Lunes, 18 de diciembre de 2017

Tras la felicidad

La felicidad es aquello que por sí solo hace deseable la vida y no necesita de ninguna otra cosa

Aristóteles, Ética a Nicómaco

Nuestra felicidad eterna se está gestando ahora mismo en nosotros en la medida en que sabemos buscar la felicidad abiertos a Dios

José Antonio Pagola, Es bueno creer. Teología de la Esperanza

En nuestras sociedades secularizadas y postmodernas, hay una fuerte reacción contra los grades relatos, las cosmovisiones metafísicas, las religiones o las grandes ideologías.  Se desconfía de una salvación más allá de nuestra existencia, se busca más una salvación inmediata e inmanente. No se busca a Dios en la otra vida, sino ser feliz y realizarse en ésta. Aquel “ciento por uno en esta vida y luego en la eterna” (Mc 10,28-31), se traduce en nuestro mundo, luchar contra el mal y lograr una sociedad más justa y con sentido. La pregunta es si la fe religiosa puede aportar algo a la felicidad del ser humano, desde un talante pragmático y utilitarista en el que nos movemos hoy.

La fe no es algo que tiene que ver sólo con la salvación después de la muerte, es una forma profunda de sentido y de felicidad para la vida cotidiana del hombre. Algunos incluso se atreven a ir más allá y piensan de modo contrario, sin Dios y sin religión seríamos más dichosos. Dios no prohíbe las cosas buenas, ni impone unas leyes arbitrarias, la fe busca orientar la propia libertad hacia una existencia más humana, más sana, más realizada y a veces requiere ciertas renuncias. La felicidad también tiene sus exigencias, no es algo barato y donde todo vale. Ser creyente y cristiano es aprender a “vivir bien”, siguiendo el camino abierto por Jesús. En ese camino las bienaventuranzas son el núcleo fundamental que llevan a la felicidad, desde un corazón sencillo y transparente, buscando la justicia, la paz, la misericordia desde la más profunda mansedumbre.

No es fácil ser feliz, no es suficiente conseguir aquello que andamos buscando o satisfacer nuestros deseos y anhelos. La felicidad no se compra, no consiste en tener, ir a la última, tener éxito o poder. Muchas personas tienen todo aquello que les puede proporcionar bienestar, pero no son felices, puede que aflore en ellas ese sentimiento de decepción que E. Bloch definía como la melancolía de la satisfación. Con el tener se puede comprar el placer o el bienestar, pero no esa experiencia de libertad interior y de plenitud que nos proponía Jesús de Nazaret. Las bienaventuranzas, centro y “carta magna” del ser cristiano ponen todos esos parámenos y criterio más inmediatos y aparentes cabeza abajo. Tiene razón J. A. Pagola, hoy en la teología o en la predicación no se escucha mucho hablar de felicidad. De ahí la acusación de Nietzsche, que esperemos no sea cierta hoy, no veía cara de redimidos a los cristianos, sino parecían más encadenados que liberados por Dios.

La invitación de Jesús es iniciar la búsqueda de aquello que nos falta para ser felices, desenmascarando experiencias parciales e insuficientes de felicidad que nos pueden cerrar la verdadera felicidad. La felicidad que propone Jesús es un bien gratuito que proviene de Dios. Las bienaventuranzas nos anuncian que se puede ser feliz ahora, en esta realidad mundana y limitada. Nos apuntan que la felicidad no es algo que el hombre realiza o fabrica, es un auténtico regalo de Dios. No la generan los pobres, los pacíficos, los limpios de corazón o los que trabajan por la paz, acontece en ellos porque tienen a Dios como centro de su vida y son saciados por él. Cada persona deberá descubrir a través de Jesús, que esa actitud concreta de pobreza, de amor misericordioso, de hambre de justicia, de limpieza de corazón les está abriendo a la verdadera felicidad que procede de Dios.

Hay factores de nuestra vida que no están en nuestras manos, como la estructura psicológica, el entorno familiar, el amor y rechazado, pero eso no quiere decir la felicidad proviene del azar. Desde esa realizad condicionada y limitada, cada persona está llamada a la felicidad. Las bienaventuranzas no hacen depender la felicidad de un suceso venturoso ni de acontecimientos agradables, brota directamente de Dios, regalado en Jesucristo. El evangelio nos está invitando a cambiar, a transformar nuestra manera de actuar y pensar, buscando la felicidad apoyándonos en Dios. Lo que Jesús nos está anunciando y ofreciendo es una “plenitud de vida”, de verdad, de paz, que se da en aquellas personas donde reina Dios es su corazón. Esta felicidad emerge en la persona que vive abierta al amor, a la misericordia, a la justicia del mismo Dios. Es un regalo de plenitud de vida que nos llega como gracia, lo decisivo es abrirse al misterio de la vida con confianza, escuchar lo mejor de nosotros y acoger esa salvación que nos ofrece el Nazareno.

Lo importante para conseguir la felicidad es soltar lastre, liberarse de los apegos, no poseer ni apropiarse de nada ni de nadie, no ser esclavo. La primera bienaventuranza nos marca el camino, la hoja de ruta: “Dichosos los pobres de espíritu” (Mt 5,3), felices los que viven con alma de pobre, con el corazón liberado y abierto en ellos puede reinar Dios. La verdadera felicidad la encuentran las personas que no se dejan aprisionar por las cosas. Las cosas son necesarias para la vida, pero no son la fuente de la felicidad, así Jesús nos invita a compartir y a construir un mundo más fraterno. La felicidad que nos propone está enraizada en lo hondo del ser, en la propia persona, que la libera y la ensancha, lo transforma y lo encamina hacia la misericordia, hacia la justicia, la paz y el amor.

El secreto de esta búsqueda está en estar atentos a este esplendido regalo, que es un tesoro escondido, una perla preciosa, aprender a disfrutar de todo lo que agranda y fomenta la vida dentro y fuera de nosotros, aunque sea pequeño y humilde. Aprender de nuevo a mirar, a escuchar, a saborear con hondura los encuentros de las personas, el amor, la amistad, el silencio, la naturaleza, la belleza. Al abrirnos a Dios, fuente de nuestra felicidad, seremos capaces de desprendernos de nosotros mismos, de desasirnos de nuestro yo como nos indican los místicos. Es justamente esa experiencia la que conduce a la felicidad. La felicidad se encuentra dándola, amando gratuitamente. Por último, para que la felicidad pueda ser plena deberemos vivir abiertos a la esperanza, transcendiendo la muerte, hacia ese futuro último de Dios. Pablo nos recordaba que estamos salvados por la esperanza. Como hemos comentado al principio, no importa sólo la felicidad del final, interesa también la felicidad ahora, pero al final Dios completará todo lo que no hemos sabido o podido completar para ser felices. Ahora lo importante, es vivir felices en este momento, ya que Dios quiere nuestra felicidad y Él está presente en cada momento de nuestra vida, en el sufrimiento y en las alegrías, ayudándonos a poder abrirnos a su plenitud.