Martes, 12 de diciembre de 2017

Vergüenza

No me voy a andar con remilgos. Siento vergüenza, profunda, triste y desgarradora. Por una semana que acabó ayer, y que sacó lo peor del ser humano para brindarlo al mundo.

Siete días los que seguía coleando la miseria de individuos que deberían de estar fuera de nuestro sistema. A buen recaudo. Todos ellos y todas ellas, que sin ninguna migaja de humanidad se jactaban, alegraban y justificaban la muerte de un joven torero segoviano.

Esos que piden respeto cuando son incapaces de mostrarlo. Los que equiparan animales y humanos, cuando les interesa. Considerando homicidio parte de nuestra cultura y estimando como derecho la interrupción de la vida. Esos mismos que en otro ejercicio de incoherencia sideral y granítica respetan tradiciones degollantes como símbolo de diversidad.

Pero además de las abyectas y expresas sentencias de mal nacidos varios, no dejaba de subirme el bochorno cuando escuchaba a algunos que tras la condena de rigor ante tan trágica muerte, hablaban sin remilgos de libertad de expresión. Y me pregunto ¿que está pasando en este país para que se hayan roto las más elementales leyes de la razón? Y no se me ocurre más que echarle toda la culpa a la bilis ideológica, que amarga y ciega de manera tan asquerosa y peligrosa mentes y pulgares. Cayendo en una depravación moral e intelectual impropia de un país desarrollado.

Imagino que los chuletones de morucha ni olerlos, los cinturones serán de cuerda y el jamón de tofu.

No sé donde ha quedado el intercambio de ideas, el respeto a la divergencia pero sobre todo la inteligencia y el humanismo más básico. He de decirles que tiendo al respeto, sobre todo con lo que discrepo, será que me lo enseñaron los padres Escolapios… Aunque a veces me cuesta hacer honor al de Peralta de la Sal.

Ahora, que ya están tardando acabar con tanta impunidad 2.0

Pero no crean que aquí quedó todo. Por si fuera poco la semana tenía una traca final preparada. Un petardo sordo que golpeaba de barbarie y crueldad a nuestros vecinos franceses. Un sonrojo vergonzante que en forma de latigazo asesino segaba la vida de mujeres, hombres y niños. Aunque alguno vea un simple incidente de tráfico, hay que estar mal de la chaveta…

Pero la mayor vergüenza, fuera de esas personas que embisten como animales en nombre de no sé que Dios o no se que ideología, es que ya basta… Ellos nos matan y nosotros nos reunimos, estrábicos ante una realidad que quienes nos gobiernan tienen miedo o demasiados intereses para reconocer y cauterizar.

Ya teclee una vez, y esta vez lo repito, que ni soy Niza, ni soy París, ni soy Francia. Que mi bandera no es la tricolor ni me creo en regia posición de condenar nada. Simplemente soy un insignificante españolito asqueado, harto y avergonzado de tanto tarado y tanta permisividad.

Así que bendita semana que hoy comienza, que acaba con siete días infames, de muerte y vergüenza. Sirvan para empezar a poner las cosas y a alguno que otro en su sitio.

 

Un solo bien puede haber en el mal: La vergüenza de haberlo hecho”. Séneca.