Jueves, 14 de diciembre de 2017

En busca del hijo de Hefesto

Un día con Florencio Maíllo

El encuentro estaba tentado desde hacía años, pero fue en el desarrollo, el pasado 4 de junio, del IV Certamen de Pintura Rápida que lleva su nombre en la villa de Mogarraz, cuando empezó a conformarse. El día acordado pedaleé hasta su casa taller en la localidad de Encinas de Abajo. Mientras rodaba bajo un sol taurino, me preguntaba qué sabía en realidad del paisano serrano con el que me iba a encontrar. Al igual que él, también  marché temprano de la tierra, y solo a mi regreso a Salamanca después de muchos años conocí su obra. Luego frecuenté sus exposiciones, nos fuimos conociendo, y lo singular de su arte comenzó a imponérseme. Para preparar la entrevista a la que me dirigía leí catálogos de sus exposiciones, monografías, reseñas de sabios exégetas…, tantas, y tan buenas  deconstrucciones de la obra de quien está considerado uno de los pintores  más singulares y sólidos de España, que me hicieron dudar de mi propósito. Aún así, en un cuaderno tomé mis notas con las preguntas más incisivas y audaces que se me ocurrieron.

Eran las 5  cuando llegué a su hogar: una casona de labranza con su patio, sus tenadas, su bodega, su pajar…, unida a parte del antiguo Cine Club parroquial y que ha sabido reconvertir en su taller de vida, su obrador de arte, sin desechar la identidad del antiguo hábitat. Durante una hora me  enseña las estancias de lo que me parece un gran arca de espacios, de luces, de épocas biográficas, de objetos; eso con lo que cada cual nos atrincheramos contra los diluvios del tiempo. Por doquier cuelgan cuadros, casi todos en formato cuadrado, y de múltiples tamaños: desde la miniatura, hasta alguno que tupe el más alto muro como una bravía enredadera. En el pasillo un piano de pared, en el salón otro grande de cola que como negro mastín consiente con el silencio en la hora de su siesta. Una chimenea espera el fuego por venir como boca de viuda. Arriba, cubierta por la tabla desnuda y la barrosa teja, la biblioteca. Acaso esta parte fuera el granero que ahora guarda la cosecha de las letras, o un palomar en cuyos nidales duermen las aves no menos voladoras de los libros.

Advierto lo dispar de la temática y tratamiento de sus obras, como nacidas de distinta inquietud, pero en todas se aprecia el parecido de familia. Llegados al dormitorio, dos grandes óleos muestran sendas calles de Miranda del Castañar -con su labriego y caballería-  y de Mogarraz con su fuente y casas derruidas. En ellos se nota la soltura académica y el tirón de lo propio alejada del tipismo. Me comenta que son de sus años juveniles, y me agrada que estén en la habitación, pues es en la noche cuando uno vuelve a sus sueños soterrados y primeros.

Hay obras que conozco, como algunas de “Variaciones”, exposición de 2008 en el que con los materiales (hormas, plantillas de latón, trozos de cuero, cartón, hilo de costura…) de una vieja zapatería encontrados en una escombrera de sus localidad, el autor camina por la memoria de su infancia y calza para siempre al olvido.

En el gran zaguán central de la casa, superpuestas como para cubrir del hostigo una fachada serrana, chapas de bidones de brea luciendo sus óxidos como abalorios de las estaciones, y en medio, una brecha de composición fotografía del estante de un extinto archivo. En unos, la geometría  nos retiene la mirada como bancales que dividen el campo y escalonan el fruto de significación. En otros, las líneas parecen estar para sujetar contenidos como las tramoneras las piedras en las viviendas de la Sierra de Francia.

Y llegamos a su taller junto al patio. Aquí me llama la atención su orden, casi su pulcritud. Aun así, se nota la tregua armada entre los materiales y las herramientas, la excitación contenida de esquina de cuadrilátero, y se siente la atmósfera de armisticio que el autor ha firmado momentáneamente con la creación. Sobre las mesas hornillos para fundir la cera para encáusticas, botes, molinillos, barnices, sopletes de fundición. Bien alineados en su estante, como tarros de botica, frascos con polvo de granito, mixturas de mármol, arcillas, limos, la dura harina de los metales. Algunas obras en proceso esperan sobre el caballete que la mano cirujana continúe dándoles la vida prometida.

