Viernes, 15 de diciembre de 2017

Respeto, esa palabra olvidada

 

Cuando el respeto se confunde con inmovilismo, pasotismo incluso con dejadez. Cuando el valor del ser humano se destruye con palabras, con pequeños y grandes hechos. Cuando a grupos ¿minoritarios? se le llena la boca de vómitos lesivos. Cuando la crítica sólo es destructiva. Cuando nos engañamos anteponiendo el corazón al cerebro, sin darnos cuenta que el corazón  bombea la sangre, pero el cerebro le marca el camino. Cuando vendemos cortinas de humo de amor a animales irracionales pero despreciamos el amor a los racionales. Cuando criticamos la vida del prójimo y no nos miramos al espejo. Cuando la palabra democracia en nuestro diccionario se transforma  “en lo que yo pienso y quiero”. Cuando si no gano culpo y si gano vejo. Cuando... cuando… cuando…

Cuando todos estos “cuándos” y alguno más se juntan se está llegando a la destrucción del ser humano como tal, ese que hasta ahora conocíamos, con sangre en las venas, depresiones, lloros, risas…para dar lugar a transformers de piel y huesos, de amistades irreales en la “nube”, de sensaciones y sentidos encriptados, de egoísmo absoluto, de desesperación , de envidia, de cobardes escondidos tras muros de megas y circuitos infinitos de bits, de tantos y tantos debes que dejan al ser humano con su cuenta de vida hipotecada y al descubierto.

Qué triste, para esa persona caduca que soy yo, para este obsoleto ser que destruye páginas (de las que hacen ruido) de libros para encontrar sensaciones y sentimientos, que un paseo con su perro es un momento mágico, que busca el contacto físico para que se le ericen los pocos pelos que le quedan, que no puede hablar sin mirar a los ojos ( y me incomoda que no me miren), que un beso le parece el euromillón, y acompañado de un abrazo el gordo de la bonoloto; que triste ver esa parte de la sociedad dónde se tendrán que mover y vivir los que más quiero, que triste el mundo que hemos ido destruyendo, que triste y que indignante que ni tan siquiera el periodo de duelo se respete con el único fin de imponer unos gustos, unas teorías propias pero cuestionables como cualquiera.

Yo no soy de tierra de encinas y cuernos, yo no entiendo de capotes espadas ni burladeros, pero a mí me enseñaron a respetar las profesiones y las actividades de todos los demás y eso quiero para mí y para los que dejan la vida en la mina o en el ruedo.

A mí me gusta la belleza estética del toro y del torero, la imagen que capta mi cansada réflex en cada click, yo no puedo silbar, ni sacar pañuelos, yo solo veo el trabajo, la valentía (yo no lo haría), de un funambulista sin amarres a la vida.