Miércoles, 13 de diciembre de 2017

¡Por fin!

Sí, todo el año esperándolas, sobre todo en los momentos más duros, de estrés y de fatiga profunda: ¿cuándo llegarán? Pues ya están aquí, ¡por fin!, las vacaciones. Este martes las he iniciado regresando a mi Portugal del alma, la tierra de la saudade, de la melancolía y de la tranquilidad. Cuando llego a Carcabelos, y aunque llevo encima mi móvil y ordenador portátil por si debo atender una urgencia, parece como si se fueran de mi mente todos los trabajos y las preocupaciones inherentes a los casos que asumo, es casi mágico: entro en esta pequeña ciudad, respiro los aromas de su océano, miro su cielo azul intenso y mi vida cambia, se ralentiza, se serena, soy otra.

Pero tengo claro que vacaciones y trabajo están íntimamente relacionadas. Las disfruto intensamente porque vengo hecha polvo, estragada por un trabajo que me apasiona pero que al tiempo me agota por su intensidad. Si viniera descansada, no me cabe duda de que me vendría bien el cambio de aires y de ritmo vital, pero cuando el esfuerzo te tiene rendida, el enorme placer de descansar no tiene precio. Es algo parecido a lo que sucede con el agua, cuando mejor sabe es cuando estás sediento. Pues yo estaba sedienta de estas vacaciones.

Los días previos se convierten siempre en una espera anhelante, me digo a mí misma: ¡ya están aquí!, no queda nada, qué bien me lo voy a pasar. Esta espera es uno de los elementos placenteros de las vacaciones, el placer diferido que llena durante una semana tu vida: trabajas con más gusto, hasta con mayor rapidez, ves como los corredores de una maratón que la meta está ahí, que no queda nada, y te esfuerzas como nunca, el trabajo lo haces más y mejor, ni te das cuenta de que existe porque el telón de fondo diario son esas vacaciones  anheladas en muchos momentos del año.

Y lo vives con alegría por lo que se lo comunicas a todos tus amigos: ¡que ya me voy, tengo unas ganas que no veas!, y me sale de adentro, aunque mis vacaciones sean cortas y modestas, nada del otro jueves: una semanita de nada pero que para mí es un mundo. Cada día lo aprovecho a tope, desde la mañanita temprana en que desayuno en un pequeño bar de la plaza de Carcabelos un zumo helado de naranja  y un café portugués intenso; para seguir en la playa donde me aguarda mi amigo Marquiños  el “Cinco Estrellas” que me espera con los brazos abiertos cada mañana y me ofrece un batido que me sabe a gloria; después horas tomando el sol en una tumbona con los intervalos de rigor metiéndome en las frías aguas oceánicas que me saben a gloria; al mediodía la comida en este bar a pie de playa por la que me ha paseado ensimismada sintiendo la arena mojada, y vuelta al sol, hasta el regreso cuando empieza a anochecer; paseíto por el lugar, privilegiado porque no es suficientemente conocido y no lo inundan los turistas, y cuando llega la noche una buena cena con productos de la tierra. Salgo feliz y vuelvo al hotel despaciosamente, gustándome del clima que disfruto, del silencio que me circunda y de la tranquilidad interior, y duermo como una reina hasta el día siguiente de un tirón. ¿Hay quien dé más?

Hace años que he optado por unas vacaciones sin grandes emociones. Sí, ya sé, hay gente que hace todo lo contrario: las vacaciones son un chorro de adrenalina que entra en sus vidas, rompiendo con su rutina habitual, se buscan sensaciones intensas, emociones, pero es que yo vivo eso cada día del año con mis clientes y sus problemas: la emoción está a la vuelta de la esquina, un delito, un conflicto familiar, un despido, un desahucio, temas todos ellos conflictivos y llenos de emotividad. Por eso, las emociones que busco aquí en Portugal son la paz, la serenidad, la contemplación, el sosiego profundo, y no lo cambio por nada en el mundo.

Así que, ya estoy aquí, llegaron ya, mis vacaciones del alma, mis días soñados a lo largo de todo el año. Sinónimo de felicidad.

Marta FERREIRA