Domingo, 17 de diciembre de 2017

Dar un buen consejo al que lo necesita

Esta obra de misericordia nos exhorta no tanto a comunicar ideas o datos como a facilitar orientaciones a los que parecen andar desorientados por la vida. Nunca ha sido fácil dar y recibir buenos consejos.  En esta época el consejo de los mayores nos parece menos necesario que en otros tiempos.  Con todo, también hoy es necesario el consejo, sobre los valores éticos que se han de observar.  
 En las páginas bíblicas, el consejo es en primer lugar un don de Dios y, después, una responsabilidad humana. Se   dice  que Dios ofrece consejos a Moisés (Ex 18,19). Sus consejos equivalen a sus mandamientos, como se insinúa en los salmos: “Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente; tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré” (Sal 16,7-8).
En el plano humano, el consejo se entiende como sinónimo del razonamiento.  En el libro de los Proverbios no sólo se invita a los jóvenes a escuchar la instrucción del padre (Prov 4, 1-27) y se recomienda esta actitud tan cercana a la sabiduría: “Escucha el consejo, acoge la corrección, para llegar, por fin, a ser sabio” (Prov 19,20). 
Más que imponer unos mandatos a sus seguidores, Jesús prefiere ofrecerles consejos, como se ve en el diálogo con el joven rico, al que Jesús propone el ideal   del seguimiento (Mt 19,19-22).
En el marco de la última cena, Jesús promete a sus discípulos el envío del Paráclito.  El Espíritu Santo será el verdadero consejero para los discípulos del Maestro (cf. Jn 14,26).
Podemos recordar los consejos que Pablo da tanto a su querido Timoteo (1 Tim 3, 22-23; 4, 11-16; 2 Tim 4,15) como también  a Tito (Tit 3, 9-11) y a Filemón (Flm 17).
Hoy sabemos que nadie se hace a sí mismo. Todos necesitamos la ayuda y los consejos de los demás. Y, al mismo tiempo, todos podemos contribuir con nuestras sugerencias a la formación de los demás. La verdad es sinfónica y es interpretada por muchos instrumentos. 
Para ofrecer un consejo a quien nos manifiesta sus dudas, hemos de  ponernos en su lugar. No podemos presentarnos como superiores o como maestros infalibles. Todos vamos haciendo camino. Nuestra oración y nuestra cercanía no siempre le ofrecerán una certeza. Pero podrán ayudarle a seguir la luz de la esperanza.
Esta obra de misericordia no sólo nos invita a dar buen consejo a los que dudan. Nos recuerda que todos necesitamos ser aconsejados. Nuestra libertad no genera el bien ni la verdad. Todos necesitamos luz para descubrir la voluntad de Dios.  
Los buenos consejos no son los que más halagan a las personas, sino los que las orientan en el camino que lleva a la verdadera felicidad. La fe nos dice que los consejos que  nos ayudan a percibir y realizar los ideales de la verdad, la bondad y la belleza están necesariamente marcados por el signo de la cruz.
                      José-Román Flecha Andrés

 

EL BIEN Y LOS BIENES
 
“Vanidad de vanidades, todo es vanidad” Esas palabras que abren el libro bíblico del Eclesiastés han entrado en nuestro lenguaje. El mismo Qohélet, al que se atribuyen, nos pregunta a continuación: “¿Qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol?” Ese es el mensaje que hoy se proclama (Ecl 1,2; 2, 21-23).
 Como sabemos, todo el libro es una reiterada reflexión sobre la vaciedad de todos los bienes en los que los seres humanos ponemos nuestra confianza. Nuestros anhelos de felicidad nos llenan de ansiedad cuando no logramos verlos cumplidos. Pero esos mismos deseos nos dejan profundamente insatisfechos cuando se cumplen.
Con razón la carta a los Colosenses nos invita elevar la mirada: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios, aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3, 1-2). No despreciamos los bienes de la tierra. Pero los comparamos con el Bien que no engaña.
 
RICO, PERO NECIO
 
En el texto evangélico que se leía el domingo pasado (Lc 11,1-13) Jesús nos exhortaba a orar, poniendo nuestra confianza en Dios. En el texto que  hoy se proclama Jesús nos invita a no poner nuestra confianza en los bienes (Lc 12,13-21).  En la parábola que contiene se contraponen los pensamientos del hombre y la sentencia de Dios.
• El hombre es un rico que ha recogido una gran cosecha. Ese fruto del presente le lleva a planear su futuro. Ampliará sus graneros. Por tanto tiene garantizada toda una vida llena de satisfacciones. El rico parece muy “inteligente”. Cree que el tener le asegura el ser.
• Sin embargo, la voz de Dios lo califica como un “necio”. Está equivocado. No puede contar con el futuro, puesto que tampoco el presente le pertenece. Ese mismo día en que sueña su felicidad le van a exigir la vida. Si no tiene asegurado el ser, de poco le va a servir el tener.   
Es evidente que estamos hechos para mirar a horizontes más amplios y lejanos. Los bienes inmediatos no pueden equipararse con el Bien absoluto.
 
EL VALOR DE LA VIDA
 
Antes de la parábola, el evangelio pone en boca de Jesús una exhortación y el fundamento en que se apoya: 
• “Mirad, guardaos de toda clase de codicia”. Ese es el riesgo del ser humano. Esa es la tentación. Ese es el engaño. La avaricia y la codicia no son señales de la realización de la vida. Al contrario, revelan la pobreza interior y la inseguridad de la persona.
• “Aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”. En realidad, el ansia de poseer bienes manifiesta el error en el que se ha instalado el hombre. Todos los bienes de la tierra no puede asegurar la vida ni determinar su auténtico valor.
El texto concluye con una breve observación que recuerda la necedad del rico: “Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios”.
- Padre de los cielos, perdona la avidez con la que anhelamos poseer los bienes de este mundo. Abre nuestros ojos, para que aprendamos a verlos tan solo como medios para atender a tus hijos, que son nuestros hermanos. Y ayúdanos a confiar en tu providencia.  Amén.
                                                              José-Román Flecha Andrés