Lunes, 18 de diciembre de 2017

Bromas aparte

Dar es más fácil que recibir. Da el que tiene, recibe el que no tiene. Asumir la pobreza, la debilidad, la necesidad siempre es más jodido que desprenderse de algo que uno posee. A esto hay que sumar que cuando uno da, comparte o entrega se le ensancha por dentro la vida como si fuera buena persona y hubiera hecho algo maravilloso, poco menos que salvarle el culo a los que has echado una mano. Vamos, que en realidad el que da está recibiendo mucho más de lo que entrega. Justo lo contrario que el sujeto pasivo, el receptor, la víctima de la generosidad ajena que tiene que humillarse hasta el punto de recibir ayuda porque él solo, por sí mismo, es incapaz de sostenerse. De modo que a la pobreza, la debilidad y la necesidad se une un sentimiento de dolor que menoscaba seriamente la dignidad de esa persona. En las bromas, sucede lo mismo. Una cosa es hacerlas, y otra recibirlas. Si no las aguantas, no las promuevas.

Andaba yo en el baserri de los aitas de mis suegros, en una aldeíta vizcaína. Allí se juntan para las euskoprimadas todos los tíos de mi mujer. Se montan unas fiestas de agárrate y no te menees. Unos treinta o cuarenta se reúnen un par de veces al año al comercio y el bebercio.

También tienen txarka, una piscina. Y entre bromas y veras, aprovechando que hacía sol, miré a mi cuñado y nos confabulamos para tirar vestida a su hermana al agua. Así nos echábamos unas risas. Dicho y hecho. Nos levantamos como rayos y mientras él la cogía por las piernas yo lo hacía por los brazos. Cuando estábamos en la orilla a punto de lanzarla resulta que sus tíos nos tenían cogidos a nosotros. Al final mi cuñada se salvó y fui yo el que caí al agua. El cazador, cazado. Y empapado. Las risas fueron mayúsculas, a lo grande, como lo es todo en Bilbao y alrededores.

Al salir del agua me preguntaron si llevaba el móvil y la cartera. Hubo suerte. Sólo llevaba la llave del coche. La probé y funcionaba. Entonces todo fueron risas y más risas. Les dije que me estaba bien empleado, que el agua me había venido muy bien para refrescar cuerpo y mente y que me había quedado claro que jugando fuera de casa tenía todas las de perder, aunque con la broma todos habíamos ganado.

Desde entonces, cada año, cuando vamos al baserri, los tíos de mi mujer me preguntan siempre lo mismo: “Oye, txikito, ¿a quién vais a tirar vestido este año?” Y la respuesta, desde entonces, es automática: “He traído el bañador, si no me tiráis vosotros tendré que tirarme solo”. Y acabamos siempre en el agua salpicando a los que no se bañan.