Finalmente, sentados en la mesa de la cocina, Florencio me habló de sus primeros años en Mogarraz, de la larga tradición de sus antepasados como herreros, del olor de las zapaterías, a paja recién segada, a tahona; de la textura de la lana de los colchones vareados en la solana, de la lluvia mineral serrana. De sus años juveniles cuando con un amigo iban en un Renault 5 recorriendo los pueblos para pintar sus rincones. De su pronta marcha a Miranda de Ebro a estudiar con los Jesuitas a los que tanto agradece su formación humanística y sus buenos talleres de matricería y moldes. De sus estudios de Bellas Artes en Bilbao, y de la impronta que le quedó del contacto con la cultura de la labranza del hierro de aquellas tierras (los astilleros, los altos hornos, las fábricas de herramientas industriales), y del trato con los artistas matéricos vascos (Oteizar, Chillida, Ibarrola…).

Así terminó la primera mitad de nuestro día, completado la semana siguiente en la Facultad de Educación de la Universidad de Salamanca donde Florencio Maíllo es profesor titular de Didáctica de la Expresión Artística. El curso estaba presto a terminar y en los alumnos que iban en la mañana hervía el nerviosismo de las notas. Llegué a su despacho donde ultimaba calificaciones en su ordenador. De nuevo saqué mi cuaderno y me disponía a hacerle algunas preguntas, cuando entró uno de sus alumnos. Hice ademán de salir, pero me pidió que me quedara. El joven le pasa su trabajo de fin de grado y el profesor lo revisa, comprueba si están realizadas sus correcciones, insiste en viejas observaciones, alaba incorporaciones, para terminar diciendo que a falta de un último vistazo, le gusta. El joven sonríe y antes de salir camino de su verano, escucha de su profesor: “¡Te felicito!, y gracias por dejar que aprenda de ti”. Y de igual modo sucede con una joven que entra posteriormente.

Supe entonces que Florencio era un autor en permanente aprendizaje de la vida y de los demás; alguien que requería sin tregua la didáctica de los materiales para conformar sus  impresiones, para dar realidad a sus vivencias. Una de las preguntas de mi cuaderno era que a dónde le llevaba su evolución, visto las distintas muestras de su hacer, pero no la hice, pues supe que en él no podíamos hablar de evolución hacia algo, sino de involución, de entrar cada vez más adentro en el sentido y sin figuración, de lo que siempre ha sido y se va alimentando con la experiencia, y eso es su más recóndito ser.

Antes de despedirnos hablamos del panorama actual del arte, de otros famosos pintores, y me citó al neo expresionista Anselm Kiefer como su influencia maestra. Yo le recordé algo que me había confesado en mi visita a su taller: la profunda añoranza que tenía de los días de herraje junto a su padre, y, sobre todo, lo viva que tenía la imagen del suelo de aquel recinto con las limaduras del hierro, trozos de metal, el olor a tierra prensada y húmeda, el carboncillo prófugo de las combustiones. Le pregunté si el día que logrará componer en un lienzo aquel suelo, habría alcanzado su obra maestra. Es opinión común que los más de 600 rostros de de su obra “Retrata2” que nos reciben en las fachadas de Mogarraz, o el monolito de 160 toneladas de metal y roca (IN-MEMORIAL,2006) realizado con rejas de arado, aperos de labranzas, herramientas ferrosas construido también en la localidad serrana; o el diálogo en sus cuadros de los latones con las intemperies del olvido, el don de lenguas que saca con sus ácidos a los metales, las polifonías de sus óxidos, el olor del sofrito de los pimentones de la piedra molida, la untuosidad de la miel de jara cuando besa al granito, los precitados de barnices como lloros de conífera…, son, en última instancia, un tributo a su orígenes, a sus vivencias, a sus gentes.

Pero el maestro no me respondió. Florencio, que es de palabra fluida y convocante, me miraba mudo desde su sillón. Entre nosotros solo las metalurgias del silencio, acaso porque él oía –como ante cada una de sus obras- delgados sonidos del yunque de una fragua donde su arte quiso comenzar.  

Y supe que en mi búsqueda del hijo del herrero no estaba solo.

Fotos: Ángel de Arriba.