Martes, 12 de diciembre de 2017

Terreno minado

En la contienda bélica una de las formas clásicas de bloquear a una población consiste en el minado de su periferia. Una fórmula de combate perversa que atemoriza hasta el paroxismo total por su capacidad de generar miedo basado en la incertidumbre letal al nivel máximo. El éxito de tal estrategia perversa suele estar asegurado durante el tiempo que dura el conflicto y se extiende después por la laboriosa tarea que significa desactivas las minas. En la segunda guerra mundial doscientas mil minas se colocaron en el golfo de Finlandia para inhabilitar el tránsito marítimo por el mismo y lograr la incapacitación del país como actor en liza. Tras firmarse el armisticio, la vuelta a la normalidad requirió del trabajo de casi dos mil hombres durante cinco años perdiendo la vida una treintena y quedando tullidos otros tantos.

 

La vida pública en lapsos de paz tiene algo de la beligerancia de la guerra. Así, el bloqueo es un escenario habitual que resulta de acciones muchas veces involuntarias que concluyen con terrenos minados donde la desactivación no resulta fácil. Tal parece ser el actual escenario político español. Los distintos actores en conjunción con unas reglas de juego que hoy sabemos ineficientes confluyen para definir el panorama ante una ciudadanía atónita a la par que asoleada por el rigor estival. A la torpeza de los dirigentes políticos, faltos del más mínimo sentido del liderazgo, se suma la incapacidad de la sociedad española para poner en marcha foros de discusión provechosos que concluyan en compromisos claros para ayudar a desbrozar las líneas de actuación inmediatas.

 

Pero es sobre todo preocupante la insolvencia manifiesta del presidente de gobierno en funciones desde hace siete meses, a quien le alienta un tancredismo como nunca antes cabía imaginarse de su quehacer, a pesar de las numerosas muestras brindadas tanto durante su etapa como ministro, como presidente, o en su función opositora. Su estulticia, que no hace sino contravenir aquel irritante mantra del “sentido común”, le llevó en enero a declinar cuando le correspondía dirigir el proceso de formación de gobierno, como dirigente del partido más votado, y ahora nos conduce a un desastre sin paliativos. Su mutismo, su discapacidad para la negociación, su falta de imaginación, su escasa inteligencia, son minas en un terreno desafortunadamente ya muy baqueteado como es el español que no solo bloquean cualquier salida sino que hacen terriblemente proceloso el futuro.