Martes, 12 de diciembre de 2017

Aún quedan días de verano

En estos días de realidades pinzadas, de bochornos, de salvajadas absolutamente reprobables (terrorismo, golpes de estado), de tantas incertidumbres…, es bueno también que nuestras gentes, a través de sus vacaciones, vuelvan a sus territorios de la raíz, a los ámbitos de su origen, a descansar, a restablecerse de toda la dura dinámica laboral del año, de esa lucha por la vida de que hablara Pío Baroja.

            Aún quedan días de verano. Aún podemos hacernos esa ilusión de eternidad que el verano trae consigo y de la que ya habláramos. Luego el tiempo se llevará tales días, tales ilusiones (como en la canción de Amaral, como en la lógica de la vida), pero es bueno aprovecharlos, disfrutar de ellos, de una manera moderada, sin aspavientos, pues el mayor disfrute del existir está siempre en lo pequeño, en lo que está a nuestro alcance, en aquello que se encuentra a la medida de nuestra mano, de que hablara el poeta brasileño João Cabral de Melo Neto.

            Y ese disfrute de estos días de verano, al alcance de muchos, hemos de aprovecharlos, en una suerte de ‘carpe diem’ discreto, en estar con nuestras gentes allegadas, familiares y amigos, personas a las que queremos y que nos importan, en retomar el contacto con nuestra tierra, con nuestro origen, con el mundo de nuestra raíz… Porque todo ello será lo que nos proporcione la mayor energía para el curso que se aproxima, para el tiempo que se nos viene encima.

            Y, en ese disfrute de estos días de verano, han de estar también las lecturas, esos libros que tenemos pendientes de leer, esos libros que nos esperan y que habrán de llevarnos, a través de sus líneas, de sus sílabas y nombres, a territorios de la memoria y de la experiencia del ser humano.

            Este último tiempo, estoy enfrascado en lo que podríamos llamar la literatura de la memoria (les recomiendo, además de ‘Memorias del estanque’, de Antonio Colinas, que ya he reseñado en esta columna, ‘Corredor de fondo’, el libro de memorias de José Corredor Matheos, uno de los poetas del grupo del medio siglo, que también contiene datos de gran interés sobre la vida y la cultura españolas de la segunda mitad del siglo XX e inicios del XXI).

Tenía pendiente de leer también la obra memorialística del escritor judío polaco-norteamericano, premio Nobel de literatura en 1978, Isaac Bashevis Singer, escritor en yiddish, su lengua nativa, miembro de una familia de rabinos y que terminaría exiliándose en Estados Unidos en 1935. De la mano de la recomendación de un amigo escritor (Luis Miguel Marigómez), le ha llegado su momento.

Termino estos días de leer los diecinueve fascinantes relatos que constituyen la memoria de la niñez de Singer y que publicó con el título de ‘Un día de placer’. El autor, de un modo sobrio y eficaz, nos deleita con la memoria de su niñez judía en Varsovia. No solo se asoman a sus páginas, de altísima calidad literaria y también de un incuestionable valor antropológico, el modo de ser y de estar en el mundo de la comunidad judía de los Hasid, sino que también es una profundización en el alma del ser humano en general, en sus pasiones, anhelos,  así como en sus modos de sobrevivir y de transitar por el tiempo y por la historia.

Nos espera ‘Amor y exilio’, la larga memoria vital de Singer. Porque aún quedan días de verano, pese a que el tiempo termine llevándoselos y convirtiéndolos en ceniza. Porque, en ellos, hemos de afianzar lo mejor de nosotros mismos.