Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Espionaje en la Armuña

A mi amiga Feliciana le entraron ya hace tiempo unas ganas compulsivas de ser espía casera. Bueno, yo lo digo a mi modo, pero en realidad lo que ha hecho es bucear por la red, y como no tiene nada que hacer, se ha estado ilustrando de cómo espiar con rendimiento con lo más avanzado de las nuevas tecnologías.

Por un lado, tiene un instrumento infalible para grabar conversaciones llamado “teléfono móvil”, y cada conversación que mantiene la graba y la archiva, por si en algún momento le puede sacar provecho. Ella siempre ha actuado con grandeza de miras y está a la que salta para manifestar su incontrovertible dignidad; y obtener lo que corresponda en consecuencia.

Por otro lado, como se aburre, se ha enterado de que es facilísimo meterse en el uasap de quien interese, para seguir coleccionando datos, como una Diogenisa dignísima que va acumulando mierda. A saber para qué. Usted ya sabe las manías de cualquier coleccionista: a unos les da por los sellos, a otros por las conversaciones ajenas.

Ella bien sabe que lo primero es muy lícito. Mejor dicho, que es legal. Lo lícito tiene que ver con la moral, y la inmoralidad de grabar diálogos con un interlocutor ignorante está para el que suscribe fuera de toda duda. Pero uno que la aprecia, le ha dicho que cuidado con lo segundo: que obtener datos de otros sin conocimiento y autorización de los comunicantes no está permitido más que con permiso judicial. Sin entrar en el tema del tratamiento de datos privados, que daría para otro sesudo estudio.

Pero como para ella todo esto no es más que un divertimento, no se detiene en este tipo de minucias. Venga grabar, venga fisgar, venga recoger datos íntimos y personales, por si un día le da por estudiar Derecho y así tener un caso práctico a mano como para pillar una matrícula en Derecho Procesal Penal. O para lo que sea. Lo importante no es la finalidad, sino la fruición de su fino trabajo, minucioso donde los haya, que precisa de una gran sangre fría, porque una de este modo se va enterando de las cosas más variadas, como que fulanito ha quedado con menganita o que zutanita está esperando a Sinforoso bajo el reloj de la plaza, y que ya está tardando.

Le importan poco las consecuencias inmediatas de su infatigable labor. Ella siempre ha obrado con su mejor fe. A ratos hasta piensa que hace un excelente trabajo para la evolución de la humanidad hacia la Recta Vía. Qué daño puede hacer a nadie teniendo ese noble propósito. Que qué es eso de lo que uno le habla de la intimidad personal. No es más que un intangible sin mayor valor que el retórico, un obstaculito sin relevancia alguna. Sobre todo si lo comparamos con el enorme beneficio que se obtiene de la paciente recolección de chismorreos interesantes, de discusiones sin cuento, de supuestas infidelidades sabrosas. Ante tanto entretenimiento cómo se nos ocurre compararlo con la invulnerabilidad de un derecho fundamental.