Miércoles, 24 de enero de 2018

Botellódromos

Mientras en Granada, con el consabido lamento y lloriqueo de la más gandula chavalería y el alivio de la poca inteligencia restante,  buscando elevar el ya muy perjudicado prestigio de la ciudad, se cierra por fin el llamado “botellódromo”, un espacio que mantenido por la municipalidad facilitaba las borracheras colectivas de los jóvenes que allí acudían en manada, rebaño, recua o caterva, Salamanca se apresta, un año más,  a convertir durante sus Ferias y Fiestas las calles de la ciudad, día y noche, en un enorme botellódromo al permitir y facilitar la instalación de bares provisionales con forma de caseta en calles y plazas, mostrando de nuevo la lamentable, paleta y sucia imagen que indefectiblemente esa romería conlleva, además de infundir en mucho no sólo el impulso de huida sino la bochornosa sensación de ordinariez y sentimiento de vergüenza ajena que, por cierto, vienen a contradecirse frontalmente con los supuestos y muy académicos méritos con que la ciudad dice identificarse.

Es sabido que Salamanca sigue siendo conocida a lo ancho de la geografía patria como el culmen de la permisividad en el consumo de alcohol y otras drogas, cualquier día y a cualquier hora, con añadidos tan tentadores para los borrachos como la existencia de urinarios públicos (cualquier esquina o jardín), vertederos abiertos al alcance de todos y a toda  hora (cualquier calle de la ciudad),  además de contar con la facilitación, organización y cuidado oficial de festejos alcohólicos y de consumo de drogas, peleas y vandalismo, como por ejemplo el enorme botellón que tiene lugar por diciembre en las más nobles calles, conocido como la Nochevieja Universitaria, todo sin olvidar la blandura policial y la molicie municipal en cuanto al impedimento y castigo de los estragos que todos los fines de semana y cada dos por tres siembran las calles de suciedad, vomitonas, cuerpos de jóvenes con ridículos atuendos, completamente ebrios y tirados en las aceras a plena luz del día y rodeados de aguas de todos los tamaños que adornan paredes y esquinas, y cada vez que la nada limpia y menos culta chavalería, con gran complacencia de cierta hostelería local, decide faltar a clase un par de días o cuatro para “celebrar” de semejante forma el día de un patrón de facultad, festejar la coincidencia de un evento histórico, alegrarse por un aniversario u onomástica cuyo sentido la mayoría ignora, proclamar un principio de algo, anunciar un final de cualquier cosa y hasta conmemorar una anterior edición de eso mismo que festejan. No es extraño, así, que la ciudad se haya convertido en norte y destino principalísimo de multitud de grupos y grupúsculos que de todas partes y latitudes arriban a la dorada villa con los más peregrinos motivos y las más grotescas excusas para un único fin, la borrachera y el exceso, entre los que las cada vez más ridículas “despedidas de soltera/o” ocupan lugar destacado.

Los avisos, las advertencias y la constatación empírica y hasta científica de los gravísimos problemas que en la salubridad pública y la salud individual de las personas, especialmente los jóvenes, causa la existencia creciente de estos eventos de consumo indiscriminado de drogas, no parece suficiente, ni en esta ciudad ni en ninguna otra española, para que las autoridades competentes municipales, autonómicas o nacionales, ejerzan la responsabilidad por la que ostentan sus cargos, cobran sus salarios y justifican su trabajo, y se decidan a poner coto a tanta necedad dañina, tanta zafiedad pública, tanta inconsciencia educativa, tal falta de respeto a la convivencia, tanta chabacanería colectiva y tan  profundo ridículo de la calidad en la educación familiar o el nivel de competencia escolar como acarrea permitir, apoyar, facilitar, colaborar o propiciar una de las formas de ocio más estúpidas y dañinas que se han conocido en generaciones.