Jueves, 14 de diciembre de 2017

Un nazi orgulloso de serlo

“Por eso, por todo eso, se hallaba a gusto en su trabajo. La eliminación física de judíos, de gitanos y liberales pervertidos no era más que una tarea profiláctica por el bien de la Idea. Su sufrimiento, incluso, constituía una especie de purificación colectiva a la que él, Klaus, colaboraba de una manera bella y desinteresada”

Para Klaus, ése era el día más importante de su vida. Más, incluso, que el día en que fue nombrado oficial de las Schutztaffeln, las famosas SS dedicadas a la seguridad interior del Reich. En aquella irrepetible ocasión tuvo, además, el honor más inmerecido de todos: estrechar la mano del propio Führer.

El nacionalsocialismo —Klaus se emocionaba al meditar sobre ello— era una doctrina superior, integradora de los pensamientos más sublimes. Klaus recordaba sus estudios en Leipzig, el descubrimiento de la obra de Rosenberg El mito del siglo XX, sus luchas estudiantiles contra los demócratas estériles y decadentes.

El nazismo le había hecho más fuerte, más útil y más sabio al fundirle en un pensamiento colectivo: el de la Nación, la Raza, categorías conceptuales que trascienden del agonismo inútil de la individualidad. Los Protocolos de los sabios de Sión le habían descubierto, más tarde, la infamia de los judíos, esos seres despreciables, enemigos biológicos del pangermanismo y de la raza aria.

Klaus se había felicitado por todo ello. Por ser depositario de la Verdad, por sentirse una partícula de un macrocosmos poderoso e indestructible. Por haber llegado a donde estaba desde aquel oscuro orfanato en que pasó su niñez.

Por eso, por todo eso, se hallaba a gusto en su trabajo. La eliminación física de judíos, de gitanos y liberales pervertidos no era más que una tarea profiláctica por el bien de la Idea. Su sufrimiento, incluso, constituía una especie de purificación colectiva a la que él, Klaus, colaboraba de una manera bella y desinteresada.

Todo ello había sucedido hasta ese día, hasta el día más importante y más trágico de su vida. Klaus acababa de ser detenido. Para horror de sus compañeros y jefes, se había descubierto que Klaus, aquel niño rubio del orfanato, era de raza judía en un ciento por ciento. Y Klaus, el impecable y perfecto oficial de las SS, acababa de convertirse en el preso número 326.505.

Cuando fue incinerado en el crematorio, al preso número 326.505 ni siquiera le quedó el recurso de cagarse en los nazis. Pobre.