Martes, 12 de diciembre de 2017

Lo que has acumulado, ¿de quién será?

En la película Titanic, cuando el barco estaba punto de hundirse, un vigilante arrojó un montón de billetes de Banco a la cara de un pasajero, que se los había entregado para que se le permitiese saltar en una barca de salvamento. Se los arrojó a la cara porque, visto lo que se les venía encima, aquellos billetes eran completamente inútiles…  ¿Qué nos servirá cuando nuestra vida se acabe?

            En Lc 12, 13-21 se nos habla de que un  hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: ¿Qué haré? No tengo dónde almacenar la cosecha y vivir cómodamente. Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?” Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.

            Todos necesitamos trabajar para vivir, pero vivir para trabajar, ya es algo que no está bien. Vivir es mucho más que tener, almacenar, acumular y Jesús

nos previene contra el avaricioso acumular pensando sólo en sí mismo, porque la vida es más que las cosas .Es obrar insensatamente el vivir para acaparar, para atesorar, para enriquecerse aunque sea a costa de los demás.

            Lo verdaderamente importante en esta vida, afirman algunos es el tener dinero, muchas riquezas. No cabe duda que el dinero nos permite comprar y poseer toda clase de cosas que necesitamos para vivir dignamente, nos da, además,  poder y prestigio. Ya dice un personaje de Shakespeare que “el dinero hace blanco lo negro, hermoso lo feo, justo lo injusto, noble lo ruin, joven lo viejo, valiente lo cobarde”.

            El ser humano no puede vivir sin poseer. Y lo malo es que en vez de buscar a Dios, valores humanos, procuramos almacenar otras cosas que no nos dan vida, que nos ciegan y nos chupan la vida.  ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios”, afirmaba Jesús. E. Fromm decía que: “no teniendo nada, es muy difícil ser; teniendo mucho, es casi imposible”. La cultura del tener no se pregunta: ¿quién eres tú?, sino ¿cuánto tienes tú?

            Tener es otra adicción de los seres humanos, muy sutil y atrayente, pero destructora para las personas. Vivimos en la cultura del tener, del poseer, del acaparar. Quien no tiene dinero, cultura, tierras... no vale. Para vivir necesitamos tener; la meta de muchos es simplemente tener y gozar de lo que se tiene. Cuando la persona se preocupa sólo de eso, el ser no tiene cabida; la cultura del tener no pregunta quién eres, sino cuánto tienes.

            Este hombre avaro vive en una soledad terrible, no tiene mujer, ni hijos , ni amigos. Vive y duerme con su dinero;  todo su ser huele y rezuma dinero, con él habla, a él lo adora. Su meta es acumular más y más cada día

            La pasión del tener termina convirtiendo al “propietario” en prisionero de lo que tiene, esclavo de lo que posee. El que ama las riquezas jamás se ve saciado. No cabe duda de que el dinero seduce, pues con él se consigue todo o casi todo: fama, honra, vida suave, respeto. “Poderoso caballero Don Dinero.” Por el dinero muchos se han hecho cautivos de la avaricia y prisioneros de sus caprichos.

            El necio se conforma con moco y no disfruta de todo lo demás. La posesión es sobre todo limitación de libertad. «¿No habéis observado alguna vez que ser rico se traduce siempre en un empobrecimiento en otro plano? Basta decir: poseo este reloj, es mío, y cerrar la mano, apresándolo, para tener un reloj y haber perdido una mano» (A. Bloom). Nuestro espíritu y nuestro corazón tienden a empequeñecerse, a reducirse a las dimensiones de los objetos sobre los que se cierran, a las dimensiones de los bienes sobre los que se repliegan.

            Para poseer verdaderamente una cosa, es necesario establecer con ella una relación de participación, de maravilla, de contemplación. La tierra pertenece a los «mansos», o sea, a aquellos que nada reivindican. Solamente el que tiene las manos vacías, libres, puede ser dueño de las cosas.