Martes, 12 de diciembre de 2017

Carta a Raquel

“Hoy solo es día de honrar a Víctor y de abrazarte. De abrazarte mucho, de abrazarte fuerte. De intentar que recuperes esa vida, esa calma, ese día a día que nunca será igual pero te permitirá ser más fuerte, más sabia, más justa”
Víctor Barrio y su mujer, Raquel, el día de su boda

Raquel, hermosa mía:

Sé que ahora te mueves en esa extraña nebulosa a caballo entre la realidad y el sueño. Que aún esperas despertarte y recuperar tu vida, tu rutina y tu calma, el beso, la caricia de cada noche, la sonrisa de cada día, el inmenso paraíso de un pequeño abrazo, tan inabarcable.

Conozco en carne propia esa sensación que ahora te abrasa el pecho y te oprime entera como un corsé de acero. En carne viva, como si una mano invisible te arrancase el corazón de cuajo, sin anestesia, y siguieses viviendo sin latidos, por pura inercia, con el cuerpo abierto en una inmensa herida.

El hombre que más he amado, mi torero sin chispeante, nunca se vistió de luces, nunca pisó la arena, nunca decidió su destino. Pero tuvo que lidiar a puerta cerrada, en interminables sesiones de quimio y días de hospital, un toro muy negro y certero que terminó partiéndonos a todos el día que decidió volar al ruedo inmenso del aire.

Te escribo esto mientras en Sepúlveda el mundo del toro -esa inmensa familia que a veces se desmanda y se tira piedras al tejado propio, pero es fuerte y sólida como un muro de cemento armado, como una roca, como una encina- despide con honores al hombre que amas, al hombre que perdió su vida el sábado persiguiendo un sueño. Un hombre. Tu hombre. Un hijo. Un amigo. Un torero. Solo eso. Todo eso.

Ahí, en Teruel, el toro cuyo nombre no escribo os rompió el corazón a los dos a la vez. Esa tarde un asta invisible se extendió hasta el tendido y traspasó también tu alma, tus sueños, tu vida quebrada en un golpe, un instante de suerte mala, maldita. A las 20.25 un certificado anunciaba la muerte y sé que no era una muerte la de esa hoja escrita con bolígrafo azul y lágrimas de impotencia. Eran dos, o eso crees ahora.

No fue la puerta grande de Las Ventas, ese sueño compartido, esa portada que ya nunca será, ese trozo del cielo de Madrid abierto en canal a la alegría. Fue la puerta apresurada de una enfermería sin esperanza, la puerta de la noche en la que nunca amanece, la puerta del dolor que corta la respiración como un cuchillo. Pero espero que si existe una vida al otro lado de la vida Dios le haya abierto de par en par las puertas del cielo, de lo eterno, y esté con su capote extendido enseñándole a los niños que se fueron demasiado pronto los secretos, los misterios de la tauromaquia. 

Él conocía el sacrificio y el riesgo. Por eso los toreros son de otra pasta, porque mientras los demás nos creemos eternos ellos saben que cualquier día puede ser el último. Son los novios de la muerte. Miraba de frente a la muerte aunque apostase por el amor y por la vida, por ti, por la juventud de sus 29 años sin cumpleaños nuevos.

Víctor Barrio, aquel segoviano de sonrisa eterna, largirucho, generoso, digno y discreto, eligió ser torero. Eligió ofrecerse entero para ser, para saberse, para convertirse en lo que quería. Eso, poner la propia vida por delante, es algo que resulta incomprensible en pleno siglo XXI, esta era digital que lo mismo sirve para convertir un mensaje en una noche de vigilia que para esconder en el anonimato los peores instintos del ser humano. Pero de eso hablaremos otro día, porque ya no podemos callarnos. Unidos en la defensa de la libertad y de la dignidad ya no como taurinos, sino como seres humanos.

Hoy solo es día de honrar a Víctor y de abrazarte. De abrazarte mucho, de abrazarte fuerte. De intentar que recuperes esa vida, esa calma, ese día a día que nunca será igual pero te permitirá ser más fuerte, más sabia, más justa. Y querrás ahora ser agua en los días de lluvia para colarte por las rendijas de la tierra y abrazarle. Y querrás ser viento en las noches de viento y silbar sobre su memoria tanto amor herido. Y cerrar los ojos, y soñar, y regresar al primer beso, a la tarde de Teruel como si fuese una tarde más, con el regreso asegurado y la caricia para despedir el sol de julio. Y vendrán días de rabia contra el mundo, de preguntas sin respuesta, de dolor sin tiempo.

Pero llegará también un tiempo en que descubrirás que todo lo que es Víctor vive en ti. Que el amor es más fuerte que la muerte. Que tu corazón late por los dos, que tu obligación es vivir la vida que él ya no tiene en la tierra y continuar el camino hacia el sueño. Se lo debes. Te lo debes.

Y estaremos aquí, en la distancia o a tu lado. Aquí, con los pies cosidos al suelo y el alma en lo alto. Estaremos desde la palabra o en silencio, siempre contigo, siempre con vosotros. Estaremos. Y sentirás nuestro abrazo, nuestro calor, nuestro inmenso respeto, y te pondrás en pie para seguir caminando.

Despide hoy a tu hombre, apura el beso último que late en tu boca. Despide a Víctor, a tu joven esposo. Guárdalo en tu corazón roto, allá donde nada ni nadie puede hacerle daño. Bésalo, sigue vivo en tus labios, en el blanco vestido de novia que llevas cosido a la piel. Siempre.

El torero nunca morirá, sigue rabiosamente vivo entre nosotros, soñando, aquí en la tierra como en el cielo. No es un héroe, no es un mártir. Es un hombre que eligió su destino y ha sido libre para morir por ello. Los que creemos sabemos que nunca cerramos los ojos del todo. Yo creo.

Mi amor para ti, Raquel. Para ti mi ternura, mi inmenso abrazo.

Mi admiración y mi respeto para él. Un torero. Solo eso. Todo eso.

Gloria a Víctor Barrio, que ya torea en el cielo azul de Sepúlveda, eterno.

Ana Pedrero