Martes, 12 de diciembre de 2017

Ladran, luego cabalgamos

La multitud y diversidad de atentados terroristas, particularmente los islámicos, están empezando a inquietarnos sobremanera, seguramente con razón. Ocurren estos atentados en cualquier parte del mundo, y no es fácil prevenirlos ni contrarrestarlos. Todos los días vemos alguno de estos acontecimientos en la prensa y en los diferentes medios de comunicación.

El eco que estos hechos tienen es muy diverso según se trate de los ocurridos lejos de nosotros o de los que se aproximan más a nosotros, como en los recientemente ocurridos en Francia, Bélgica o Alemania. Y la categoría ha llegado ya al culmen, por ahora, con el degüello en el altar de la iglesia de un pequeño pueblo, del padre Jacques Hamel, de 84 años, que suplía en la atención parroquial al propio párroco, que se hallaba con sus jóvenes en Polonia para la Jornada Mundial de la Juventud.

Es evidente que está habiendo atentados por parte de los yihadistas en muy diversos lugares del mundo. Los grupos extremistas islámicos en activo acumulan más de 50.000 asesinatos en todo el mundo desde 1992. Ocho de los principales frentes yihadistas en activo acumulan 52.293 muertes y 8.841 ataques por todo el mundo, según datos de Global Terrorism Database.
Los atentados en Europa son recientes, propios de los últimos tiempos, aunque el atentado del tren de Atocha en España tuvo lugar ya hace más de una década, y fue el primero registrado dentro de Europa, y sirvió para despertarnos de nuestro letargo.
Los atentados solían dirigirse, o sobre policías o sobre responsables políticos, después también con gentes de a pie, incluidos mujeres y niños, en general sobre laicos y no sobre religiosos. Junto a los atentados va también la práctica de lamentables secuestros, especialmente y con carácter llamativo en África. Aún está pendiente de resolver el secuestro de las 200 niñas llevado a cabo por los activistas de Boko Haram.

Es verdad que ya se habían comenzado a asesinar a algunos religiosos cristianos: merece la pena destacar las cuatro religiosas misioneras de la caridad en el Hogar de la Madre Teresa de Calcuta en la ciudad de Adén, Yemen. O algún sacerdote copto en Egipto. Un sacerdote católico, dos obispos ortodoxos y el sacerdote que actuaba de conductor, fueron secuestrados en Siria, éstos últimos en concreto en Alepo.

Pero ciertamente el martirio del sacerdote asesinado en Normandía, Francia, supone un paso adelante de corte cualitativo en cuanto a los atentados contra hombres religiosos católicos llevados a cabo en Europa. El hecho lleva a pensar que, una vez pasada esta raya, pueden volver a registrarse atentados semejantes.

El Papa Francisco anima a los cristianos a ser valientes y estar dispuestos a defender la propia fe hasta la muerte si es preciso. Él mismo ha indicado que la condición martirial es propia de la Iglesia en todos los tiempos. A veces nos parece que los mártires eran propios de otras épocas, o a lo sumo que les afecta a misioneros o religiosos de otros continentes. Pero ya vemos que esta condición puede desarrollarse entre nosotros en cualquier momento.

Estas realidades de la muerte por defender la propia fe no deben extrañarnos, e incluso hemos de considerarlas como beneficiosas para la Iglesia y para la difusión del evangelio. En la época de los primeros martirios, ya se solía decir que “la muerte de los mártires es semilla de nuevos cristianos”. En España vivimos una época de gran florecimiento de las vocaciones sacerdotales y religiosas a raíz de tantos mártires que recibieron esa gloria en el ámbito de nuestra guerra civil en los años treinta.

Ante el avance de los acontecimientos en la línea significativa de afectar a religiosos de la Iglesia Católica y otras, con razón podríamos afirmar el dicho popular “ladran luego cabalgamos”. Al menos con el sentido del otro dicho tan sabio de que “no hay mal que por bien no venga”.