Lunes, 11 de diciembre de 2017

El sol de Finlandia

Siento que hay países en los que el sol desarrolla una función vital diferente, una llamada especial de la naturaleza. Me impresiona la forma en la que la gente intenta atrapar sus rayos sobre su piel. Tomar ávidamente el sol, vivir bajo el sol se hace un imperativo existencial. Recuerdo al parisino parque de Montsouris al lado de la Cité Universitaire porque me encuentro en uno similar en Helsinki, de extensión inferior, pero que también está en cuesta, donde el reclamo solar es similar. En una tarde de domingo de finales de julio la gente diseminada charla o lee, alguno dormita, pero sobre todo atrapan al sol mientras yo busco la sombra de un frondoso castaño siguiendo el atavismo del sur que precisamente me alerta del astro rey.

 

En la travesía de casi tres horas desde Helsinki a Tallin los pasajeros se disputan las hamacas de cubierta que se asolean mecidas por la brisa del Báltico. Un barco que lleva más de trescientos automóviles donde el consumo es desbocado, pero sobre todo de ingesta de alcohol a granel a un ritmo vertiginoso, y es también otra oportunidad que deja espacio para libar el dorado efluvio que se desparrama por la popa. La noche tardará en llegar y los rayos intentarán saciar al más ávido hasta el final del trayecto cuando la oscuridad completa se niegue a estar presente.

 

En Koli, el sol se refleja en el rosario de lagos que dominan el norte de la Karelia. Si el agua en Finlandia está permanentemente presente allí abruma y llega a derrotar al sol la mayor parte del año, pero cuando la liza se inclina del lado de éste la belleza absoluta es la ganadora. El sol no sabe de fronteras y en Nilrala la luz cadenciosa se proyecta también del lado ruso donde curioseo inquieto. Paseo de madrugada por una playa de arena gruesa de la península de Hanko en el sur, la claridad no me deja dormir y el sol es un reclamo para una actividad insensata a esas horas en que mi melatonina no sabe de razones. No estoy solo, se diría que hay una pulsión especial por la vida al aire libre transmitida de generación en generación y que veo en esos carritos con bebes, que son una rareza en España, como muestra de una vitalidad permanente que en verano se hace más expansiva.