Jueves, 14 de diciembre de 2017

¿Qué pinto yo, en todo esto?

Las fuerzas vivas del pueblo habían aceptado con entusiasmo la propuesta de Don Arturo de buscarle una novia a Juan, pero… ahora, pasada la noche, todos estaban aterrorizados, quien se encargaba de llevar a cabo la descomunal propuesta de buscar esa novia ¡Como si ello fuera tan fácil! Ellos, que tenían poquísimas experiencias humanas.

Pero respiraron aliviados cuando el médico Don Alfonso, les pasó un mensaje verbal a través de Pedro. “Parece que he encontrado la solución para el tema de Juan. Y todos; Don Arturo el maestro, Don Andrés el cura, Tomás el alcalde, Pedro el sacristán y Don Alfonso el médico, esperaron el fin de semana con alivio, hasta cierto punto... pues en su fuero interno se preguntaban: “Pero… ¿Qué pinto yo en todo esto? -Don Alfonso, el médico, buen médico ¡Vive Dios!, pues atendía en el pueblo los partos, las heridas, teniendo gran precariedad de medios. Buen cazador de perdiz con reclamo, de fácil y amena conversación, poco dado a los inventos modernos que iban llegando a cuentagotas a aquel lugar remoto, que él, en momentos de enojo definía como “El culo del mundo”. Buen lector, entusiasta por el Diccionario Enciclopédico Abreviado-padre de tres hijos y siempre con la esperanza de tiempos mejores, que fueron reacios a llegar. Buenísima persona.

Don Arturo, el maestro. Serrano de pura cepa, temperamental y maestro atípico lleno de matices. En momentos determinados causaba pavor a sus alumnos. Cuando se le pasaba el enfado era adorable. Tenía un ojo un poco cerrado y la cabeza ligeramente ladeada, nunca sabías si te estaba guiñando un ojo o reprochándote algo. Presumía de que junto a Don Alfonso, el médico, habían ido una vez hasta Salamanca para ver una revista de “destape”  en Ferias; era en el Teatro Liceo y bueno… lo de ver, ver, ¡lo que se dice ver¡ fue más bien poco, pues las entradas eran de las baratas, de las de arriba, y además había columnas. A la ida tuvieron que tomar el tren después de hacer a pie cinco kilómetros y de noche carrada, Pero que no les quitasen de presumir al día siguiente ante los lugareños cuando les preguntaban: ¡Cuenta, cuenta! ¿Cómo es la Celia Gámez? ¿Qué llevaba puesto o “quitao”? … Don Arturo, el maestro, también es buena persona.

Y… ¿Don Andrés, el cura? Pues estaba amedrantado y lleno de dudas por el “embolao” en que se había metido. Él, que nunca había salido del pueblo desde el seminario, que programaba sus sermones dominicales desde el púlpito de la hermosa Iglesia del lugar, sita en lo alto de la colina; en sota, caballo y rey, según la actualidad del momento, y que de vez en cuando, echaba una filípica terrorífica sobre lo divino y humano… ¡Le estaba buscando novia a Juan!... Vade Retro Satanás. (Y eso… que el bueno de Don Andrés no era sabedor, de que los acontecimientos posteriores en el “caso de Juan” se iban a acrecentar y que su subida al púlpito de la hermosa Iglesia se vería condicionada por la trama venidera). Ni que decir tiene, que Don Andrés era buenísima persona.

Nos quedan los avatares en esta historia humana de Tomás, el alcalde y Pedro, el sacristán… pero ello será el próximo domingo. Si Dios quiere.

Anselmo SANTOS

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