Jueves, 23 de noviembre de 2017

Apuntes sobre una antología de Jaime García Maffla

Juan Mares escribe sobre la obra del notable poeta colombiano que viene siendo difundido por A. P. Alencart, desde Salamanca

El poeta y filósofo Jaime García Maffla
Me ha llegado por medio de los vericuetos de la posmodernidad la reciente antología personal de un poeta queridísimo por quienes somos tejedores de versos en el manto sacrílego de las páginas. No soy su conocido, aunque ya lo he leído desde que fue galardonado, o exaltado por la Universidad de Antioquia en 1997. Y me pareció merecido ese homenaje convertido en hito porque testimonia, no el descubrimiento de un poeta, sino la afirmación de un juglar que respira y canta como el pájaro de San juan de la Cruz, poniendo el pico al aire.

 

Antología especial “Herida del juglar” (Hebel Ediciones, Santiago de Chile, 2016) y en mi adentro, tras un camino antiguo de simbolismos y por efecto fonológico, pienso, en la herida del jaguar americano, el poeta tiene en el campo estelar de su pecho todas las mariposas encendidas del jaguar. Sin embargo en su canto viene, toda una estela de tradiciones  que se enraízan en la lengua materna, y aparece el verso sin florituras describiendo una cotidianidad: ‘Otoño’:A la mesa sentados a la tarde / Quietos abuelos dóciles como el trigo / Al oro de la sombra contemplan  /  Sueños, trozos de objetos  /  En el patio desierto la aurora  /  De la estirpe  /  Breve tiempo  /Caer cobre los muros con alas apagadas.”  Historia y tiempo resumidos en la imagen de la estirpe, el ancestro, y en esencia es la evocación como un espejo de sí  mismo, ya se es presencia iterada en carne, huesos y agonías.

 

El poeta es aroma antiguo y renovado en el pebetero de las esencias y lo esencial, murmurando las palabras que dicen de su empeño para sanar la herida, agua que bota del cuerpo astral y ya es la rosa sacudida por el aletazo del pájaro que canta refundido entre el follaje de las páginas.

 

El poeta se afina de preguntas como filosofando las palabras que nombran cada aventura del soñador de soledades. Del masticador de soledades de las que se nutre con nostalgias.

 

La sola presencia de la sombra de sus versos señalan el grito de Job en cada línea, como un centellazo de mirada que se disgrega entre el mundo de las cosas ya nombradas y de las vidas ya respiradas: solo le queda el cataclismo de las dudas y añudado en un pañuelo una pequeña porción de la esperanza. Es un adalid contra la desesperanza. Lo dice él, en alguna presentación, recordando a Rilke. Lo recuerdo por él citado: “Vivir es imposible, y la tarea del hombre consiste en sobreponerse”. Buen vino  libado. Es un apóstol que testimonia sus transparencias y misterios más abscónditos.

 

 

 

Hay poetas que manejan tres velocidades en el discurrir de sus elucubraciones entre corazón y cerebro: la primera es la del vehículo en retro con la cabrilla hacia adelante dejando el atrás y sin embargo allí el retrovisor y  nombrar el asunto. Es la del ensueño de que hablara Gastón Bachelard, la velocidad de la añoranza, el filón del recuerdo rescatado de todos los tsunamis morales y éticos tras una reflexión filosófica que se hace poema. Esta velocidad la controla Jaime García Maffla: Y sin embargo, es un eco de hechos que han resonado en su  casco de submarino dentro del gris-azul de su conciencia.

 

La segunda velocidad es la de la bicicleta estática, donde contemplamos como se nos escurre el presente como agua entre los cuencos de las manos al ser empuñada; puñalada de espumas que se lleva el rio de Heráclito. El eterno rio de nuestros días en el instante fugaz donde “… nosotros los de entonces,  ya no somos los mismos.” Según reflexionar de Porfirio Barba Jacob: es la huida siguiendo en el aquí. En un aquí referido a las cicatrices del alma del poeta que sangra y sana como un Sísifo de los desencantamientos y a su vez la osadía de sherezada esperanzada, que en este caso es el hada del poema como súmmum de lo eterno en cada hora que transcurre mientras las cosas y los acontecimientos se suceden. O como un Ulises desafiando a las sirenas. Maffla es un poeta contra el fluir de las horas que se deslizan tras cada  señal de agotamiento ante la duda.

 

Su referencia en un poema de Vive si puedes nos remite a un fragmento del poema La   espera donde los versos se tejen con las palabras que dicen el movimiento desde dentro del ser: “Aguarda, que la espera / Estación única es / Y la de la conciencia,  / Su hacerla suya puedes.”  Porque “En la inmovilidad / Ya silencioso viaje.”  Y “…la ausencia es estar presente.” Dice en Pasarela. Para él es un ejercicio saberse así mismo en su onda de viajes sin misterio, siendo el misterio mismo: “Estar así / Aquí en mitad del aire / Y solo por el aire sostenido,  // Estar aquí, / Así en mitad del sueño, / Y solo por el sueño alimentado.  //  Estar en mí, / Aquí en mitad del duelo, / Y sólo por el duelo conocido.” Uno interpreta que el aire indica viaje, el sueño indica viaje y el duelo, haber  ya conocido;  ya viajado. Y allí empotrado sigue como el jinete de Clavileño, aunque las cosas y los asuntos difieran siguen siendo lo mismo en ese sucederse del misterio de la vida. “Vive si puedes”, es un Lied, el lay y es la cantiga, de lo aprendido y confesado, no para enseñar sino para mostrar lo que ha vivido. No lo que ha aprendido pero si lo que ha aprehendido. Como el pájaro soledad, estático en su rama, levanta el pico y canta. Es el ADN del ancestro lingüístico de cuando en Europa el latín explotó en romances, y así un eco del Cid campeando por los mares del sur al pie de la cordillera andina. Este nuestro poeta, lleva un escudo de palabras frente a las desesperanzas. Sus dedos digitan el silencio de donde salen todos los hechizos para embrujarnos con su ritmo: “Cada uno miraba en torno a sí / O al patio  / Y algo adentro escapaba de las manos.”

