance ciego hacia el vacío de la indiferencia.

Fotografías del sonriente turista, no más ayer, ante el Arbeit macht frei de la entrada del campo de exterminio, o señalando jocoso, con el pulgar hacia arriba, las líneas de alambrada o la vía de entrada a Auschwitz-Birkenau mientras sujeta un helado con la otra mano...  sin que nadie le escupa en la cara; posados familiares con niños sentados sobre la Silla de Judas o la de Garrote, la pasada semana, junto a las piezas de tortura y ejecución del museo móvil que va instalándose cual tiovivo de feria en feria en cada pueblo, descuentos a escolares, grupos y familias numerosas... y alegres colas para entrar; selfies, hace tres días, de parejas sonrientes ante el paredón de fusilamientos del cementerio de Srebrenica, adoptando posturas cabareteras o enseñando alegremente la lengua... y nadie lanza un grito; gifs jocosos colgados en la Red de las zancadillas a los refugiados... con records de visitas; palizas y asesinatos de indigentes por parte de luego impunes niños bien... a los que nadie censura, ni aisla, ni desprecia y ni siquiera condena; clubes de fans de asesinos; violadores en grupo que se hacen las víctimas en suplemento dominical; pederastas en confesionarios taponados con billetes de banco... La lista de ejemplos de la inhumanidad y la absoluta carencia de la facultad de sentir hacia el otro se alzan en este tiempo como, tal vez, los rasgos más definitorio de una sociedad de altiva ignorancia y desdeñosa crueldad, impávida ante la iniquidad y analfabeta frente a la vileza. Tenemos prohibiciones, y a ellas tememos por la sanción que conlleva su transgresión, pero no tenemos prescripciones morales que nos dignifiquen ni como individuos ni como colectividades, aunque la sanción sea el autodesprecio; tenemos valores baratos –individualismo egoísta, gregarismo, tendenciosidad, envidia...-, pero no imperativos humanos que pronuncien de nosotros la nobleza o siquiera el camino de la nobleza; fingimos tener sentimientos –lástimas de quita y pon, lamentos en voz alta, ensoberbecida tolerancia, ayuditas de domingo, donaciones de lo inservible-, pero no somos capaces, y nunca lo seremos, de tener sentido de deuda con los depositarios del sufrimiento.