Miércoles, 24 de enero de 2018

Amarillismos

El ínfimo nivel a que la información, la crítica y el análisis políticos de los medios de comunicación ‘tradicionales’ (prensa, radio y televisión), han descendido en este país en los últimos años, sólo es comparable a la bovina aceptación social de una realidad ‘informativa’ (por llamarla de algún modo), que, exceptuando esperanzadoras excepciones ‘digitales’, a quienes no cumplirán ya los cincuenta y conservan dos dedos de frente y viva la memoria, no dejará ya nunca de parecerles mezquina, barata y fútil en comparación con lo que existía en el pasado reciente, y a cualquiera con sensibilidad informada, atención despierta e inteligencia normal, la tumba de lo que un día pudimos llamar periodismo.

No sólo la absoluta mezcolanza, confusión y trasvase de formas, técnicas y herramientas producida entre la antaño llamada prensa del corazón y la no más anteayer de información general definen este maloliente mercadeo periodístico de baratura tal, sino el descenso en la calidad profesional de sus hacedores en todos los niveles, el abaratamiento brutal de los contenidos y la total inmersión en lo trivial y populachero, la vulgarización de los sesgos informativos y la desaparición de cualquier objetivo de neutralidad e imparcialidad, y la absoluta carencia de probidad profesional periodística –en diferentes niveles y por causas que tienen mucho que ver con el dirigismo y la imposición de los pagadores-, han sumido la que algunos siguen con candor o ignorancia llamando información en el pozo de la desvergüenza, sino que la descarada utilización partidista, el uso como instrumento para únicamente el beneficio económico y, sobre todo, la mafiosa, perversa, innoble, amarillista y ruin forma de utilizar los medios para atacar al adversario –convertido ya siempre en enemigo-, y montar descaradas campañas de desprestigios personales u operaciones de derribo de famas y reputaciones, han dejado el panorama informativo en un desierto de nadería (salvo excepciones digitales), han hecho pasar por normales aberraciones como Bild o The Sun y, en la nunca resignada cabeza de los antiguos lectores de periódicos e interesados por la auténtica información, han convertido la dolorosa crónica en que Heinrich Böll lamentaba el honor perdido de Katharina Blum, en un juego de niños.

La preponderancia artificial, el espacio exagerado, los medios inadecuados y los gigantescos altavoces dados por cabeceras otrora fiables (radio, prensa o televisión) a, por poner un ejemplo actual, un asunto más bien doméstico relacionado con el senador madrileño Ramón Espinar, revelan la utilización rastrera de los medios (magramente subvencionados por el presupuesto público) para el ataque, so capa de información sobre la honestidad... ja...  al adversario político; las técnicas (burdas) de distracción informativa y confusión de objetivos, cortina de humo, tapadera e intento de bifurcación de los intereses de la opinión pública en cuanto a lo que se ha ‘informado’, juzgado, criticado, opinado, maldicho o insultado sobre, otro ejemplo de anteayer, una intervención parlamentaria del diputado Gabriel Rufián, se corresponden con las más clásicas técnicas mafiosas que a lo largo de la historia han tratado de manipular la realidad mediante la falaz calificación de su contenido y la abtrusa manipulación de su presentación; los trinos, retrinos, gorgojos, chorreos, lametones o hartazgos, cortinillas, correveidiles o cotilleos con que ha sido mostrada una operación comercial de venta de merchandising diseñada mediante la absurda, radícula y vergonzante posibilidad de un encuentro amoroso de mediocres cantantes pasados de moda, ha dado cuenta de la levedad del sentido crítico tanto de los emisores-vendedores-manipuladores, de las legiones de ‘periodistas’-maruja, del nivel de los programas llamados de ocio y de cómo ¡ay!, a partir de una audiencia mayoritariamente paralizada mentalmente por trabajos de hipnosis colectiva perfectamente diseñadas para la imbecilidad, puede construirse la estupidez de un país; de cómo el consumo y la venta de inutilidades se convierte en el principal procedimiento de pulsión social y, sobre todo, como se puede conquistar el poder, sembrar la sospecha, engañar, establecer falsas escalas de valores, influir en el pensamiento débil, manosear las instituciones, apropiarse de la democracia y abrir un futuro social de boca abierta, de mirones, de consumidores y, sobre todo, una realidad de rebaños.