Sábado, 16 de diciembre de 2017

El hombre y el tiempo

A mis papás, Esperanza y Juan Ángel

Probablemente, la historia del hombre se edifique si no por circunstancias similares, sí al menos por categorías constantes del tipo «infancia», «aprendizaje», «madurez», «conocimiento», «incertidumbre», «miedo», «vejez», etc.; desde el principio del tiempo hasta nuestro siglo xxi, bajo esta óptica, no se diferenciaría en nada todo lo que ha ocurrido: cada hombre, en relación con su momento histórico y su propia persona, ha echado mano de sus capacidades para emplear de una forma u otra su vida. La realidad visible, desde luego, ha cambiado, pero quizá no sea este el caso del interior del ser, ni de sus motivaciones para emprender acciones.

Una palabra que se reviste de especial importancia es la del «maestro.» Ella contiene una dimensión vertical del espacio, pone de relieve una jerarquía. En el pensamiento occidental, el maestro está arriba y el aprendiz abajo. La condición humana es la de aprender a vivir. Un niño no nace con la capacidad para valerse por sí mismo; un adolescente no tiene competencia para encontrar por sus medios la plenitud: porque si él la tuviera, o si el niño viniera al mundo curtido por los años que no ha vivido, o si la condición humana no padeciera la pena de la ignorancia, ni esta ni el adolescente ni el niño serían lo que son, ni habría necesidad de los maestros.

No sé si alguien esté de acuerdo en que un término relacionado con la palabra que hemos abordado es el de «conversión.» Podríamos ilustrarlo con el sentido de un momento en la historia personal cuando se reorienta la forma de pensar y de actuar, dirigiéndola hacia un fin diferente. El término tiene un matiz benéfico y se localiza en un espacio dentro del hombre, que encuentra su reflejo en el exterior, mediante signos como un cambio de dieta o de organización del tiempo. Pueden no apreciarse cambios inmediatos en relación con lo esperado, lo que contrasta con lo súbita que pueda ser la decisión de convertirse. Hay obras literarias que ubican este punto «En medio del camino de la vida.»

—¿Quién ama la soledad? ―me pregunta la persona que me acompaña al escritorio ahora mismo―. ¿Acaso no acudes también tú a los libros para encontrar ahí una voz que te hable y que te haga ver cosas con el entretenimiento de una historia? Yo además leo sus páginas para descubrir lo que me gustaría a mí contarle al mundo. Quisiera ser una E. Poniatowska, un J. Verne, un U. Eco. Quisiera ser poeta.

Copio sus palabras tal y como me las dice.

—¿Pero no tienes poemas? ―le pregunto.

―Sí tengo poemas, escritos a la sombra de O. Paz y de E. Huerta ―responde―. Tengo otros dos poemas, además, que un día me hablaron durante un sueño. Me llamaron por mi nombre y tocaron mis párpados. Susurraron a mis oídos el misterio del paso del tiempo y del hacer el bien a los enemigos.

Después de una pausa, le digo que si yo conozco esos dos poemas.

—Sí los has escuchado ―contesta―, en el Palacio de Minería. Hablaban de que no hay nada nuevo bajo el sol. Lo que mañana será ya ha sido, y lo que fue ayer se repetirá de nuevo. El niño nacerá, el anciano recordará su infancia y el hombre conocerá la incertidumbre y el miedo. Uno aprenderá a vivir en sociedad y al cuidado de un maestro se hará de un oficio cuando crezca. Aquí es allí y allí es aquí en el tiempo. Nos encontraremos en una selva oscura porque habremos perdido la buena senda y se nos llenará de espanto el corazón, hasta que recuperemos el camino recto.

—Creo que estás repitiendo lo que escribí al inicio ―le digo―.

—No, amigo, tú comenzaste tu columna con las ideas de mis poemas que escuchaste en el Palacio de Minería un día antes de tu boda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fotografía del autor de la columna.

Contacto: torres_rechy@hotmail.com