Jueves, 14 de diciembre de 2017

Los relatos fanáticos.

Una línea muy tenue separa, divide, aleja. Un punto tan sólo, entre lo uno y lo otro, inicia el desvío irremediable. Entre ese uno y ese otro punto caben infinitos medios, cuartos, décimas, centésimas, milésimas, millonésimas fracciones de esa mota. Una distancia infinita existe dentro de lo minúsculo y otra distancia infinita existe dentro de lo inmenso. Ni un millón de vidas humanas alcanzarían para vislumbrar la luz de la estrella más grandiosa y lejana. Ni otro millón para arribar al más ínfimo e inalcanzable límite. Así, lo grande y lo pequeño se fusionan en la más absoluta nada. La nada es lo que no se ve y lo que se ve no deja de ser, a la postre, más que una porción de la nada. Es decir, nada. Nuestro lenguaje no da para más y lo que está afuera del mismo no existe. Así de simple. Quizás, en otras desconocidas lenguas, no humanas, la “nada”, la niebla, se disipe y ella devenga en un “todo”. Un “todo” alcanzado ya por la palabra. En todo caso, nosotros los humanos hemos podido, como diría “Le petit prince”, domesticar (apprivoiser) una minúscula porción de esa infinitud haciendo de ella algo inteligible. De suerte que, nuestro cerebro, le pone tiempos, distancias, colores, pesantez y sonidos a las ondas. En suma, colonizamos una pequeña parcela del erial que nos rodea. El ser humano es un fabricante de relatos. Con ellos uno se explica y a otros enseña. Los relatos son como mapas que guían por la vida al peregrino. Existen muchas clases de relatos. Los más antiguos son los religiosos y los más modernos los científicos. No todos ellos, sin embargo, son beneficiosos para el caminante. Lo pueden extraviar. La confusión sobreviene cuando alguno excluye a los otros posibles y se constituye en “El Relato”. Así, en singular y con mayúscula. En tales casos, a los descreídos los religiosos les castigan con la hoguera y a los parias los científicos los encierran en un ghetto o campo de concentración. Las personas abducidas por tales doctrinas se las conoce como “fanáticas” y son un peligro para la humanidad en su conjunto. El fanático suele ser ignorante, miedoso y lleno de rencor. Tanto da. Son un cáncer. Los llamados yihadistas son fanáticos terroristas por mucho que invoquen, en su relato, algún mandato divino. Los que promueven la guerra, la violencia social y el lucro irrestricto, asimismo, son unos fanáticos terroristas por mucho que invoquen, en su relato, razones de Estado o las estúpidas leyes del mercado. Como decía, ambos coinciden al final en lo mismo: sus relatos son de muerte.