Miércoles, 13 de diciembre de 2017

El torero ante la muerte

No soy aficionada a los toros, y no por falta de influencia familiar. Mi abuelo creó las Semanas Internacionales del Toro de Lidia, que durante muchos años se celebraron, organizadas por él, en Salamanca, y fue el promotor del monumento al toro de lidia que esculpió Gabriel Sánchez Calzada, y mi padre y mis hermanos mayores son grandes aficionados: siempre he tenido entradas disponibles para ir al tendido 1 de nuestra plaza de toros. Vamos, que el ambiente que me ha rodeado, no es precisamente antitaurino  sino todo lo contrario. Pero no he sentido el pellizco que te lleva a hacerte aficionada.

Sin embargo, siempre he tenido un enorme respeto por quienes se vestían el traje de luces, los toreros. Siempre me ha impresionado su valor y he sido consciente de que se jugaban la vida cada tarde, cosa que respeto pero que me cuesta entender. En cuestión de segundos, el toro, que es una fiera y no un angelito, puede acabar de un pitonazo con la vida de un torero. En mi casa se contó muchas veces la cogida mortal de Paquirri y del Yiyo, y me impresionaba siempre que se lo oía relatar a mi padre o a mis hermanos. Pero habían pasado tantos años que llegué a creer que morir en un ruedo es una hipótesis pero que difícilmente hoy puede ocurrir, sobre todo por los grandes avances de la medicina. Aunque tengo memoria y sé que, por lo que sea, los toreros mueren en pueblos, en plazas de tercera, pese a que sean figuras: Pozoblanco, Colmenar Viejo, y mucho antes Linares con Manolete, y Talavera de la Reina con Joselito.

Y así ha vuelto a ser con Víctor Barrio en Teruel, la capital de provincia más pequeña de España. No le conocía, no había oído hablar de él, todo lo que sé lo he leído después de su muerte. Hasta su foto, que encabeza este artículo, y que evidencia un tipo guapo y con personalidad. Un toro, de nombre castizo, “Lorenzo”, lo mató, sin más, en cuestión de segundos, entró muerto en la enfermería. Cuando lo supe, me quedé petrificada, comprendí que de verdad los toreros se juegan la vida, y los admiré mucho más, aunque no les entienda.

Así es la tauromaquia: o la tomas o la dejas. Una liturgia de la muerte y de la vida, el triunfo de la  inteligencia y el valor humanos frente al instinto del toro de lidia, el animal más bello del mundo pero tremendamente peligroso. Se podrá decir, como lo dicen algunos, que quien así se juega la vida, sabe a lo que se enfrenta, y es verdad, pero ello no impide sentir admiración por lo que no seríamos capaces de hacer la mayoría. El dominio de la fiera por el hombre y, a la vez, su capacidad para crear belleza en tal misión y en pocos minutos. Se discutirá si la fiesta taurina es un arte, pero cuesta negarlo ante la inmensa belleza de los lances de nombres como Antonio Ordóñez, Julio Robles o Jose Mari Manzanares. La tauromaquia se construye sobre esos dos pilares: la inteligencia del dominio mediante la técnica del toreo y la belleza de su arte. Cuando alguna vez vi imágenes de alguna faena de Curro Romero o Rafael de Paula, no pude sino rendirme ante la emoción y el sentimiento que transmitían. Y así quedó plasmado en nuestra poesía en grandes textos de Federico García Lorca o Rafael Alberti, y en grandes esculturas como las de Mariano Benlliure, Sebastián Miranda o Venancio Blanco: esto no es casual, los toros despiertan la admiración de nuestros mejores escritores y artistas, por algo será.

Por lo que he leído, Víctor Barrio fue en su día una figura de la novillería, pero fracasó como matador de toros, de hecho este año era su tercera corrida la de Teruel. Y, sin embargo, no desistía, porque su vocación era esa: quería ser torero y no podía ser otra cosa. Cuando se vistió su último traje de luces no sabía que le quedaban pocas horas de vida, pero como cualquier torero tenía muy en cuenta que eso siempre podía ocurrir. Y a él le ocurrió. No lo sé, pero estoy por afirmar que si se lo hubieran preguntado, habría dicho que aceptaba su destino antes que morir como lo hacemos los demás, por una enfermedad o un accidente, de modo vulgar. Él, como un héroe de nuestro tiempo, murió de una cornada que le infligió un toro de lidia. Esas cosas parecen de otro tiempo, pero a él le ha sucedido.

A raíz de su muerte, he leído que ciertas personas han escrito que se alegraban por lo ocurrido. Es el sino de nuestro tiempo, su desquiciamiento moral, su confusión intrínseca, su deshumanización. Y sigo sin entender la pasta de la que están hechos los toreros, pero declaro mi admiración por su condición única: solos ante la muerte, reclamando en su liturgia sin par el lugar que le corresponde al hombre, hecho de valor y de miedo, pero capaz de enfrentarse a la muerte y de no perderle la cara. Como Víctor Barrio.

Marta FERREIRA