Viernes, 15 de diciembre de 2017

El año en que no hubo verano

Cuentan que hace justo doscientos años, por una fatal coincidencia, en el hemisferio norte no hubo verano. Meses antes una erupción volcánica en una de las islas de la Sonda, allá por el Sudeste Asiático, tiñó de gris los cielos de buena parte del planeta, lo cual se juntó con una alteración en la actividad solar que aumentó el enfriamiento y tuvo consecuencias que todavía hoy día tenemos entre nosotros.

Las catástrofes naturales proliferaron como hacía tiempo no se había visto. Inundaciones, nieve hasta en zonas templadas, días opacos, cosechas perdidas, hambrunas y desesperaciones. Todo eso en lo que debía haber sido la época cálida en la mitad septentrional de la Tierra.

Nunca he dudado que el clima afecte a las personas, tanto en lo individual como en lo colectivo. Pero lo llamativo fue que la inexistencia de una verdadera temporada caliente llevó a que en un lugar concreto en unos días concretos se dieran unas circunstancias específicas que usted y yo conocemos de sobra, aunque hasta ahora no sabíamos que vienen de allí.  Vayamos por partes.

Una de las cosas más curiosas que ocurrió en ese verano inexistente tiene que ver con la época de entonces. Estamos hablando del tiempo de la postguerra napoleónica. En el verano anterior Napoleón había perdido su poder en los campos belgas de Waterloo y se hallaba confinado en la isla meridional de Santa Elena. Regía en Europa la Santa Alianza, las fuerzas conservadoras que pretendieron ordenar el continente para el resto del siglo.

En lo cultural primaba el primer romanticismo, con su gusto por las sombras y los recodos. Especialmente oscura fue la época en Centroeuropa, y sobre todo en las cercanías de los Alpes. Ese es el contexto espacial en que unos pocos personajes históricos se recluyen en una mansión a orillas del Lago Lemán, cerca de Ginebra. Algunos recordarán las imágenes de “Remando al viento”, conocida película de Gonzalo Suárez.

En una de esas noches terribles, agitadas por el infausto temporal veraniego, Lord Byron, John Polidori, Percy Shelly y Mary Godwin, animados por el embrujo del trastorno estacional pusieron a prueba sus habilidades literarias. Lo cuenta con su proverbial eficacia en un libro reciente el ilustre novelista colombiano William Ospina.

El caso es que quien fuera propuso que cada uno de ellos escribiera el más pavoroso relato de terror de que fuera capaz. Como no podía ser de otra manera, la niebla envuelve los retazos de la historia. Pero se dice, quizás con alguna razón, que en esa probable noche sin luna, se concibieron algunos de los grandes mitos de la literatura universal.

La esposa del poeta Percy Shelly se hizo pronto famosa por su logrado intento de actualizar el mito de Prometeo, tomando algunas experiencias reales de las que tenía conocimiento, sobre la aplicación de energía eléctrica a cadáveres. Sí, estaba naciendo el mito de Frankenstein.

Y por si eso no bastara, el médico de Byron, y según algunos también su amante ocasional, esa misma noche redactó una novela corta sobre vampiros, que sirvió de directa inspiración a Bram Stocker para construir su relato sobre ese conde transilvano, con colmillos largos, al que, desde luego, no asociamos con un cálido verano.