Domingo, 17 de diciembre de 2017

Aparcamientos

Hace algunos años la ciudad italiana de Florencia era un caos automovilístico, un atasco descomunal de gritos, turismos, turistas, taxis, furgonetas de reparto, autocares, autobuses y otros cacharros, que un día sí y otro también colapsaban la metrópoli.

Una década después la patria de de Cosme, de Lorenzo, de Alessandro, de Julio y de Giovanni de Médici había multiplicado por cuatro el número de visitantes, y el tráfico discurría fluido por las principales arterias. Cuando le preguntaron al concejal de turno cómo lo habían conseguido, la respuesta del edil fue simple.

  -Hemos quitado los coches de la superficie de las calles –soltó la obviedad.

Claro que antes habían habilitado aparcamientos disuasorios gratuitos al aire libre en las principales entradas, bien comunicados por medio de transportes públicos baratos con el centro histórico y monumental de la ciudad; otorgado concesiones para la construcción de aparcamientos subterráneos por todo el casco urbano para residentes, compradores y usuarios de instituciones bancarias, gubernamentales, municipales, etc. Entonces prohibieron aparcar en la superficie y peatonalizaron gran número de calles.

Lo que resulta incomprensible es impedir aparcar en los centros de las ciudades, peatonalizar sus calles y no construir aparcamientos subterráneos suficientes. El resultado será un centro histórico para paseo de pensionistas, alterne de estudiantes y asombro de turistas; un decorado de cartón piedra donde los comercios tradicionales cierran, los mercados de abastos agonizan y los locales se quedan vacíos porque las familias con más poder adquisitivo se van retirando a los centros comerciales del área metropolitana, donde encuentran lo que necesitan y pueden aparcar fácilmente sin tener que acarrear la compra durante centenares de metros. 

Es sabido que las ciudades son entes vivos que avanzan o retroceden, pero no permanecen invariables como una fotografía, porque hasta ellas amarillean con los años. Es penoso ver como, fuera de las cuatro calles principales, los escaparates de los locales cerrados van envolviendo Salamanca con los machacones y tristes carteles del “Se alquila” o “Se vende”.