Miércoles, 25 de abril de 2018

El cuento de la princesa

Como tantas cosas superfluas e inútiles que en este país se dan por descontadas de la realidad, como celebraciones, ritos y costumbres muchas veces sangrantes en su contenido e intención,  e incluso ofensivas para gran parte de la sociedad, pero insuficientes al parecer para provocar o siquiera concitar la atención de una crítica (?) política y social de tan baja estofa como sus portavoces, y no digamos sus corifeos, ha tenido lugar un año más la ampulosa y rebosante puesta en escena de la entrega de los premios llamados “Princesa de Asturias”, instituidos, concedidos y mantenidos a mayor gloria de la institución monárquica española, y espléndidamente retribuidos por el mismo presupuesto público que niega el pan y la sal a necesidades perentorias de gran parte de la población.

Al igual que muchos otros eventos públicos de manifiesta inutilidad práctica e incluso de contenido sentimental para unos cuantos –desfiles, homenajes, paradas, tributos o efemérides castrenses, pero también rémoras imperiales, servidumbres clasistas o mantenimientos absurdos-,  pero que con la anuencia de unos medios de comunicación atravesando (o instalados ya en) sus más ínfimos niveles de credibilidad e independencia, la institución monárquica impuesta por el régimen dictatorial franquista labora cada año por asociar su nombre (y en este caso también el de sus herederos sanguíneos y sus escalafones privados), a figuras relevantes de diferentes ámbitos del conocimiento y el saber, otorgándoles unos reconocimientos que sus méritos no precisan ni piden, y utilizándolos en un escaparate informativo de propaganda monárquica de la más anacrónica forma –paseos, alfombras, aplaudidores, flashes...- mediante un ceremonial de varias jornadas costeado por el presupuesto público en toda su extensión, tan bochornoso para cualquier sensibilidad libertaria como triunfalista para demasiadas mentalidades de súbdito, cuyos sentido último y significado preciso no requieren esfuerzo encontrar.

Si la existencia sin cuestionamiento aparente –ni real- de la monarquía es ya en nuestro país una aberración y un anacronismo que convierte el ejercicio libre de la ciudadanía en una suerte de derecho mutilado por la subsidiariedad y la obligatoria aceptación, la utilización de medios públicos y espacios de todos para la realización de estos actos propagandísticos de colorín, posado y burda manipulación de lealtades artificiales –además de los muy magros ya destinados al mantenimiento de la institución-, se muestra menos como una pavorosa renuncia de la sociedad española a cuestionar la forma de ejercer su propia libertad que una bochornosa, aceptada, pueril, modorra, inútil y vergonzante colonización informativa sobre las valoraciones de la realidad. Que no es poco.