Lunes, 18 de diciembre de 2017

Unamuno ante el golpe de Estado

Mucho se ha hablado, escrito y criticado sobre el posicionamiento de Unamuno ante el golpe de Estado del 18 de julio de 1936, ignorando los censores de don Miguel su realidad en aquellos momentos, su pensamiento y las razones que le llevaron a aceptar inicialmente, y solo inicialmente, el golpe militar, al considerar que se trataba de una transitoria toma del poder por los militares.

Su adhesión al golpe no fue espontánea, pues acumulaba descontento con la situación del país desde los comienzos republicanos en 1931 al ocupar su escaño por Salamanca en la Cortes Constituyentes, anticipando certeramente durante ese tiempo el desenlace final que llegaría en el verano de 1936.

En tales condiciones, no veía ningún político con capacidad para recuperar una situación de normalidad republicana porque los gobiernos se sucedían con una frecuencia que hacía imposible la tarea de poner orden en el país y acallar a hunos y hotros. Esta era la situación percibida por don Miguel, y en medio de ella tuvo lugar el pronunciamiento militar del 17, 18 y 19 de julio, que prometió arreglar la situación en beneficio de la República.      

Pero sólo en los momentos iniciales recibió la sublevación su apoyo, porque los acontecimientos sucedidos los días 19 y 20 pusieron en estado de alerta su entrega inicial, sembrando en él las primeras dudas sobre las verdaderas intenciones de los sublevados. Cabe pensar que inmediatamente mostraría su desacuerdo con el “tiro en la Plaza”, desaprobando igualmente los encarcelamientos y posteriores fusilamientos de sus amigos el alcalde Casto Prieto, el diputado socialista Andrés Manso, un viajante de comercio vecino suyo, el “Timbalero”, el pastor protestante Atilano Coco y su alumno Salvador Vila, rector de la Universidad de Granada, junto a las detenciones de buenos amigos como Filiberto Villalobos, iniciando pronto el cambio actitudinal que culminaría con su rechazo frontal a la causa de los rebeldes.

En aquellos momentos, Salamanca era una ciudad tomada por militares, falangistas y guardia cívica, donde la represión para evitar cualquier intento de respuesta a la sublevación, era inmisericorde y brutal. En la ciudad no hubo guerra, sino controles, detenciones y asesinatos en una población aterrorizada por los actos de dominación de militares y falangistas, salvo unos focos frentepopulistas aislados en Tejares y Pizarrales. El dominio de los rebeldes fue inmediato y total, llevando la represión hasta las últimas consecuencias, como denunció Unamuno por carta a Quintín de Torre.

Fueron varias las razones fundamentales que animaron a Unamuno a dar su apoyo inicial a la sublevación militar. En primer lugar, el riesgo percibido de que el extremismo marxista terminara con la civilización occidental cristiana. A esto se unió la ingenuidad de creerse que los militares iban a tomar un camino muy diferente al que siguieron después, porque sus vítores republicanos le hicieron pensar en un golpe a favor de la República, breve e incruento, que pusiera en orden el país ante la situación de desgobierno nacional y desorden institucional. Recordemos que el Comandante Jefe Militar de Salamanca, general García Álvarez, finalizaba el bando de guerra que emitió el 19 de julio diciendo: “Salmantinos, españoles todos. Viva la República con dignidad”, afirmando Unamuno en la entrevista que concedió al semanario Nouvelles Literaires que los militares no irían contra la República.

La salvación de la civilización occidental iba aparejada para él con la salvación de la República, que invocaban los rebeldes, estimando que la sublevación no solo era militar, porque también popular por disconformidad con todo lo que estaba sucediendo en los últimos años, particularmente desde el 16 de febrero con la victoria electoral del Frente Popular.

Entendió, pues, que la sublevación era un golpe de bisturí que remediaría la situación en unos días, un pasajero golpe de timón para restablecer el orden en el país y “salvar la República”, en medio de la confusión reinante, cuando Unamuno optó por colaborar en el Ayuntamiento de Salamanca con los rebeldes. En este marco hay que interpretar la adhesión inicial de Unamuno si queremos darle la interpretación histórica que merece. Nadie tuvo dudas, y Unamuno menos aún, que se trataba de un golpe militar, pero pocos pensaron que aquello derivaría en guerra incivil, por la división en el seno del Ejército, pero don Miguel mantuvo intacta su ideología liberal y democrática, desde una postura alterutral.

Tras el discurso en el Paraninfo, fue apartado de todos sus cargos y despreciado por el Gobierno republicano y por la Junta Militar rebelde. Esta situación, unida a las dificultades económicas por las que pasaba, le hicieron preguntarse dolorosamente por su porvenir en la soledad de su mecedora: “¿qué será de mí?”, porque la desconfianza a su persona se incrementaba día a día ante una alterutralidad que nadie comprendía ni aceptaba, en momentos donde se exigía incondicional entrega a uno de los dos bandos, por ambas partes.

Así fue la desesperada situación de un anciano que se había pasado la vida luchando contra todo y contra todos, sin ser comprendido por casi nadie, siendo Unamuno víctima inocente de la guerra, aunque no muriera fusilado, y protagonista sin pretenderlo de la tragedia griega que le tocó vivir entre dos cruentas guerras civiles, que mecieron su cuna y apuntalaron el nicho donde descansa su cuerpo cansado de tanto bregar, mientras su alma deambula por los corredores de un misterioso hogar, sin encontrar respuesta a los interrogantes que atormentaron su vida.