Martes, 12 de diciembre de 2017

Bicicletas y peatones

Empiezo confesando que milito en lo dos bandos; en ocasiones soy un ciclista más que circulo por calzadas y aceras, y, de diario un peatón que comparto las aceras, en numerosas ocasiones, con ciclistas. Desde ambas perspectivas, vaya un no rotundo a las aceras compartidas por peatones y ciclistas. Sí, ya sé que eso es corriente en muchas ciudades europeas -he circulado en bicicleta en algunos países-, pero hay que tener presente dónde estamos, con quién tratamos, y dejarnos en paz de idioteces. En este país los ciclistas debemos ir por los carriles marcados para bicicletas, aunque sea una simple raya pintada en el suelo de una acera, y/o, en su defecto, por calzadas y carreteras. Jamás debe ir una bicicleta por la acera sino está señalizado para ello. Lo ratifican los dos últimos muertos atropellados por ciclistas, siempre indocumentados, en Barcelona.

En las aceras españolas madres, padres y abuelos pueden no llevar de la mano a los niños, que se mueven impredeciblemente porque son sitios seguros, pero si se comparten las tranquilidades de las aceras con los vehículos, la seguridad desaparece y los niños –y mayores- corren serio peligro de atropello. Soy consciente que la mayoría de los ciclistas cuando circulamos por la aceras vamos despacio y con mil ojos, pero una minoría va a toda velocidad, e, incluso, algunos van tocando el timbre o dando voces para que se aparten los peatones. ¿Cómo van a dejar madres y padres sueltos a los niños en las aceras con esa morralla incívica? Corren riesgo grave de sufrir un accidente a manos de un energúmeno que ¿conduce? una máquina sin identificación que, como ha ocurrido en varios casos que han salido en la prensa, ni siquiera se han responsabilizado y se han dado a la fuga.

Que no me venga nadie con el cuento de la educación de la ciudadanía; que no hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor alumno que el que no quiere aprender. Todo el mundo sabe que hay que ir despacio por las aceras peatonales y no lo hacen. Los incívicos sólo lo entenderían si la fuerza pública confiscase las bicicletas a todos los que pillaran circulando a una velocidad inapropiada por una acera. Lo demás, historias para no dormir.