Sábado, 22 de julio de 2017

Insultadores

Hay noticias que, devoradas por la supuesta enormidad de otras o arrinconadas por esa inmediatez irreflexiva a la que se creen obligados ciertos medios, pasan como de puntillas mereciendo apenas un apunte o, como mucho, la jocosa referencia a un contenido que, como tantos, pasa enseguida a engrosar el baúl de los olvidos. Tal ha sucedido al saberse que la nueva ministra de Cultura israelí ha comenzado su gestión insultando públicamente a los artistas creadores que se negaban a someter su trabajo a las directrices políticas de la ministra.

Si la noticia contuviese únicamente otra salida de tono de un responsable público, o una nueva explicitación de la ya clásica incapacidad de los altos cargos, especialmente los ministros, para gestionar los asuntos que deberían dirigir, quizá la verborrea y la salida de tono de la ministra israelí Miri Regev no pasase de ser  la consabida boutade consecuencia del ínfimo nivel de competencia que la rifa de cargos con que los partidos se obsequian tras las victorias electorales conlleva, y de las que en esta piel de toro mucho sabemos. Pero en un tema como la gestión cultural de un país, es decir, el crecimiento intelectual de la población, el cuidado de la educación pública, la lucha por la elevación de la capacidad crítica de los ciudadanos o la labor de ayuda al discernimiento, análisis y apreciación de los productos culturales, es especialmente grave que su responsable tenga tal nivel de incompetencia que se atreva a despreciar, precisamente, a los generadores de herramientas culturales para conseguir tales objetivos.

En este nuestro país, en el que ni ministerio de Cultura tenemos por la inquina y el rechazo que todo lo cultural provoca en los reaccionarios que nos gobiernan (también la supina ignorancia que los desasiste en estas cuestiones), el problema de la incompetencia del ministro, ya que no existe, y salvando las (pocas) excepciones que sean precisas, se traslada a muchos de los responsables de esos órganos, organismos, entidades públicas, fundaciones, concejalías, consejerías, círculos, áreas, secretarías o como quiera llamarse a esa papilla de negocios de negociado negociable que dicen gestionar la cultura pública o, para ser más exactos, los presupuestos destinados a la cultura pública. Desde los responsables de las inevitables pirámides burocráticas organizativas en que toda la cultura oficial se mueve (es un decir), hasta los más bajos escalones de la incomprensible serie de secciones, negociados, jefaturas, niveles o secretarías que componen la inextricable maraña de mesas, mamparas, puertas, despachos y salones ,labora sin descanso un cúmulo de infiltrados que parece destinado a paralizar, negar u obstaculizar cualquier propuesta o proyecto que se salga de sus estrechas entendederas o que no se ajuste al capricho de su ignorancia o su mala leche.

Por eso, o quizá ni hiciese falta, la noticia de los insultos de la ministra israelí han hecho que una vez más muchos creadores españoles, al margen de las inquinas políticas que tantos sufren y de los portazos que su forma de pensar les acarrea, revivan el insulto interminable, la abstrusa negativa, el sistemático desprecio, la ensoberbecida ignorancia o la incapaz negligencia con que, en demasiadas ocasiones y en demasiados lugares son recibidos, tratados o despedidos.