Martes, 12 de diciembre de 2017

Puntos de fuga > Dignidad de lo pequeño

[…] iba a buscar los Tesoros. Así llamaba yo a las dos cajas de hojalata ingenuamente pintadas y llenas de abolladuras, que antaño habían contenido galletas, pero que entonces escondían alimentos muy diferentes: lo que mi abuela sacaba de ellas eran objetos llamados preciosos y su historia, una de esas joyas trasmitidas que son la memoria de la gente humilde.

Complicadas genealogías colgaban con los abalorios de las cadenillas de cobre; había relojes detenidos en la hora de un antepasado; entre anécdotas que se desgranaba siguiendo las cuentas de un rosario […].

Pierre Michon

Siempre me ha gustado mirar a mi alrededor; es cierto que ahora el paisaje, la naturaleza, mantiene una relación y presencia más aguda con mi persona, pero el paisanaje humano sigue siendo mi debilidad: no tengo ojos para otra.

Cuando me acerco a la ciudad, suelo hacerlo de la mano de eso que llamamos tiempo (ventajas adquiridas que tiene uno al que le han puesto al borde de las cosas). Resulta que con ello he recuperado (en cierta medida) esa mirada infantil que se dispara hacia todos los lados, y mi ojos no dejan de encontrase con imágenes y sus (con)secuencias, vedadas para muchos a causa de las prisas.

En esos momentos, dibujo travelings con la cámara subjetiva que porta mis hombros y, a veces, también encadeno y monto mis propias secuencias, a partir de los fotogramas que acabo de presenciar, de acuerdo al albur de mis deseos o necesidades. Mi cine-ojo,  emulador del de Vertov, se va convirtiendo en un guion de incalculables posibilidades.

Lo que sí compruebo cuando me dejo llevar por estas sugestivas mutaciones, cuando entro en este sugerente juego que me proporciona el magín, es que en lo velado, lo difícilmente perceptible por la impericia que provoca su falta de práctica, es donde se encuentra la probidad de lo pequeño.

Bueno, no sé si me hago entender con la suficiente claridad, aquí solo, frente a la página en blanco. Afortunadamente siempre suelo encontrarme con alguna que otra baliza cultural que me indica la ruta de lo que les quiero contar.

La belleza acontece donde las cosas están vueltas unas a otras y entablan relaciones. La belleza ‘narra’. Al igual que la verdad, es un acontecimiento narrativo, escribe para el caso el filósofo Byung-Chul Han. Lo que me hace sonreír y me lleva a pensar en las consecuencias de, por ejemplo, dos de mis fotogramas mentales que al montarlos, uno al lado del otro, me ofrecen una nueva imagen cargada de significación.

Han, profesor de la Universidad de las Artes de Berlín, apoya su afirmación citando a Marcel Proust en El tiempo recobrado:

la verdad solo empezará en el momento en que el escritor tome dos objetos diferentes, establezca su relación […] y los encierre en los anillos necesarios de un bello estilo; incluso, como la vida, cuando, adscribiendo una calidad común a dos sensaciones, aísle su esencia común reuniendo una y otra, para sustraerlas a las contingencias del tiempo, en una metáfora.

Historias mínimas es una película en estado de gracia. Dirigida por Carlos Sorín y filmada en la Patagonia argentina: espacios abiertos y desérticos donde la vida se achata a causa de la presencia horizontes lejanos e inmensos, donde el encuentro entre las personas, sus deseos, y sus pequeñas miserias parecen significar una carencia de entidad y presencia.

Pero el film pone ante nosotros el resultado de ese sorprendente ensamblaje del que venimos hablando, y que el realizador lleva a cabo con unos mimbres aparentemente anodinos: un abuelo en busca de un perro que le abandonó, una joven madre que también recorre kilómetros para recoger un premio concedido por una TV local, y un dicharachero comercial que lleva consigo una mutante y dulce torta para agasajar al hijo, o la hija (no lo sabe), de la dueña de una mercería, quizá con el deseo de entablar una relación.

Estas historias de presencia exigua, casi inapreciable, de repente, al rozarse entre ellas y con el espectador que las está viendo, producen esa mirada del tercer ojo, y nos permite constatar que existe la vida porque la gente pasa con/por ella.

Pero hay otros caminos que también admiten nuestro paso lector, como el que nos encontramos el libro de Pierre Michon, Vidas minúsculas. El autor, nacido en Cars, en la Creuse francesa, construye una road movie mental que transita por los vericuetos de la memoria recreada: ocho historias sobre los ancestros, la familia y las pasiones…; vamos, la vida y alrededores.

Materiales que le proporcionan al novelista, sin aparentemente quererlo, una potente reflexión sobre el sentido de la escritura, escondida entre las historias que nos ofrece a los lectores. Y que se explica en la hermosa frase que cierra su libro: Que en mis veranos ficticios, su invierno vacile. Que en el cónclave alado que tiene lugar en Cards sobre las ruinas de lo hubiera podido ser, ellos sean.

El juego de Michon es el de otros muchos tejedores de historias, sostener el mundo, la vida, manteniendo vivo su hilo que procura el contar, el ser contados. Pero con la sutil diferencia que solo algunos pocos orfebres de la palabra poseen, al ofrecernos nuevos significados a las palabras escogidas en razón de cómo las instala en el texto.

Las palabras de Michon se demoran, a veces vuelven sobre sí mismas, y siempre parecen extenderse buscando nuevos significantes para hacerse entender ante el lector. Introducirse en ellas exige entrega por parte del lector, pero el resultado merece la pena.

El tercer y último Punto de fuga de esta semana se encuentra en Molène. Hablamos de una pequeña isla bretona por la que también se mueve la vida en sus formas más cotidiana. Didier Squiban, compositor y pianista, decidió hace un tiempo hablar de ella descubriendo sus músicas escondidas, tanto en su agreste y duro pasado, como en un presente que hay que saber encontrar en su mirada musical; el autor no hecha unas notas, quizá mejor decir una red que nos atrapa en sus evocaciones musicales sobre la vida de esta lengua de tierra.

Disfrútenla si su curiosidad les llama a hacerlo, al igual que las otras propuestas. Y que la luz de este agosto en ciernes no les ciegue y mucho menos nos llegue a quemar, aunque los pirómanos del tiempo que vivimos se empeñen en lo contrario.

Imágenes: Fotograma de la película Historias mínimas; retrato de Pierre Michon a cargo de Daniel  Mordzinski y fotografía aérea de la isla de Molène

Rafael Muñoz