Miércoles, 24 de enero de 2018

Cumplir años, cumplir Juegos

Hoy he cumplido años. No sé si fue ayer. Da igual. Sirva este pensamiento en voz alta para introducirnos en una columna que quiere hablar, sin hablar, del paso del tiempo con motivo de la celebración de los Juegos de la XXXI Olimpiada, que tendrán lugar en Rio de Janeiro. Porque hay numerosas maneras de percibir su tránsito que van desde variadas circunstancias cotidianas que, actuando como clepsidras romanas, nos hacen conscientes de su eterno fluir, hasta hechos más bien excepcionales que jalonan etapas vitales muy concretas. Uno (generalmente) se bautiza de bebé, comulga de infante, se enamora de la vida siendo adolescente, se casa –enamorado, incluso– siendo adulto, envejece con los hijos y después mira atrás, decepcionado o resignado. No sé si cabe otra posibilidad.

 

Para los amantes del deporte, una certera medida del tiempo la dan los Juegos Olímpicos, su puntual llegada, que en la Grecia Antigua había de coincidir con la primera luna llena tras el solsticio. Ahora, paradójicamente, los márgenes se han relajado en atención a las diferentes demandas climáticas de los lugares donde se traslada el fuego sagrado que Prometeo hurtara a los dioses, pero ello no le resta valor a los Juegos como incómodo despertador en su labor de remoción de conciencias.

 

En mi caso, estos serán los séptimos de los que guardo recuerdo, por nebulosa que se me aparezca aquella llameante flecha camino del pebetero en el cielo de Barcelona. O por lejano que suene aquel “amics per sempre” que, en boca de Josep Carreras y Sarah Brightman, aún me conduce a la frontera de las lágrimas. Atlanta, en cambio, me deja estampas más diáfanas, aunque fuera a costa de trasnochar sin el permiso de mis padres. Sin duda, de todas ellas, la que más me impresiona es la de Michael Johnson corriendo los 200 metros lisos y parando el crono en 19.32.

 

Sidney volvió a ponérmelo difícil, allí casi en las antípodas, con nueve horas de diferencia y ya en pleno septiembre, con la vuelta al cole acechando. Pero no me olvido de Cathy Freeman encendiendo el fuego a sus pies. Ni de la propia Cathy Freeman ganando la prueba de 400 metros enfundada en un claustrofóbico buzo. Ni de Ian Thorpe, feliz en lo alto del podio, ignorante de que en esos juegos había debutado quien habría de empequeñecer su leyenda.

 

Atenas 2004 debe recordarnos el histórico doblete de El Guerrouj, ganando el 1500 metros a Bernard Lagat y el 5.000 a Kenenisa Bekele. También la victoria de Argentina en la competición de baloncesto, tras más de tres décadas de dominio estadounidense (boicots y Seul aparte). Y por supuesto, a aquel aficionado irlandés que alejó al brasileño Vanderlei Lima de la victoria que parecía tener asegurada en el Maratón al detenerlo en su carrera, al despertarlo de su sueño.

 

A partir de ahí dos nombres ensombrecerán al resto, eclipsando, quizá injustamente, gestas que también merecerían una mención. Pero es que Michael Phelps y Usain Bolt representan un subgénero dentro del humano, una evolución que, de generalizarse, nos acercaría de nuevo al reino animal, a las reglas de supervivencia en entornos salvajes donde no sirve de nada la autocomplacencia. Ellos dos volverán a ser protagonistas en Rio, donde tratarán de extender su leyenda poniendo en cuestión las teorías clásicas, médicas y periodísticas, sobre la longevidad y la caducidad del éxito. Porque los ídolos, al igual que nosotros, también cumplen años. También cumplen Juegos.