 

La tercera velocidad es la del cohete viajando en el vacío. Allí, inmanente en ese sucederse de las horas y sin el aguamanil para lavarse el rostro de los días: “De aire son las horas / como es de aire / El aire del ensueño, / Y mi alma les habla / Del misterioso azul / Del duelo de las cosas.” O para el caso: “La alegría de este cielo / Que miramos en silencio.”.

 

No todo lo dicho aquí se puede ver en sus palabras, más todo lo elucubrado aquí lo inferí de sus palabras. Él le habla al poeta desde su nave de ensueños: “Lo que debes hacer es bellos versos, / Dijo en silencio el ángel al poeta; / De tus canciones la fuente secreta / Sean, el suave decir que hace los tersos / Pliegues de las palabras, los dispersos / Ecos de voces santas, la discreta / Historia de tu alma y la violeta / Mirada por tu alma. Bellos versos / Que hablen de antiguos cielos y de horas / Amadas y de seres que te amaron / Y de vuelos de alas misteriosas / Que a solas pasan cuando a solas lloras / Por lo que con la infancia te quitaron. / Lo que debes cantar es bellas cosas.” A veces, hay que hacer caso.

 

García Maffla tiene todo un acervo de fuentes que han nutrido su lira, su laúd, su arpa, su tiple o su charango; en sus palabras que rescato de un texto de huellas de su paso del ojo por las páginas, dice esto: “…la Obra de Gustavo Adolfo Bécquer, la Antología de Gerardo Diego con las voces del 27 y, al cabo, Cesar Vallejo y luego, al paso de años, Mario Rivero y Francisco Cervantes. Por muchos años me acompañó en mi quehacer Giovanni Quessep, algo que sucedió en la vida misma, porque en la Universidad encontré a Ramón de Zubiría, a Fernando Charry Lara, a Daniel Arango o a un exégeta de lo Poético: Danilo Cruz Vélez. Luego Juan Manuel Roca. La viruela, el sarampión, o la lepra literaria para quienes este asunto poco importa, a Maffla, le brotan transformadas en abejas meleras, que igual llevan su ponzoña.

 

 

Composición de A. C. Blum - Metaforología Composición de A. C. Blum - Metaforología

 

Composición de A. C. Blum - Metaforología

En cualquier caso, estamos ante un verdadero lírida que en materia de versos nos dice: “Pero oye también / Esto que no te dice: / Que no le oigas y te oigas, / Que tu voz es su voz y es la del cielo.”.

 

Este poema, titulado “Poetas”, y dedicado a otro poeta: a Alfredo Pérez Alencart, ya justifica leerlo de nuevo:

 

Los poetas son como los pájaros:

Ninguna

Cualidad aparte de volar y cantar,

Ninguna posesión que no sea el aire.

Inofensivos y depredadores

Lloran con el llanto del mundo

Y el dolor del dolor es su dolor.

Saben lo que la vida es y no pueden vivir.

(Los hombres de negocios, en cambio,

Son como los aviones:

Vuelan más alto

Y verdaderamente llegan a algún sitio).

Efímeros y bellos,

Van tras de su alimento

Por eras de los sueños o jardines del duelo,

Y las palabras son sus plumas.

Sienten la eternidad en el instante,

Pues nada

Sino el instante eterno tiene,

Como su vuelo que son sus canciones.

Nada pueden hacer

Como no sea decorar las calles,

Nada sino ser nadie,

Si no es el nido de sus versos nada saben hacer.

 

 

 

 

Juan Mares en el Teatro Liceo de Salamanca 

Juan Mares (Guatapé, Antioquia, 1951. Seudónimo de Juan Carmelo Martínez Restrepo). Licenciado en Español y Literatura por la Universidad de Antioquia. Desde 1968 vive en Apartadó, donde fue profesor y director de la Casa de la Cultura. Actualmente es profesor de cátedra en la Universidad de Antioquía (Sede Urabá). Entre sus libros publicados están: Poteas y pirontes (1987); Voy a ver pantalla chica (1989); El árbol de la centuria (la ed. 1996, 2a ed. 2004, 3a ed. 2011) y Ritmos del equilibrista (2011). Es coautor de Entre la savia y la sangre, recopilación poética de Apartadó (1996), Kalugrafías del instante (2009), Hojas de caladio (2013) y Policromías literarias (2013). Ha participado en diversos encuentros literarios, como la Feria Internacional del Libro (Bogotá), el III Festival de Poesía Salvador Díaz Mirón (México, 2013) o el XVII Encuentro de Poetas Iberoamericanos (Salamanca, 2014). Este mes de octubre, en Salamanca y Valladolid, presentará la 4ª edición de su poemario El árbol de la centuria.