Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Al atravesar la cárcel

Por razones profesionales he tenido que acudir al centro penitenciario de Topas. No era la primera vez que lo hacía, pero en un mes me he visto obligada a visitarlo dos veces, y mis sensaciones han sido intensas. Acabo de utilizar la expresión legal vigente, pero en nuestro inconsciente, al menos en el mío, siguen vivas dos palabras: cárceles y prisiones. El lenguaje políticamente correcto las ha eliminado, pero todos seguimos utilizándolas, pues en el fondo dicen mucho más que la utilizada legalmente. ¿Significa algo centro penitenciario? Es una palabra blanda, fofa, neutra y ambigua, que pretende expresar un desiderátum: de alguna manera sería el lugar donde se cumplen las dos funciones que el Derecho otorga a las penas: satisfacción  o reparación del delito cometido, pagar por él diríamos en un lenguaje menos técnico o morigerado, y rehabilitación del delincuente o recuperación para la sociedad. Pero todos sabemos que esto último es mentira: ¿quién sale rehabilitado de una cárcel?, poca gente, más bien se sale peor.

Hubo un tiempo en nuestro país que se extendió la leyenda urbana de que las cárceles eran un lugar estupendo, donde comías gratis y bien y tenías hasta ventajas de las que carecías cuando eres libre. Vamos, como si te regalaran unas vacaciones pagadas. A mí me ha sucedido más de una vez, en conversaciones con taxistas, que me lanzaban provocadoramente esta opinión: cómo vive esta gente, después de lo que han hecho, están como en hoteles de cinco estrellas. A lo que yo, también provocadoramente, les respondía: pues lo tiene sencillo, si se está tan bien, cometa un delito y váyase al trullo cuatro o cinco añitos, y después me cuenta. La demagogia de hablar sin saber, de calentarse la boca y estallar.

Pero las cárceles son lugares horribles, y hay que resaltarlo. Es verdad, se parecen poco a lo que fue la cárcel de Sevilla en tiempos de Cervantes, que fue inquilino una temporada en ella, pues para escándalo de bien pensantes, nuestro genio nacional, al que este año le rendimos homenaje al celebrarse la publicación de la segunda parte del Quijote, fue un presidiario. Hoy, los llamados centros penitenciarios en España cumplen, en líneas generales, con lo que se espera de ellos, y aunque podrían ser mejores, tener mayores dotaciones y medios, están en la línea de muchos países europeos: nada que ver con las prisiones del tercer mundo, donde la visión más próxima a su realidad es la del infierno, que describe Dante en La Divina Comedia, a cuya entrada parece que hay un cartelito que dice: “Abandonad toda esperanza”. Valdría para todas las cárceles, en ellas se abandona toda esperanza, pues el hombre y la mujer presos pierden lo más sagrado de la condición humana: la libertad, sin la cual la vida se convierte en un mal trago, casi una pesadilla, aunque recurramos al cloroformo.

Sí, mal lugar una cárcel para cualquiera que tenga la desgracia de habitar en ella. De una parte, el preso se siente expulsado de la sociedad a la que pertenece, como una especie de apestado o leproso del siglo XXI. Los que están dentro son los malos, y los buenos, que viven fuera, se protegen de esos seres peligrosos. No es la mejor manera de reconciliar a nadie con el mundo, todo lo contrario: de este modo crece el rencor, sentimiento del que nada bueno puede esperarse. Por otro lado, quien vive en una cárcel sufre en carne propia lo que es la carencia de libertad, interiorizando tal vez que ha dejado de ser un hombre o una mujer de verdad, como los demás, los que están fuera, y el fracaso y la frustración es fácil que se apoderen de ellos.

Cuando atravesaba las dependencias de Topas, me venían todas estas sensaciones a la cabeza, y me sentía mal, muy mal. Lo único que atenuaba el trago amargo era saber que el rato que iba a pasar conversando con el recluso, de algún modo le ayudaría a sobrevivir, sobre todo si las noticias que le transmitía eran buenas para él. Y en la cárcel, cualquier cosa que mejore tu horizonte, es una gran noticia.

Al volver de hacer mi trabajo, pensaba en el coche que hay personas que no deberían estar en una cárcel y que la población reclusa en España es excesiva. Me cuestionaba también para qué sirve una cárcel. Cuando estudié estas cosas, me enseñaron que no es concebible hoy una pena que no conlleve un propósito de rehabilitación, cambiar al reo, darle horizontes de futuro, no encadenarle a su condena presente para siempre. ¿Cuántos presos reinciden y vuelven aquí, me decía, cómo evitarlo? Y si el que sale, sale peor, ¿cómo hemos protegido a la sociedad? También me escoció que tanta gente entre en la cárcel, con el estigma de su peligrosidad, y en la calle circulen individuos que han machacado a la sociedad mucho más gravemente, pero su situación privilegiada les haya permitido evitar estos muros sobrecogedores que encierran a los malos, aunque algunos malos peores sigan ahí afuera haciendo de las suyas o beneficiándose de sus latrocinios. Asimismo me cuestioné qué oportunidades les esperan al salir y cuántas veces haber estado en la cárcel es un certificado para no dar trabajo a quien lo pide y, si es así, la multirreincidencia está a la vuelta de la esquina. Y me hice la gran pregunta: ¿prevenimos socialmente el delito mediante la educación y la igualdad de oportunidades? Un amargo sabor a ceniza se apoderó de mi paladar cuando respondía.

Y al ver como fondo de mi viaje  el cielo azul de este julio veraniego, sentí  lo privilegiada que soy por disfrutar de libertad. Si la ruleta de la fortuna existencial hubiese girado de otro modo, si no hubiera nacido donde me cupo la suerte de nacer, si en mi vida no se hubieran cruzado unas personas en vez de otras, tal vez yo estaría tras esos muros.  Y sentí piedad y dolor.

Marta FERREIRA